26-03-2026, 12:42 AM
(Última modificación: 26-03-2026, 12:45 AM por Dimitri St. George.)
[personajeinvalido=3367]
Hay mentiras que te sepultan. Mentiras nacidas de un deseo por encajar, por empezar de cero, por ser alguien y no algo. El problema, es que no te das cuenta del modo en que estas se extienden, igual que una enredadera, hasta que las espinas te atenazan el cuerpo. St. George era una de esas mentiras.
—No voy a recibir órdenes de la Marina.
Aquella frase me abofeteó sin pretenderlo. El uniforme, una vez más, se me antojó lastre más que salvavidas. Nada de lo que había dicho lo había hecho pensando en mi posición como Marine, sino en el deseo de salir de aquella pocilga sin incidentes. Eso era un problema. Una muestra más de lo poco que me importaba mi oficio, casi tan poco como las vidas de aquellos que alguna vez se habían cruzado en mi camino y a los que no me había permitido arraigarme.
—Imagino que tanto ustedes tres, como nosotros dos, tenemos amigos y personas importantes que pueden estar en algo similar.
Por eso no había pensado en el resto de mis compañeros hasta ahora. Una punzada de culpabilidad me atenazó al recordar la sonrisa de Nyra y su tazón de comida preparado específicamente para las migrañas. Siete años atrás, ella había sido la razón por la que decidí ser Marine. El modo en que se implicó para resolver la situación de Sandy, aunado a la autoridad que desprendía, me habían hecho pensar que dentro del cuerpo de Marines estaría protegido. Sólo ahora, tras los acontecimientos de los últimos meses, descubría que no todos respetaban a las fuerzas de la ley, que también podía granjearte muchos enemigos y que nada te libraba de ser carne de esclavitud.
Estreché con más ahínco el cuerpo de Hae-won. La única persona en diez años que había logrado hacer que sintiera algo, que la vida de St. George fuera el fantasma y no Dimitri. Me habría deshecho del uniforme si de ese modo hubiera podido garantizar su seguridad, bajo una colaboración que no nos pusiera a todos en riesgo. El problema de las mentiras es que cuando te atrapan, ya no puedes escapar de ellas. St. George portaba uniforme y yo no podía quitárselo sin manchar aquella maldita imagen de intento de niño bueno.
Agradecía que Masato se hubiera hecho cargo de la situación con la civil. Ella también me recordaba a Nyra. Para ser honestos, llegué a envidiar ese sentido innato de protección que parecían mostrar hacia el prójimo. Uno que, por experiencia propia, sabía que también compartían con Hae-won.
Apreté la mandíbula. El modo en que aquella mujer jugueteó con el revolver hizo que se me encendieran todas las alarmas.
—Hmm...
Lo único que logró aliviar el nudo que comenzaba a atenazarme fue notar que Hae-won se removía contra mi regazo. La conciencia regresó a ella entre parpadeos y movimientos adormilados en busca de su arma.
—Gracias por todo, Dima.
Me permití ese segundo para contemplar la luz que irradiaban sus pupilas, esperanza en el abismo, igual que aquella noche ocho años atrás. Le dediqué una sonrisa incluso antes de ser consciente de que lo hacía, mientras me rascaba el lunar.
—Ahora mismo, no me veo muy hermosa que digamos, ¿cierto, cariño?
—Nada podría robarte tu belleza.
Para mi desgracia, aquel consuelo se esfumaría con los primeros gritos de alerta. Primero llegó el de Masato. Después, casi como si estuviera reafirmando la alarma del civil rubio, el volante de la puerta comenzó a girar sobre sí mismo. Los pestillos cerrados condenaron nuestra vida. Sentí unos dedos invisibles atenazarme la garganta. Perdí el aliento.
«Vamos, no me jodas»
—¡A cubierto! ¡Ponte a cubierto! —ordené a Hae-won, mientras la instaba con un pequeño empujón a moverse y avanzar.
Si algo me había demostrado la vida, es que desear algo con todas tus fuerzas no te concedía ningún deseo. Ni siquiera algo tan trivial como retroceder todo lo que habría querido para salvar la vida.
La vista se me nubló en cuanto di los primeros pasos. Me fallaron las piernas. Y me odié. Me odié profundamente por el temblor que las aquejaba, por ese terror gélido que constreñía mis costillas y la debilidad de un cuerpo que nunca había estado hecho para el combate y puede que, tampoco, para la vida.
No pude más que arrastrarme cuánto me permitió el cuerpo, un único metro, para atrincherarme tras una de las montañas más altas de deshechos. No es bonito sentir que te quedas sin tiempo. No es agradable convivir con el aliento de la parca sobre la nuca. Las manos me sudaron al sacar del zurrón la munición explosiva para cargar una pistola que no sabía si llegaría a usar. Sentí a Hae-won a mi lado. Ella, que debería haberse alejado mucho más, seguía ahí.
Al vértigo que sentí lo acompañó la explosión que derribó la puerta. La inercia me hizo tirarme sobre Hae-won para cubrirla por completo con mi cuerpo. Otro arranque de tos me quemó la garganta y también los ojos. Punzadas incesantes en las sienes. Pisadas en tropel y las voces de mis compañeros. Apreté la mandíbula al notar como algunos de los restos más pequeños del montón frente a nosotros golpeaban mi espalda, desestabilizados por el caos.
—Oigan. ¡Esperen! ¡No disparen!
La voz de la pelirrosa trajo consigo un instante de quietud. Miré a Hae-won, mi nariz contra la suya.
—Vive —susurré—. Mi arma lleva explosivos.
El suelo tembló bajo nosotros, esta vez provocado por la sinuosa transformación de Masato, que se sucedía durante el discurso de la otra mujer. Ese fue el momento en que decidí emplear lo único que, hasta entonces, me había mantenido con vida: mentir.
Asomé poco antes de que la muchacha terminase de hablar, manos en alto y la pistola escondida a la espalda, pero lo más resguardado posible. Había metido el arma en la cinturilla de atrás del pantalón, con el seguro echado y la confianza de que mi ángel me cubría. Además, esperaba que hubiera entendido el mensaje: «si ocurre algo, si yo no puedo, toma mi arma».
—Tranquilos, esto ha debido ser un error —dije con voz dulcificada, tan aterciopelada como cuando viajaba junto a Pulmones Negros. Miraba a mis compañeros, con convicción apaciguadora mientras esperaba que me siguieran la corriente—. Se supone que sería el invitado especial de este espectáculo.
Había aprendido bien a poner esa cara de niño bueno, a que la fragilidad de mi salud resultara tan inofensiva como asquerosamente apetecible. Ese aspecto de urgente necesidad por ser socorrido, es el que mostré a un enemigo que acabaría por ser mi tumba.
—Mis compañeros estaban escoltándome. Y habéis tenido suerte de que sigamos con vida.
No había abandonado Kutsukku quince años atrás, para terminar muriendo en uno de sus vertederos.
O eso esperaba.
Hay mentiras que te sepultan. Mentiras nacidas de un deseo por encajar, por empezar de cero, por ser alguien y no algo. El problema, es que no te das cuenta del modo en que estas se extienden, igual que una enredadera, hasta que las espinas te atenazan el cuerpo. St. George era una de esas mentiras.
—No voy a recibir órdenes de la Marina.
Aquella frase me abofeteó sin pretenderlo. El uniforme, una vez más, se me antojó lastre más que salvavidas. Nada de lo que había dicho lo había hecho pensando en mi posición como Marine, sino en el deseo de salir de aquella pocilga sin incidentes. Eso era un problema. Una muestra más de lo poco que me importaba mi oficio, casi tan poco como las vidas de aquellos que alguna vez se habían cruzado en mi camino y a los que no me había permitido arraigarme.
—Imagino que tanto ustedes tres, como nosotros dos, tenemos amigos y personas importantes que pueden estar en algo similar.
Por eso no había pensado en el resto de mis compañeros hasta ahora. Una punzada de culpabilidad me atenazó al recordar la sonrisa de Nyra y su tazón de comida preparado específicamente para las migrañas. Siete años atrás, ella había sido la razón por la que decidí ser Marine. El modo en que se implicó para resolver la situación de Sandy, aunado a la autoridad que desprendía, me habían hecho pensar que dentro del cuerpo de Marines estaría protegido. Sólo ahora, tras los acontecimientos de los últimos meses, descubría que no todos respetaban a las fuerzas de la ley, que también podía granjearte muchos enemigos y que nada te libraba de ser carne de esclavitud.
Estreché con más ahínco el cuerpo de Hae-won. La única persona en diez años que había logrado hacer que sintiera algo, que la vida de St. George fuera el fantasma y no Dimitri. Me habría deshecho del uniforme si de ese modo hubiera podido garantizar su seguridad, bajo una colaboración que no nos pusiera a todos en riesgo. El problema de las mentiras es que cuando te atrapan, ya no puedes escapar de ellas. St. George portaba uniforme y yo no podía quitárselo sin manchar aquella maldita imagen de intento de niño bueno.
Agradecía que Masato se hubiera hecho cargo de la situación con la civil. Ella también me recordaba a Nyra. Para ser honestos, llegué a envidiar ese sentido innato de protección que parecían mostrar hacia el prójimo. Uno que, por experiencia propia, sabía que también compartían con Hae-won.
Apreté la mandíbula. El modo en que aquella mujer jugueteó con el revolver hizo que se me encendieran todas las alarmas.
—Hmm...
Lo único que logró aliviar el nudo que comenzaba a atenazarme fue notar que Hae-won se removía contra mi regazo. La conciencia regresó a ella entre parpadeos y movimientos adormilados en busca de su arma.
—Gracias por todo, Dima.
Me permití ese segundo para contemplar la luz que irradiaban sus pupilas, esperanza en el abismo, igual que aquella noche ocho años atrás. Le dediqué una sonrisa incluso antes de ser consciente de que lo hacía, mientras me rascaba el lunar.
—Ahora mismo, no me veo muy hermosa que digamos, ¿cierto, cariño?
—Nada podría robarte tu belleza.
Para mi desgracia, aquel consuelo se esfumaría con los primeros gritos de alerta. Primero llegó el de Masato. Después, casi como si estuviera reafirmando la alarma del civil rubio, el volante de la puerta comenzó a girar sobre sí mismo. Los pestillos cerrados condenaron nuestra vida. Sentí unos dedos invisibles atenazarme la garganta. Perdí el aliento.
«Vamos, no me jodas»
—¡A cubierto! ¡Ponte a cubierto! —ordené a Hae-won, mientras la instaba con un pequeño empujón a moverse y avanzar.
Si algo me había demostrado la vida, es que desear algo con todas tus fuerzas no te concedía ningún deseo. Ni siquiera algo tan trivial como retroceder todo lo que habría querido para salvar la vida.
La vista se me nubló en cuanto di los primeros pasos. Me fallaron las piernas. Y me odié. Me odié profundamente por el temblor que las aquejaba, por ese terror gélido que constreñía mis costillas y la debilidad de un cuerpo que nunca había estado hecho para el combate y puede que, tampoco, para la vida.
No pude más que arrastrarme cuánto me permitió el cuerpo, un único metro, para atrincherarme tras una de las montañas más altas de deshechos. No es bonito sentir que te quedas sin tiempo. No es agradable convivir con el aliento de la parca sobre la nuca. Las manos me sudaron al sacar del zurrón la munición explosiva para cargar una pistola que no sabía si llegaría a usar. Sentí a Hae-won a mi lado. Ella, que debería haberse alejado mucho más, seguía ahí.
Al vértigo que sentí lo acompañó la explosión que derribó la puerta. La inercia me hizo tirarme sobre Hae-won para cubrirla por completo con mi cuerpo. Otro arranque de tos me quemó la garganta y también los ojos. Punzadas incesantes en las sienes. Pisadas en tropel y las voces de mis compañeros. Apreté la mandíbula al notar como algunos de los restos más pequeños del montón frente a nosotros golpeaban mi espalda, desestabilizados por el caos.
—Oigan. ¡Esperen! ¡No disparen!
La voz de la pelirrosa trajo consigo un instante de quietud. Miré a Hae-won, mi nariz contra la suya.
—Vive —susurré—. Mi arma lleva explosivos.
El suelo tembló bajo nosotros, esta vez provocado por la sinuosa transformación de Masato, que se sucedía durante el discurso de la otra mujer. Ese fue el momento en que decidí emplear lo único que, hasta entonces, me había mantenido con vida: mentir.
Asomé poco antes de que la muchacha terminase de hablar, manos en alto y la pistola escondida a la espalda, pero lo más resguardado posible. Había metido el arma en la cinturilla de atrás del pantalón, con el seguro echado y la confianza de que mi ángel me cubría. Además, esperaba que hubiera entendido el mensaje: «si ocurre algo, si yo no puedo, toma mi arma».
—Tranquilos, esto ha debido ser un error —dije con voz dulcificada, tan aterciopelada como cuando viajaba junto a Pulmones Negros. Miraba a mis compañeros, con convicción apaciguadora mientras esperaba que me siguieran la corriente—. Se supone que sería el invitado especial de este espectáculo.
Había aprendido bien a poner esa cara de niño bueno, a que la fragilidad de mi salud resultara tan inofensiva como asquerosamente apetecible. Ese aspecto de urgente necesidad por ser socorrido, es el que mostré a un enemigo que acabaría por ser mi tumba.
—Mis compañeros estaban escoltándome. Y habéis tenido suerte de que sigamos con vida.
No había abandonado Kutsukku quince años atrás, para terminar muriendo en uno de sus vertederos.
O eso esperaba.
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