El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv.
#12
Kibai sonrió cuando notó la mejilla de MM contra su pecho. No sabía qué demonios le ocurría a los seres sin pelaje con imitar el Garchu de su gente. No se daban cuenta que ellos no tenían la misma capacidad. Negando con la cabeza suavemente, la dejó que lo hiciese antes de bajarla de sus brazos.

Extrañado, le sorprendió que la joven peliazul le confesase que no tenía barco (ya que de alguna manera debería haber llegado a la isla) aunque se imaginó que, dado que ya estaban en el Grand Line, que su barco hubiese acabado demasiado estropeado para seguir navegando, o bien que hubiesen sido atacados por piratas en el mar. De cualquiera de las dos maneras, MM había dicho que tenía amigos (estaba comprando el ajinomoto para una de ellas al menos) de modo que en algún sitio tendrían que estar.

En ese momento, un grito los interrumpió.

— ¡María Preciosa Merlot!

Un joven moreno, ataviado con un pañuelo azul marino en la cabeza y un cinturón de herramientas de carpintero se les acercó rapidamente. La cara de aquel chico no era muy diferente a la del tendero del establecimiento de especies, pero al menos este parecía más enamorado y menos lujurioso, pensó Kibai mientras respondía cortésmente con una inclianción de cabeza a su saludo.

Sin embargo la cortesía duró poco.

— Gracias por cuidarla, pero aquí acaba el paseo...

Los ojos de Kibai se entrecerraron automáticamente, a la vez que la mandíbula se le tensaba y apoyaba una mano distraídamente sobre el pomo de Raimei, no en un modo amenazante, pero si para remarcar su posición.

— Encantado, amigo, pero siento decirte que el paseo se acabará cuando la señorita decida que se ha acabado, no cuando tú lo digas.

Sin embargo, la cosa no pasó de ahí, aunque el quedo rugido del mink y los colmillos asomando dejaron clara su posición. MM parecía contenta de irse con aquel chico, y aunque protector y algo receloso de más para su gusto, no parecía tener malas intenciones, de modo que Kibai lo dejó correr. No obstante, cuando la joven semisirena le alargó la taza, decidió tomar sus propias precauciones al respecto.

Al agarrar la taza, Kibai hizo salir una de sus uñas, tan afilada que sabía que un leve roce sería suficiente para cumplir su cometido, pero a la vez, debido precisamente a su aguzada punta (que procuraba pulir y mantener siempre que podía) era practicamente indolora, al menos hasta despues de un rato. Con un leve gesto, acarició la mano de MM a la vez que se llevaba la taza, dando un leve arañazo en la zona debajo del pulgar, donde era menos probable que se enterase, a la vez que distraía a la joven con un suave ronroneo.

—  Gracias MM, procuraré usarla a menudo para recordar este encuentro. Cuidate mucho, y la próxima vez cocinaré yo, y no llevará picante, prometido.

Tras ver como se alejaban, el mink soltó una de sus avispas para que siguiese a la pareja el tiempo que pudiese, y se dio la vuelta a su vez, caminando un par de pasos hasta llegar al borde del muelle, donde examinó su mano. Una pequeña gota de sangre colgaba de su uña. Kibai se acercó la garra a la nariz, aspirando con los ojos cerrados, antes de lamer la sangre para paladearla. Acto seguido se quedó quieto un momento, concentrándose en cada matiz del olor que subía de su propio aliento. Si alguien le hacía daño a aquella chica y su sangre se derramaba, era posible que él pudiese notarlo y ayudarla.

Obviamente, esto era algo que ella no podía saber, era demasiado ingenua para pensar que alguien le quisiese hacer daño, y visto lo visto, sería capaz de meterse en la boca del lobo ella solita y ayudar a la bestia a cerrarla. Por fortuna, parecía que aquel no iba a ser el caso, ya que cuando su avispa regresó, le confirmó que simplemente iban charlando animadamente.

Una vez hubo completado su pequeño trabajo de identificación y memorización, Kibai enfiló sus pasos hacia el Royal Quiver, con ganas de volver a ver ya a sus compañeros de División. Al llegar a la nave, recordó que Bertram había traído un pato enorme hacía poco, de modo que se dispuso a prepararlo para cenar.

Kibai examinó el pato con ojos críticos. Sabía que el secreto de un buen pato residía en el equilibrio entre la piel crujiente y la carne tierna. Cogió su cuchillo de cocina favorito y comenzó a realizar incisiones superficiales en la pechuga en forma de rombo. Tenía que tener cuidado de no llegar a la carne; solo quería que la grasa tuviera un camino para escapar durante la cocción.

Usando el molinillo que había adquirido junto al conjunto de especias del viejo Svensson, masajeó la mezcla sobre la piel del pato, asegurándose de que cada pliegue quedara impregnado, mientras el olor de las especias mezclándose con la frescura del ave comenzó a llenar la pequeña cocina.

Kibai colocó el pato en una gran sartén de hierro fundido encima del fogón de la cocina para sellar la carne por fuera, haciendo que todos los jugos no tuviesen posibilidad de escapar, evitando así que las partes más gruesas del ave quedasen secas. Una vez que el pato estuvo perfectamente sellado y la piel parecía un pergamino crujiente, Kibai lo trasladó a una bandeja de asar. Dentro de la cavidad del ave, introdujo media naranja corriente y otra media naranja sanguina, junto con una rama de romero. 

Mientras el horno hacía su trabajo para terminar la cocción interna, Kibai se centró en la salsa. En la misma sartén donde había quedado la esencia del pato, añadió un poco de Whiskey, el cual mantenía oculto de los ojos de Stroud, por motivos estrictamente culinarios, para desglasar los jugos. Las llamas subieron momentáneamente cuando el alcohol se evaporó, iluminando el rostro concentrado del Mink. El resultado fue una salsa oscura, brillante y con una viscosidad perfecta que cubría el dorso de la cuchara como terciopelo. Dando un trago a la botella antes de devolverla a su estante, Kibai espero a que el horno terminasae su trabajo, sacado la bandeja de tanto en cuanto para pintar el ave con la salsa con la ayuda de una brocha.

Treinta minutos más tarde, el pato estuvo listo. Kibai procedió a trinchar el ave. Cada corte revelaba una carne rosada, perfectamente cocida, que soltaba sus jugos al primer contacto con el filo. Colocó las piezas de forma artística en una gran fuente de madera, rodeadas de unas batatas asadas que habían absorbido la grasa sobrante del pato.

Justo cuando estaba terminando de verter la salsa sobre la carne, Bertram y el resto miembros de la División  aparecieron sin necesidad de hacer sonar la campana para la cena.

— Anda, justo a tiempo —  rio Kibai mientras disponía la fuente y repartía platos. — Sentaos, vamos. Comed antes de que se enfríe, y sabed que le debemos la mitad del sabor del plato a una loca que me he encontrado en la isla. Veréis, estaba dando un paseo cuanto entré a una tienda de especies y…

[Imagen: uH8LZjD.jpeg]
ss

La Caja de pandora

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[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv. - por Kibai - 24-03-2026, 11:26 PM

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