23-03-2026, 06:58 AM
La buscó, sí. Negarlo hubiera sido una mentira peligrosa. La buscó durante las patrullas, largas y aburridas, caminando las docenas de senderos que recorrían Baquella. La buscó en las plazas, en las calles y, especialmente, la buscó en el puerto, donde las tablas de madera quemadas marcaban el lugar de su primer y único encuentro. La buscó porque el tiempo fue largo y el esfuerzo fue grande. Quería saber de su boca y ver en sus ojos el cambio, la diferencia entre el hombre que cayó en esas playas y el que se levantó entre las plantaciones de arroz de una isla marcial. No la necesitaba, pero quería esa validación. Se convirtió en su capricho y al mismo tiempo en un paso importante que elegía dar.
Levantó y cruzó los brazos frente al pecho, la mirada tranquila, los parpados pesados, y la creciente curiosidad que los sostenía.
—Samba, eh…
El nombre no le era del todo desconocido. Lo leyó en informes, carteles y páginas del periódico. Samba tenía su reputación, su fama, como la tenían Karate y Baterilla. Unos por sus artes marciales, otros por su pesca, faros y volcanes, y Samba, valga la redundancia, por su centro de baile y el río que atravesaba la isla. Se planteó visitarla en más de una ocasión. La responsabilidad —maldita responsabilidad—, lo dejó atado a Baterilla.
El trueno retumbó a su alrededor poco después del fogonazo blanco que volvió la noche en día por un instante. Vientos arremolinados acosaban la costa, traían hojas desde la selva y querían arrancarle el sombrero a Miyori. Se acercaba la tormenta.
—¿Y te encontré al anochecer del tercer día? ¿Eso no suena como el título de algún libro… extraño y estúpido? —comentó, de forma jocosa y sin esperar ninguna respuesta, mientras seguía a Miyori hasta donde se encontraba el estuche del violín azúl—. ¿Qué te puedo decir? Karate es un lugar tan estirado como lo esperas de su nombre. Muchas piñas, patadas… Eh…
Se detuvo.
En realidad, lo detuvieron. Algo estaba pasando.
Hizo una mueca y extendió el brazo a un costado con la palma hacia arriba. Buscaba confirmación y la encontró pronto en forma de lluvia. El temporal acababa de agotar su paciencia y las primeras gotas empezaron a caer, pequeñas y ligeras. El viento se tornó en una ráfaga rabiosa que trajo montones de hojas desde el bosque, además de polvo y tierra que picaba al pegar en la piel expuesta. Enji, instintivamente, se movió para cubrir a Miyori del golpe de la corriente de aire. La gorra marine voló mar adentro.
—¿Te parece? A mi me gusta aquí, igual nos cae un rayo y la noche se hace aún más interesante. ¡Shihahaha! —La carcajada brotó honesta y los brazos descendieron, al igual que su cuerpo.
Sin pedir permiso ni dudarlo un segundo, abrazó a la artista de cabellos naranjas justo por encima de las rodillas y la levantó, como si no pesase nada, sobre su hombro derecho. La aseguró rodeándole las piernas, abrazándolas con el mismo brazo, mientras el izquierdo sostenía el estuche del violín.
—¡Agarrate bien ese gorro! —advirtió, y empezó a correr en contra de la tormenta—. ¡Nos vamos a mojar un poco!
Y vaya que sí.
Enji podía correr rápido, muy rápido. La lluvia, sin embargo, tenía la ventaja de ser omnipresente. Allí donde pasaba, había agua. Las gotas dejaron de pegarle desde arriba para impactar desde adelante, pues las estaba chocando y pasando por encima en su precipitada carrera de vuelta al pueblo.
—¡Entrené en Karate! —Los truenos replicaban a cada palabra y el temporal arreciaba en la costa, así que levantó la voz—. Por lo que sea, allí saben pelear y son estirados como la mierda, así que, después de enlistarme, me mandaron allá para “Refinar la disciplina y desintoxicar el cuerpo”. Meh. No tienen idea del buen sake que se puede conseguir en Karate.
Dio un gran salto que los elevó seis metros en una parábola prácticamente llana. La elevación sólo sirvió de herramienta de atajo para pasar por encima de las cabezas de otros civiles que corrían apurados en busca de refugio. Eran pocos, pero de todas formas molestaban. Aterrizaron y se deslizaron sobre la película de agua que cubría el suelo adoquinado, hasta detenerse finalmente frente al toldo extendido de un negocio que había cerrado a las corridas y dejado el pequeño techo a su disposición.
Enji se colocó bajo la protección del toldo y bajó a Miyori al suelo. Sobra decir que estaban total y absolutamente empapados, cosa a la que su sonrisa parecía inmune.
—A salvo —dijo, llevándose los puños a la cadera y poniendo los brazos en jarra. Era su pose de victoria, al parecer—. No te voy a mentir, pensé por un segundo en invadir una casa. Hubiera quedado un poco mal ahora que soy la ley.
Levantó y cruzó los brazos frente al pecho, la mirada tranquila, los parpados pesados, y la creciente curiosidad que los sostenía.
—Samba, eh…
El nombre no le era del todo desconocido. Lo leyó en informes, carteles y páginas del periódico. Samba tenía su reputación, su fama, como la tenían Karate y Baterilla. Unos por sus artes marciales, otros por su pesca, faros y volcanes, y Samba, valga la redundancia, por su centro de baile y el río que atravesaba la isla. Se planteó visitarla en más de una ocasión. La responsabilidad —maldita responsabilidad—, lo dejó atado a Baterilla.
El trueno retumbó a su alrededor poco después del fogonazo blanco que volvió la noche en día por un instante. Vientos arremolinados acosaban la costa, traían hojas desde la selva y querían arrancarle el sombrero a Miyori. Se acercaba la tormenta.
—¿Y te encontré al anochecer del tercer día? ¿Eso no suena como el título de algún libro… extraño y estúpido? —comentó, de forma jocosa y sin esperar ninguna respuesta, mientras seguía a Miyori hasta donde se encontraba el estuche del violín azúl—. ¿Qué te puedo decir? Karate es un lugar tan estirado como lo esperas de su nombre. Muchas piñas, patadas… Eh…
Se detuvo.
En realidad, lo detuvieron. Algo estaba pasando.
Hizo una mueca y extendió el brazo a un costado con la palma hacia arriba. Buscaba confirmación y la encontró pronto en forma de lluvia. El temporal acababa de agotar su paciencia y las primeras gotas empezaron a caer, pequeñas y ligeras. El viento se tornó en una ráfaga rabiosa que trajo montones de hojas desde el bosque, además de polvo y tierra que picaba al pegar en la piel expuesta. Enji, instintivamente, se movió para cubrir a Miyori del golpe de la corriente de aire. La gorra marine voló mar adentro.
—¿Te parece? A mi me gusta aquí, igual nos cae un rayo y la noche se hace aún más interesante. ¡Shihahaha! —La carcajada brotó honesta y los brazos descendieron, al igual que su cuerpo.
Sin pedir permiso ni dudarlo un segundo, abrazó a la artista de cabellos naranjas justo por encima de las rodillas y la levantó, como si no pesase nada, sobre su hombro derecho. La aseguró rodeándole las piernas, abrazándolas con el mismo brazo, mientras el izquierdo sostenía el estuche del violín.
—¡Agarrate bien ese gorro! —advirtió, y empezó a correr en contra de la tormenta—. ¡Nos vamos a mojar un poco!
Y vaya que sí.
Enji podía correr rápido, muy rápido. La lluvia, sin embargo, tenía la ventaja de ser omnipresente. Allí donde pasaba, había agua. Las gotas dejaron de pegarle desde arriba para impactar desde adelante, pues las estaba chocando y pasando por encima en su precipitada carrera de vuelta al pueblo.
—¡Entrené en Karate! —Los truenos replicaban a cada palabra y el temporal arreciaba en la costa, así que levantó la voz—. Por lo que sea, allí saben pelear y son estirados como la mierda, así que, después de enlistarme, me mandaron allá para “Refinar la disciplina y desintoxicar el cuerpo”. Meh. No tienen idea del buen sake que se puede conseguir en Karate.
Dio un gran salto que los elevó seis metros en una parábola prácticamente llana. La elevación sólo sirvió de herramienta de atajo para pasar por encima de las cabezas de otros civiles que corrían apurados en busca de refugio. Eran pocos, pero de todas formas molestaban. Aterrizaron y se deslizaron sobre la película de agua que cubría el suelo adoquinado, hasta detenerse finalmente frente al toldo extendido de un negocio que había cerrado a las corridas y dejado el pequeño techo a su disposición.
Enji se colocó bajo la protección del toldo y bajó a Miyori al suelo. Sobra decir que estaban total y absolutamente empapados, cosa a la que su sonrisa parecía inmune.
—A salvo —dijo, llevándose los puños a la cadera y poniendo los brazos en jarra. Era su pose de victoria, al parecer—. No te voy a mentir, pensé por un segundo en invadir una casa. Hubiera quedado un poco mal ahora que soy la ley.

