13-11-2023, 02:55 PM
Enma estaba completamente absorto en sus pensamientos y en su idea de 'salvar a los revolucionarios' que no se dio cuenta de lo que aconteció a mitad de camino. Cuando le dijo a Panda y Nadja, que parecía observarle como si no supieran qué estaba diciendo, que el que estaba ahí era un revolucionario inconsciente, el pelirrojo se dio cuenta de que quizá no había imagino su escapada, porque lo cierto es que lo que depositó en la arena era tan sólo la chaqueta de Lixxish. Durante el trayecto, tuvo la impresión de haber acelerado más su paso en algún punto, como si su peso se redujese enormemente, y al echar la vista atrás, vio y escuchó los pasos de alguien que se dirigían en sentido contrario al suyo llorando de manera desconsolada. No le dio importancia pues no pareció reconocer la voz y la silueta no se podía ver claramente debido a la densidad del bosque. Tampoco se dio cuenta de que en su hombro ya no había nadie, así que continuó corriendo sin volver a mirar atrás. Hasta llegar a la playa... al momento actual.
Enma estaba absorto en mejorar la situación de Moris y en salvarle la vida. Estaba nervioso, las manos le temblaban completamente, pues cada segundo que pasa un pequeño río de sangre descendía desde sus labios. Pareciese que el pelirrojo se encontrase en una carrera a contra-reloj, indicada por aquella hilera carmesí. - No... no vas a morir... No puedes... - Aunque no conociese a Moris, el pelirrojo estaba sintiendo cómo poco a poco su vida se extinguía y eso le afectaba enormemente. Sus latidos descendían en número, su respiración cada vez sonaba más forzada y la sangre cada vez corría a mayor velocidad. Sus movimientos eran mucho más lentos y cada esfuerzo que realizaba reducía su esperanza de vida en un cincuenta por ciento. De repente, la mano de Moris se posó sobre una de las de Enma y comenzó a hablar... como pudo. Estaba completamente destrozado y sin voz, pero lo intentó. Desde sus primeras palabras, "a-alto...", los presentes ya podían haber deducido que aquello no iba a ser un discurso de un vanguardia, sino la despedida de un hombre que había destinado su vida a combatir por el objetivo de la revolución. Por la libertad. Inconscientemente y de forma repentina, las lágrimas comenzaron a descender por el rostro de Enma, que se encontraba completamente paralizado. - Por qué... - Se preguntó a sí mismo. Sus manos estaban encima del torso de Moris. En ellas, las lágrimas de Enma encontraban su final, creando un pequeño mar de lágrimas en sus puños. Era como si aquella situación ya la hubiese vivido en otra ocasión. Se trataba de Lillian.
Como cada día, Enma y Lillian se levantaban a las siete de la mañana. Desde hacía siete años, se levantaban pronto para ir al mercado, hacer los quehaceres del hogar y dejar todo listo para la hora de la comida para poder entrenar y estudiar sin ningún tipo de distracción. Pero esa mañana todo fue diferente. Enma volvía del pueblo, cargado de bolsas y con un regalo para Lillian, pues cada domingo la panadería del mercado ponía a la venta su maravillosa 'rosca de crema', un postre que Lillian devoraba cada semana y con el que fue a recoger a Enma al bosque cuando lo encontró allí perdido por primera vez. Al abrir la puerta de la casa, Lillian estaba tirado en el suelo, rodeado de platos y vasos rotos como consecuencia de la caída. - ¡Lillian! - Exclamó Enma, quien por aquel entonces sabía gritar cuando lo necesitaba. - ¿Qué ha pasado? ¡Responde! - Levanto a Lillian en brazos y lo llevó hacia la cama. Todavía no había cumplido los setenta pero su cuerpo estaba completamente resentido por todas las batallas que había vivido y... por una enfermedad que lo consumía, aunque Enma desconocía esto pues Lillian no quería que se preocupase por él. Con todo, esta enfermedad no tenía cura conocida, y el motivo por el que el revolucionario había iniciado su camino en la medicina era para buscar una. Aunque fue imposible. - Enma... - Tosió un par de veces. - ¿Has traído... mi rosca? - Colocaba su mano en el rostro del pelirrojo, que ya estaba llorando. ¿Por qué aquello sonaba a una despedida? - Cla-ro... ¿qui... quieres un trozo? - Respiró profundamente. - Me entristece... que no podamos... disfrutarla hoy... - Volvió a toser. - Quiero... que sepas... que haberte encontrado... - Comenzó a salir sangre con cada tosido. - Fue el mejor regalo... en toda mi vida... - Intentó incorporarse, pero su estado era demasiado débil como para poder hacerlo. - No... no te pongas... triste... yo... yo sólo he sido el comienzo de... tu nueva vida... - Intentó apretar fuertemente su mano y limpiar las lágrimas del más joven. - En el mar... en el mar harás una familia... que te cuidará... y que cuidarás... - La respiración cada vez era más dificultosa. Enma intentó levantarse a por su kit de medicina, pero Lillian lo detuvo intentando apretar su mano. - Yo ya... Ya me tengo que ir... No te he dicho... ¿que los nuevos... sois... quienes conseguiréis... la libertad de la revolución...? - Tosió. - Te queda todavía... mucho por delante... Muchas gracias por todo... hijo... - Esa última palabra había causado un dolor inmenso en el pecho de Enma. Por primera vez en su vida estaba viviendo en carnes propias qué significa la pérdida de un verdadero padre. La biología no importaba. Lillian había sido el padre que Enma nunca había tenido, quien lo había criado, salvado y quien le había mostrado lo que era el afecto y el cariño. Quien le había dado significado a la palabra que él ya había olvidado: familia. - ¡¡¡Papá!!! - Su rostro cayó completamente en el torso de Lillian, ya sin respiración y sin movimiento. Completamente inerte. Las lágrimas de Enma habían inundado las sábanas por completo. - Padre... Padre... - Continuó susurrando mientras agarraba su cuerpo con fuerza. A los sesenta y siete años, Lillian, el fantasma de la revolución había fallecido. Había tenido una vida dura, pero unos años finales felices junto a quien llamaría su hijo: Enma.
Enma estaba absorto en mejorar la situación de Moris y en salvarle la vida. Estaba nervioso, las manos le temblaban completamente, pues cada segundo que pasa un pequeño río de sangre descendía desde sus labios. Pareciese que el pelirrojo se encontrase en una carrera a contra-reloj, indicada por aquella hilera carmesí. - No... no vas a morir... No puedes... - Aunque no conociese a Moris, el pelirrojo estaba sintiendo cómo poco a poco su vida se extinguía y eso le afectaba enormemente. Sus latidos descendían en número, su respiración cada vez sonaba más forzada y la sangre cada vez corría a mayor velocidad. Sus movimientos eran mucho más lentos y cada esfuerzo que realizaba reducía su esperanza de vida en un cincuenta por ciento. De repente, la mano de Moris se posó sobre una de las de Enma y comenzó a hablar... como pudo. Estaba completamente destrozado y sin voz, pero lo intentó. Desde sus primeras palabras, "a-alto...", los presentes ya podían haber deducido que aquello no iba a ser un discurso de un vanguardia, sino la despedida de un hombre que había destinado su vida a combatir por el objetivo de la revolución. Por la libertad. Inconscientemente y de forma repentina, las lágrimas comenzaron a descender por el rostro de Enma, que se encontraba completamente paralizado. - Por qué... - Se preguntó a sí mismo. Sus manos estaban encima del torso de Moris. En ellas, las lágrimas de Enma encontraban su final, creando un pequeño mar de lágrimas en sus puños. Era como si aquella situación ya la hubiese vivido en otra ocasión. Se trataba de Lillian.
Hace tres años, en la villa de Syrup... [ost: la muerte de Lillian]
Como cada día, Enma y Lillian se levantaban a las siete de la mañana. Desde hacía siete años, se levantaban pronto para ir al mercado, hacer los quehaceres del hogar y dejar todo listo para la hora de la comida para poder entrenar y estudiar sin ningún tipo de distracción. Pero esa mañana todo fue diferente. Enma volvía del pueblo, cargado de bolsas y con un regalo para Lillian, pues cada domingo la panadería del mercado ponía a la venta su maravillosa 'rosca de crema', un postre que Lillian devoraba cada semana y con el que fue a recoger a Enma al bosque cuando lo encontró allí perdido por primera vez. Al abrir la puerta de la casa, Lillian estaba tirado en el suelo, rodeado de platos y vasos rotos como consecuencia de la caída. - ¡Lillian! - Exclamó Enma, quien por aquel entonces sabía gritar cuando lo necesitaba. - ¿Qué ha pasado? ¡Responde! - Levanto a Lillian en brazos y lo llevó hacia la cama. Todavía no había cumplido los setenta pero su cuerpo estaba completamente resentido por todas las batallas que había vivido y... por una enfermedad que lo consumía, aunque Enma desconocía esto pues Lillian no quería que se preocupase por él. Con todo, esta enfermedad no tenía cura conocida, y el motivo por el que el revolucionario había iniciado su camino en la medicina era para buscar una. Aunque fue imposible. - Enma... - Tosió un par de veces. - ¿Has traído... mi rosca? - Colocaba su mano en el rostro del pelirrojo, que ya estaba llorando. ¿Por qué aquello sonaba a una despedida? - Cla-ro... ¿qui... quieres un trozo? - Respiró profundamente. - Me entristece... que no podamos... disfrutarla hoy... - Volvió a toser. - Quiero... que sepas... que haberte encontrado... - Comenzó a salir sangre con cada tosido. - Fue el mejor regalo... en toda mi vida... - Intentó incorporarse, pero su estado era demasiado débil como para poder hacerlo. - No... no te pongas... triste... yo... yo sólo he sido el comienzo de... tu nueva vida... - Intentó apretar fuertemente su mano y limpiar las lágrimas del más joven. - En el mar... en el mar harás una familia... que te cuidará... y que cuidarás... - La respiración cada vez era más dificultosa. Enma intentó levantarse a por su kit de medicina, pero Lillian lo detuvo intentando apretar su mano. - Yo ya... Ya me tengo que ir... No te he dicho... ¿que los nuevos... sois... quienes conseguiréis... la libertad de la revolución...? - Tosió. - Te queda todavía... mucho por delante... Muchas gracias por todo... hijo... - Esa última palabra había causado un dolor inmenso en el pecho de Enma. Por primera vez en su vida estaba viviendo en carnes propias qué significa la pérdida de un verdadero padre. La biología no importaba. Lillian había sido el padre que Enma nunca había tenido, quien lo había criado, salvado y quien le había mostrado lo que era el afecto y el cariño. Quien le había dado significado a la palabra que él ya había olvidado: familia. - ¡¡¡Papá!!! - Su rostro cayó completamente en el torso de Lillian, ya sin respiración y sin movimiento. Completamente inerte. Las lágrimas de Enma habían inundado las sábanas por completo. - Padre... Padre... - Continuó susurrando mientras agarraba su cuerpo con fuerza. A los sesenta y siete años, Lillian, el fantasma de la revolución había fallecido. Había tenido una vida dura, pero unos años finales felices junto a quien llamaría su hijo: Enma.
En la actualidad...
Los latidos de Moris habían desaparecido casi por completo y parecía que estaba dando sus últimas respiraciones. Enma se había abstraído completamente de la realidad debido a las similitudes de la muerte de Moris con la de Lillian y, en algún momento, Nadja se había acercado para despedirse. Le estaba secando las lágrimas del rostro, a pesar de que ella no podía contener las suyas propias. Tenían un vínculo maravilloso y seguramente para Nadja esto supusiese un duro golpe. Sus latidos desaparecieron completamente después de sus últimas palabras "cuida de... ellos...". Moris habría encontrado su final en los brazos de Nadja, que lo apretó con fuerza. Era su momento, así que Enma se levantó, como pudo, y dio un par de pasos hacia atrás. Recogió la chaqueta de Lixxish y la metería en su mochila, a la vez que cogió un par de tiritas. Una de ellas se la puso en la mejilla y la otra la dejaría en el cuerpo de Moris, una vez Nadja lo había dejado. Era su 'memento', su manera de decir adiós a una persona por la que, a pesar de no conocerla demasiado, había desarrollado un sentimiento de respeto y admiración.
Enma agarró nuevamente sus cosas y continuó los pasos de sus compañeros, que se dirigían al bar. Secó sus lágrimas y no volvió a mirar hacia atrás, pues de hacerlo volvería a derrumbarse otra vez. Al contrario, levantó la mirada al cielo, a donde había mandado al único cuervo que todavía permanecía con él, y dejó que se deshiciese conforme avanzaba su vuelo. Era una ofrenda a Moris, una despedida, pero también una manera de recordar a Lillian. A su padre.
Esta aventura finalizaba y, como siempre, algo cambiaría dentro de Enma. Tenía tan sólo veinte tres años y cada vivencia era un punto de inflexión en su vida. La batalla de Glotz le había obligado a ser más fuerte. Esta batalla había puesto de manifiesto esta necesidad. Moris había muerto porque Enma no acudió a tiempo a su lado, y eso era un pensamiento que le iba a pesar durante toda su vida. Todavía le quedaba mucho camino para ser fuerte pero, si algo tenía claro, es que no volvería a tener la piedad que tuvo con Lixxish. Si en algún momento se encontraba en una tesitura igual... seguramente su enemigo acabaría muerto. - Descansa en paz... Moris. - Fueron sus últimas palabras, cuando todavía mantenía la mirada en el cielo.
Final
