25-03-2026, 01:56 AM
El estruendo rítmico de mis propios ronquidos era lo único que llenaba el aire en esta parte de la costa de Little Garden. Me encontraba desparramado sobre la áspera arena, con la brisa del mar pegándome en la barba. Tenía la cabeza apoyada en una piedra del tamaño de una casa pequeña para un humano, pero que para mí era la mejr almohada de mi tamaño que pude hallar, para no terminar con el cuello torcido al despertar. El sol pegaba fuerte, calentando mi piel curtida y terrosa, y la verdad es que, tras días de vigilancia constante junto al Royal Flush, me merecía este descanso.
No es que fuera un desalmado, pero no compartía ese ambiente de funeral que traían los demás. Mientras MM se lanzo a la selva a jugar a los exploradores, yo me quedé aquí, asegurándome de que el barco no fuera destruido por el clima o que la marea nos jugara una mala pasada con la quilla, ya bastante rota. Cuando volvió, acompañada obviamente, por que esta chica no puede estar 5 minutos sin hacer amistades nuevas, ver a MM con esa mirada de perro abandonado, junto a una Maki bastante hecha pelota, me dio un poco de rabia. ¡Se lo advertí! Le dije a MM mil veces que tuviera cuidado, que esta isla no es un parque de juegos gigante, pero verla tan decaída me cerró la boca. No soy de los que patean a un compañero cuando ya está en el suelo, y supongo que esa curiosidad insaciable que tiene es parte de su encanto, aunque nos traiga miles dolores de cabeza.
Aun así, toda esta situación no podía calmar mis impulsos de dormilón, y tenia todo el derecho a descansar, como estaba haciendo ahora mismo.
Dormía medio desnudo, vistiendo únicamente un taparrabos improvisado con los restos de mis camisas del crucero. Esas prendas no estaban hechas para la vida en la jungla y se habían desintegrado hasta quedar en harapos por los roces constantes con la copa de los arboles. De mis pantalones no quedaba ni el recuerdo, seguramente los había perdido por ahí.
Estaba en ese punto del sueño profundo donde el ruido del mundo real se vuelve un eco lejano en mi mente. Escuchaba gritos, voces que subían y bajaban, era Hyákinthos, y también MM, pero sus voces eran como mosquitos zumbando alrededor de mi oreja; no tenían la fuerza suficiente para sacarme de mi letargo, pero sí para meter cosas a mis sueños, cosas de lo mas extrañas.
En mi mente, en un sueño bastante peculiar, el cielo no era azul, sino de un tono amarillo chillón, y en medio del firmamento flotaba una criatura amarilla gigantesca, una especie de pato colosal con ojos que daban vueltas, que en lugar de graznar, soltaba burbujas que olían a flores y estallaban en confeti. A su alrededor, cientos y miles de vacas flotaban como estrellas sin dejar de hacer MUUUU.
Lo más bizarro era el barco donde me hallaba. No era el Royal Flush, sino una bañera de chocolate gigante que navegaba sobre un mar de vino tinto. en el puesto de mando, con una gorra de capitán que le quedaba grande y una expresión de absoluta autoridad, estaba Cara Melo. El pequeño komashika que dejamos en Whisky Peak no solo estaba vivo en mi sueño, sino que era el capitán indiscutible de la tripulación. Ladraba órdenes que yo, por alguna razón, entendía perfectamente.
En algún momento, el nombre de Ashveil cruzó el aire de la playa real y se filtró en mi fantasía. En mi sueño, nuestro capitán aparecía de repente, pero no era el hombre que conocíamos. Era una figura diminuta, del tamaño de un ratoncito, que corría por la cubierta de la bañera siendo perseguido por una ola gigante de crema de leche que se filtraba por mis tobillos. Yo intentaba atraparlo, pero Cara Melo me lanzaba una mirada de reproche y me obligaba a seguir remando con un fémur de dinosaurio.
No es que fuera un desalmado, pero no compartía ese ambiente de funeral que traían los demás. Mientras MM se lanzo a la selva a jugar a los exploradores, yo me quedé aquí, asegurándome de que el barco no fuera destruido por el clima o que la marea nos jugara una mala pasada con la quilla, ya bastante rota. Cuando volvió, acompañada obviamente, por que esta chica no puede estar 5 minutos sin hacer amistades nuevas, ver a MM con esa mirada de perro abandonado, junto a una Maki bastante hecha pelota, me dio un poco de rabia. ¡Se lo advertí! Le dije a MM mil veces que tuviera cuidado, que esta isla no es un parque de juegos gigante, pero verla tan decaída me cerró la boca. No soy de los que patean a un compañero cuando ya está en el suelo, y supongo que esa curiosidad insaciable que tiene es parte de su encanto, aunque nos traiga miles dolores de cabeza.
Aun así, toda esta situación no podía calmar mis impulsos de dormilón, y tenia todo el derecho a descansar, como estaba haciendo ahora mismo.
Dormía medio desnudo, vistiendo únicamente un taparrabos improvisado con los restos de mis camisas del crucero. Esas prendas no estaban hechas para la vida en la jungla y se habían desintegrado hasta quedar en harapos por los roces constantes con la copa de los arboles. De mis pantalones no quedaba ni el recuerdo, seguramente los había perdido por ahí.
Estaba en ese punto del sueño profundo donde el ruido del mundo real se vuelve un eco lejano en mi mente. Escuchaba gritos, voces que subían y bajaban, era Hyákinthos, y también MM, pero sus voces eran como mosquitos zumbando alrededor de mi oreja; no tenían la fuerza suficiente para sacarme de mi letargo, pero sí para meter cosas a mis sueños, cosas de lo mas extrañas.
En mi mente, en un sueño bastante peculiar, el cielo no era azul, sino de un tono amarillo chillón, y en medio del firmamento flotaba una criatura amarilla gigantesca, una especie de pato colosal con ojos que daban vueltas, que en lugar de graznar, soltaba burbujas que olían a flores y estallaban en confeti. A su alrededor, cientos y miles de vacas flotaban como estrellas sin dejar de hacer MUUUU.
Lo más bizarro era el barco donde me hallaba. No era el Royal Flush, sino una bañera de chocolate gigante que navegaba sobre un mar de vino tinto. en el puesto de mando, con una gorra de capitán que le quedaba grande y una expresión de absoluta autoridad, estaba Cara Melo. El pequeño komashika que dejamos en Whisky Peak no solo estaba vivo en mi sueño, sino que era el capitán indiscutible de la tripulación. Ladraba órdenes que yo, por alguna razón, entendía perfectamente.
En algún momento, el nombre de Ashveil cruzó el aire de la playa real y se filtró en mi fantasía. En mi sueño, nuestro capitán aparecía de repente, pero no era el hombre que conocíamos. Era una figura diminuta, del tamaño de un ratoncito, que corría por la cubierta de la bañera siendo perseguido por una ola gigante de crema de leche que se filtraba por mis tobillos. Yo intentaba atraparlo, pero Cara Melo me lanzaba una mirada de reproche y me obligaba a seguir remando con un fémur de dinosaurio.
—¡Sigue remando gigante, aun no hallamos el borde del planeta. Le demostrare a esos frikis que la tierra es tan plana como un plato.!—
Solté un ronquido especialmente fuerte, uno de esos que hacen que la arena salte y que hizo que las gaviotas cercanas salgan volando asustadas de los árboles cercanos. Mi cuerpo se sacudió levemente, haciendo que el taparrabos de trapo se reajustara sobre mi cadera. Estaba tan profundamente dormido que para despertarme a estas alturas, iban a necesitar algo más que gritos.
