22-03-2026, 09:37 PM
Si, había planeado inteligentemente, y claramente Eros podía conocer su ubicación sin problemas, pero un detalle se la había pasado.
De pronto, su equilibrio se vio atacado, pues la espada sobre la que estaba parado se elevó como si pesara lo mismo que una pluma, saliendo disparada hacia el aire, llevándolo a él también en el proceso. La fuerza de Eros era impresionante, era fácil olvidarlo a veces, un error que no debe cometerse en una batalla.
Su cuerpo giró, intentó encontrar un punto de apoyo sin éxito hasta que la gravedad lo reclamó. Miró hacia abajo, vio la mancha negra que era el abrigo, ahora volando antes de volver a asentarse en la arena, junto a un pequeño punto casi tan oscuro, que descubrió de que se trataba demasiado tarde. Sintió el golpe contra su mandíbula, la pequeña pata del animal que volvió a hacerlo girar hacia atrás y perder la poca estabilidad que había conseguido en el aire.
No eran golpes tan fuertes como cuando entrenaron como tripulación. ¿Lo estaba subestimando? De igual manera no había conseguido impactarlo ni una sola vez. Sintió como Eros se agarraba a su cabello, miró hacia abajo y notó el suelo acercándose peligrosamente, así como su espada sobre la que antes estaba parado. Una idea vino a su mente y decidió que era mejor que hacer absolutamente nada.
Como pudo, y ayudado por la gravedad y el giro que había obtenido al ser golpeado, dejó que su cabeza sea lo primero que reciba el impacto, soltando el arma que cargaba en su mano izquierda justo antes del impacto para poder llevar sus brazos junto a su cabeza. Intentó amortiguar todo el peso de la caída que podía con estos, dejó que su peso aplastara al animar y que su cabeza se mantuviera tan firme como podía. Si no lo hiciera bien, una maniobra así lo dejaría con el cuello roto.
Dejó que su cuerpo se doblara ante el impacto, sus piernas se extendieron hacia adelante y ese mismo impulso, sumado a un pequeño empuje de sus brazos luego de caer, lo movió hacia ese lado para apoyar el peso en sus pies. No tuvo que localizar a su objetivo, estaba justo donde su cabeza había caído, levantó la mano derecha como si se preparara para recibir algo, deseando no haber fallado en sus cálculos simples. La katana que antes había volado gracias al capitán ahora cayó en su mano, justamente permitiendo agarrarla desde el mando y terminar el movimiento que había iniciado antes de tenerla entre sus dedos siquiera.
Su brazo devolvió el movimiento anterior como si una fuerza externa lo empujara, apuntando directamente al pequeño cuerpo del ahora animal con una estocada. Tras ese movimiento, movió su cuerpo para atrás y dió un salto hacia atrás, no solo para levantarse sino para alejarse 5 metros del oponente. Había soltado la espada con la idea de volver a recuperarla lo antes posible, pero desde esa posición pudo verla tirada en la arena a dos metros a su izquierda. Asumió que le había dado un poco de fuerza al soltarla y se separó de él.
Tuvo que tomar aire, toda la secuencia y sus propios pensamientos de alguna forma habían conseguido cortarle la respiración. En ese segundo de tranquilidad, sintió como un liquido descendía por su rostro, uno más cálido que el propio sudor que dejaba salir por culpa del calor. Una gota de sangre recorrió su cara hasta desprenderse de su barbilla, manchando la arena y recordándole el dolor de la caída.
Había sido demasiado arriesgado, podría haberse matado. De alguna manera se las arreglaba para terminar con su cabeza sangrando en cada enfrentamiento. El calor era insoportable, la sangre no era tanto problema, dejaría de salir en algún momento. Levantó el arma y esperó el nuevo movimiento de su oponente, ya fuera un ataque frontal o su tactica de usar el terreno a su favor.
Necesitaba encontrar una forma de localizarlo, su mente debía hallar la manera. Tenía que pensar, debía existir un modo.
De pronto, su equilibrio se vio atacado, pues la espada sobre la que estaba parado se elevó como si pesara lo mismo que una pluma, saliendo disparada hacia el aire, llevándolo a él también en el proceso. La fuerza de Eros era impresionante, era fácil olvidarlo a veces, un error que no debe cometerse en una batalla.
Su cuerpo giró, intentó encontrar un punto de apoyo sin éxito hasta que la gravedad lo reclamó. Miró hacia abajo, vio la mancha negra que era el abrigo, ahora volando antes de volver a asentarse en la arena, junto a un pequeño punto casi tan oscuro, que descubrió de que se trataba demasiado tarde. Sintió el golpe contra su mandíbula, la pequeña pata del animal que volvió a hacerlo girar hacia atrás y perder la poca estabilidad que había conseguido en el aire.
No eran golpes tan fuertes como cuando entrenaron como tripulación. ¿Lo estaba subestimando? De igual manera no había conseguido impactarlo ni una sola vez. Sintió como Eros se agarraba a su cabello, miró hacia abajo y notó el suelo acercándose peligrosamente, así como su espada sobre la que antes estaba parado. Una idea vino a su mente y decidió que era mejor que hacer absolutamente nada.
Como pudo, y ayudado por la gravedad y el giro que había obtenido al ser golpeado, dejó que su cabeza sea lo primero que reciba el impacto, soltando el arma que cargaba en su mano izquierda justo antes del impacto para poder llevar sus brazos junto a su cabeza. Intentó amortiguar todo el peso de la caída que podía con estos, dejó que su peso aplastara al animar y que su cabeza se mantuviera tan firme como podía. Si no lo hiciera bien, una maniobra así lo dejaría con el cuello roto.
Dejó que su cuerpo se doblara ante el impacto, sus piernas se extendieron hacia adelante y ese mismo impulso, sumado a un pequeño empuje de sus brazos luego de caer, lo movió hacia ese lado para apoyar el peso en sus pies. No tuvo que localizar a su objetivo, estaba justo donde su cabeza había caído, levantó la mano derecha como si se preparara para recibir algo, deseando no haber fallado en sus cálculos simples. La katana que antes había volado gracias al capitán ahora cayó en su mano, justamente permitiendo agarrarla desde el mando y terminar el movimiento que había iniciado antes de tenerla entre sus dedos siquiera.
Su brazo devolvió el movimiento anterior como si una fuerza externa lo empujara, apuntando directamente al pequeño cuerpo del ahora animal con una estocada. Tras ese movimiento, movió su cuerpo para atrás y dió un salto hacia atrás, no solo para levantarse sino para alejarse 5 metros del oponente. Había soltado la espada con la idea de volver a recuperarla lo antes posible, pero desde esa posición pudo verla tirada en la arena a dos metros a su izquierda. Asumió que le había dado un poco de fuerza al soltarla y se separó de él.
Tuvo que tomar aire, toda la secuencia y sus propios pensamientos de alguna forma habían conseguido cortarle la respiración. En ese segundo de tranquilidad, sintió como un liquido descendía por su rostro, uno más cálido que el propio sudor que dejaba salir por culpa del calor. Una gota de sangre recorrió su cara hasta desprenderse de su barbilla, manchando la arena y recordándole el dolor de la caída.
Había sido demasiado arriesgado, podría haberse matado. De alguna manera se las arreglaba para terminar con su cabeza sangrando en cada enfrentamiento. El calor era insoportable, la sangre no era tanto problema, dejaría de salir en algún momento. Levantó el arma y esperó el nuevo movimiento de su oponente, ya fuera un ataque frontal o su tactica de usar el terreno a su favor.
Necesitaba encontrar una forma de localizarlo, su mente debía hallar la manera. Tenía que pensar, debía existir un modo.
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