23-03-2026, 10:41 PM
Apenas habían pasado unos instantes cuando el suelo comenzó a vibrar, acompañado de un sonido hidráulico, y un denso pero inocuo vapor comenzó a acumularse en la sala. Con visible pesadez, y de forma exasperantemente lenta, la enorme puerta frente al grupo comenzó a abrirse, ascendiendo. Por todas partes se oían sonidos de cadenas y engranajes, probablemente responsables de la apertura. A través del vapor se colaba una rendija de luz procedente del otro lado de la puerta, que, poco a poco, fue creciendo hasta iluminar la estancia al completo. Cuando el temblor cesó y el vapor comenzó a desvanecerse, la puerta había quedado completamente abierta. Al otro lado, nuestros protagonistas pudieron observar una nueva estancia. Había llegado el momento.
Ninguno de ellos había logrado sacar nada en claro del pequeño cuarto en que habían despertado. De nada había parecido servir, tampoco, el envite de Akira contra la puerta, pero poco importaba ya. Nuestros protagonistas repararon entonces en que eran incapaces de respirar; a lo largo de centenares de agujeros a lo largo de toda la superficie de aquella sala, había comenzado a surgir una suerte de gas vaporoso, casi incoloro. La sala que se había abierto al otro lado era una estancia grande, cuadrada, y de una sobriedad aplastante. Tanto las paredes como el suelo y el techo parecían ser puro hormigón armado, no muy diferente del interior de una gran cámara acorazada. A un lado de la sala parecía encontrarse otra puerta, de apariencia tan impenetrable como la que se habían encontrado en primer lugar. Al encenderse las luces, se volvió evidente que aproximadamente en el centro de la enorme estancia había algo, o alguien. Más que una persona, parecía una torre, que se alzaba como un monolito de músculo y carne frente a ellos, a contraluz tras los fosforescentes. Una gran masa inmóvil, casi como una grotesca estatua, sobre cuyos hombros descansaba un abrigo igualmente grande, blanco y con sendas charreteras doradas. Desde lo alto de aquella masa, dos ojos casi resplandecientes de luz verde parecían observar a nuestros protagonistas.
La masa no se movió, cruzada de brazos. Incluso bajo el abrigo blanco, toda su musculatura parecía a punto de estallar. Su torso se hinchó con pesadez cuando respiró, produciendo un sonido metálico y estremecedor que parecía provenir de la máscara negra que cubría la totalidad de su cabeza, y los tubos que se veían más allá de sus trapecios burbujearon con alguna clase de líquido verdoso. La bestia frente a ellos aguardaba, respirando con la misma lenta y monótona pesadez, produciendo aquel ruido metálico a medida que el aire entraba y salía de su cuerpo. Una voluta de vapor salió de su máscara, a medida que su cuerpo entraba en tensión, preparándose como si hubiera estado un largo tiempo en letargo. Tal vez lo más inquietante de aquella mole no fuese su monumental cuerpo, sino aquella cara, o, mejor dicho, su falta de ella. Cubierto por aquella máscara, resultaba difícil adivinar expresión alguna.
Finalmente, el capitán de la Marina Landon Coates movió ligeramente la cabeza, desde las alturas. Una voz resonó en la enorme sala, como si aquel gas no le supusiese un problema. —Tenían que tocarme los putos humanos. ¡Reh! Siendo optimistas —comenzó a decir, como si llevase hablando con ellos un largo rato, al tiempo que alzaba dos colosales dedos—, al menos dos de los presentes no saldrán de aquí con vida. —su voz resonó, metálica, monótona, atronadora—. Ha llegado vuestro momento. ¿Cómo queréis hacerlo?
Landon había pasado años perfeccionándose, convirtiéndose a sí mismo en la máquina de combate perfecta; una criatura capaz de atravesar cielo e infierno en la búsqueda de la gloria, de convertirse en la máxima expresión de las capacidades que podía otorgar un cuerpo de carne y hueso llevado hasta sus límites y más allá, la encarnación de aquello que lo meramente físico podía llegar a dar. Hasta entonces, pocos habían sido capaces de interponerse en su camino, y aún menos habían podido contarlo. Su cerebro era uno de furia, fuerza y ciencia, en que cada decisión buscaba perfeccionar sus aptitudes de combate. Para él, la guerra no era más que la capacidad de aplastar a sus enemigos de la manera más óptima, una mezcla explosiva de cálculo y potencia. Su aspecto físico no era sino la conclusión lógica de aquel mismo deseo, de aquella misma voluntad implacable por aplastarlo todo y a todos: la máquina perfecta de supervivencia, cubierta en aquel abrigo blanco de legitimidad.
El haki que había aplastado a toda una generación había sido solo el inicio de algo más, en alguna clase de sucesión tácita de jugadas que el destino había tenido reservadas para todos ellos. El viaje que aquella generación había emprendido en busca de sus sueños parecía toparse con un final abrupto, y Landon sería el encargado de dejar su firma en él.
Ninguno de ellos había logrado sacar nada en claro del pequeño cuarto en que habían despertado. De nada había parecido servir, tampoco, el envite de Akira contra la puerta, pero poco importaba ya. Nuestros protagonistas repararon entonces en que eran incapaces de respirar; a lo largo de centenares de agujeros a lo largo de toda la superficie de aquella sala, había comenzado a surgir una suerte de gas vaporoso, casi incoloro. La sala que se había abierto al otro lado era una estancia grande, cuadrada, y de una sobriedad aplastante. Tanto las paredes como el suelo y el techo parecían ser puro hormigón armado, no muy diferente del interior de una gran cámara acorazada. A un lado de la sala parecía encontrarse otra puerta, de apariencia tan impenetrable como la que se habían encontrado en primer lugar. Al encenderse las luces, se volvió evidente que aproximadamente en el centro de la enorme estancia había algo, o alguien. Más que una persona, parecía una torre, que se alzaba como un monolito de músculo y carne frente a ellos, a contraluz tras los fosforescentes. Una gran masa inmóvil, casi como una grotesca estatua, sobre cuyos hombros descansaba un abrigo igualmente grande, blanco y con sendas charreteras doradas. Desde lo alto de aquella masa, dos ojos casi resplandecientes de luz verde parecían observar a nuestros protagonistas.
La masa no se movió, cruzada de brazos. Incluso bajo el abrigo blanco, toda su musculatura parecía a punto de estallar. Su torso se hinchó con pesadez cuando respiró, produciendo un sonido metálico y estremecedor que parecía provenir de la máscara negra que cubría la totalidad de su cabeza, y los tubos que se veían más allá de sus trapecios burbujearon con alguna clase de líquido verdoso. La bestia frente a ellos aguardaba, respirando con la misma lenta y monótona pesadez, produciendo aquel ruido metálico a medida que el aire entraba y salía de su cuerpo. Una voluta de vapor salió de su máscara, a medida que su cuerpo entraba en tensión, preparándose como si hubiera estado un largo tiempo en letargo. Tal vez lo más inquietante de aquella mole no fuese su monumental cuerpo, sino aquella cara, o, mejor dicho, su falta de ella. Cubierto por aquella máscara, resultaba difícil adivinar expresión alguna.
Finalmente, el capitán de la Marina Landon Coates movió ligeramente la cabeza, desde las alturas. Una voz resonó en la enorme sala, como si aquel gas no le supusiese un problema. —Tenían que tocarme los putos humanos. ¡Reh! Siendo optimistas —comenzó a decir, como si llevase hablando con ellos un largo rato, al tiempo que alzaba dos colosales dedos—, al menos dos de los presentes no saldrán de aquí con vida. —su voz resonó, metálica, monótona, atronadora—. Ha llegado vuestro momento. ¿Cómo queréis hacerlo?
Landon había pasado años perfeccionándose, convirtiéndose a sí mismo en la máquina de combate perfecta; una criatura capaz de atravesar cielo e infierno en la búsqueda de la gloria, de convertirse en la máxima expresión de las capacidades que podía otorgar un cuerpo de carne y hueso llevado hasta sus límites y más allá, la encarnación de aquello que lo meramente físico podía llegar a dar. Hasta entonces, pocos habían sido capaces de interponerse en su camino, y aún menos habían podido contarlo. Su cerebro era uno de furia, fuerza y ciencia, en que cada decisión buscaba perfeccionar sus aptitudes de combate. Para él, la guerra no era más que la capacidad de aplastar a sus enemigos de la manera más óptima, una mezcla explosiva de cálculo y potencia. Su aspecto físico no era sino la conclusión lógica de aquel mismo deseo, de aquella misma voluntad implacable por aplastarlo todo y a todos: la máquina perfecta de supervivencia, cubierta en aquel abrigo blanco de legitimidad.
El haki que había aplastado a toda una generación había sido solo el inicio de algo más, en alguna clase de sucesión tácita de jugadas que el destino había tenido reservadas para todos ellos. El viaje que aquella generación había emprendido en busca de sus sueños parecía toparse con un final abrupto, y Landon sería el encargado de dejar su firma en él.
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