Ain’t No Sunshine | Aventura T2 [PA]
#5
La música no paró. Esa era la peor parte.

Massimo lo sintió antes de verlo. El cambio en el aire, en la forma en que los cuerpos se tensaban, en cómo las miradas que antes solo curiosas se volvían afiladas. King Bulk había dejado de mirarlo como a un bicho raro. Ahora lo miraba como a un problema que había que resolver.

La voz grave, amplificada por el micrófono, llenó cada rincón del local. Massimo no se movió. Los brazos cruzados sobre la barra, la espalda apoyada en la madera mugrienta, la cara en reposo que parecía enfadada. No dijo nada. No hizo nada.

Solo esperó.

La orden llegó envuelta en notas de saxofón. Una melodía que no era melodía, una señal que solo los suyos sabían leer. Y entonces el bar entero se movió.

Fue como ver una manada despertarse. Los que estaban sentados se pusieron de pie. Los que estaban de pie dieron un paso adelante. De las mesas salieron cachiporras, botellas rotas, cuchillos de mala muerte. De los puños, nudillos dispuestos a partirse contra algo. De las bocas, sonrisas que no sonreían.

Massimo contó. No todos. No hizo falta. Eran demasiados.

Massimo ladeó su gabardina, mostrando sus brazos, hendidos y demacrados. Agarró un pedazo de esta y, de un tirón, se la quitó de golpe, lanzándola. Bajo la gabardina, una camisa blanca con las mangas dobladas a la altura de los codos. En sus manos, sus guantes. Unos guantes que solo utilizaba para apalear a alguna bestia de la jungla cuando tocaba ir a por suministros.

-Venga… -Dijo entre dientes.


[Imagen: xDRPbEF.jpeg]
-¡VENID A POR MÍ!

La personalidad de Dooti pegó un volantazo de 180 grados. El calmado y frío hombre que se mostraba siempre, convertido en… bueno.

Sus brazos abiertos de par en par. Su mirada fija en la multitud que se abalanzaba sobre él como si fuera una ola gigante de carne y hierro.

Golpes, cortes, botellazos. La horda le tenía completamente cubierto como una marabunta de hormigas sobre el cadáver de un insecto más grande que ellas. Pero este no era una puñetera mantis decapitada o una cucaracha aplastada. No.

Era Massimo Dooti.

Y no se había pasado los últimos veinticinco años en una mina recibiendo todo tipo de torturas físicas como para hincar rodilla ante una pandilla de piratas, ladrones, borrachos con afán por el blues.

Los cortes cada vez eran más profundos y los golpes comenzaban a hacerle reaccionar. Su cuerpo volvía a recordar el dolor. La reacción más normal sería cubrirse la cabeza, adoptar una posición fetal en el suelo para que el daño se concentrara en las partes más duras. Pero no con Dooti. En cuanto notó la más mínima baja de ritmo, haciendo acopio de sus fuerzas, se zafó como pudo de todos aquellos que colgaban de su gigantesco cuerpo.

Las risotadas de los piratas solo avivaban su fuego interno. Su sangre hervía. Y, bajo la máscara, una amplia sonrisa que podía entreverse en la comisura de sus labios.


Damas y caballeros, con todos ustedes… el maestro:
Massimo Dooti.



BIIIIG
BAND

Un poderoso lariat fue el primer movimiento. Los que aún permanecían con sus armas clavadas acabaron por salir volando hasta la otra punta del bar, mientras los que fueron atrapados por el fuerte brazo de Dooti terminaron en el suelo inconscientes. Después, un paso. Solo uno. Su hombro golpeó al primer pirata en el pecho. El hombre salió volando hacia atrás, llevándose por delante a otros dos. Sus brazos, esos brazos que habían cargado sacos durante años, que habían aguantado palizas, que habían aprendido a no caer, se abrieron como aspas. El primero que intentó flanquearlo recibió un revés en la sien que lo dejó tieso en el suelo. El segundo, una cucaracha que terminó agarrada del cuello y lanzada contra la barra, destrozando los estantes con bebidas que allí reposaban.

Las risas parecieron cesar y en su lugar fueron sustituidas por murmullos, gruñidos y el sonido de pasos reculando.

-¿Qué ocurre?... -dijo mientras se reincorporaba del ataque. Su gran cuerpo parecía haber crecido varios metros más. Dedicó una mirada a todos los presentes.

-¡No estamos ni en el estribillo!

Un salto. El puño en alza y el pobre desgraciado que tuvo la mala suerte de encontrarse en la arbitraria trayectoria de los nudillos de Dooti terminó con su cara incrustada en el suelo de madera. Los golpes volaban mientras Dooti gruñía de satisfacción, dejando escapar alguna que otra risotada. -Tubaba...

El gigantesco cuerpo de Dooti parecía ser una aspiradora que atraía a todo pobre desdichado que se atrevía a acercarse para asestarle un mísero golpe. Cada paso suyo era una advertencia. Cada movimiento, una condena. Los piratas que intentaban bloquearlo rebotaban contra su torso como pelotas contra una pared. Los que intentaban rodearlo se encontraban con sus brazos, largos como vigas, barriendo el espacio a su alrededor.

Uno intentó agarrarlo por detrás, con un trozo de botella rota. Massimo sintió el roce del vidrio en la espalda, se giró, y le estampó la palma de la mano en la cara. El hombre cayó de espaldas con la nariz rota. Massimo ya estaba en otra parte. Un puñetazo aquí, un codazo allá, un hombro que derribaba a tres de un golpe. Los cuerpos caían a su alrededor como muñecos rotos. Algunos se levantaban. La mayoría no. Sus pies dejaban huellas en la madera astillada, en los brazos que intentaban sujetarlo, en los restos de sillas y mesas que se convertían en escombros bajo su peso.

En algún momento dejó de contar. Solo sentía. El impacto de su puño en una mandíbula. El crujido de un hombro al separarse. El peso de un cuerpo contra el suyo, y cómo lo apartaba con un gesto, como quien aparta una cortina.

La música sonaba a lo lejos, pero él ya no la oía. Solo su propia respiración, pesada, rítmica. Y los golpes. Siempre los golpes. Esa era su canción. Una que ensordecía todas las demás. El ritmo de la violencia.

Pasó por encima de los que intentaban levantarse. Un pie aquí, un rodillazo allá. A uno lo agarró del cuello y lo estampó contra la pared. A otro lo levantó del suelo con una mano y lo lanzó sobre sus compañeros. El bar se estaba quedando vacío. No de gente, más bien, de gente consciente. Los cuerpos yacían amontonados en el suelo, entre las mesas rotas y los restos de la barra que él mismo había destrozado sin darse cuenta.

Cuando el último de los que aún podía tenerse en pie intentó huir hacia la puerta, Massimo lo alcanzó en dos zancadas. Lo agarró por el cuello de la camisa, lo levantó hasta ponerlo a su altura, y lo miró a los ojos. El hombre temblaba. Massimo lo sostuvo un momento, sintiendo cómo el miedo le recorría el cuerpo.

Luego lo dejó caer. El hombre se desplomó en el suelo y no se movió.

Massimo se quedó quieto. La respiración pesada, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. La camisa blanca era un trapo rojo. Los guantes, negros, estaban empapados. Las costillas le ardían. La espalda también. Pero no había caído.

Miró a su alrededor. No quedaba nadie en pie. Cuerpos por todas partes, algunos gimiendo, la mayoría inconscientes. La barra hecha pedazos. Las mesas, también. Las sillas, astillas. El suelo, un campo de batalla.

Massimo levantó la vista hacia el escenario.

King Bulk seguía allí. Su saxofón dorado en las manos. Su banda a la espalda. Y en los ojos, algo que no era sorpresa. Era cálculo.

Massimo dio un paso adelante. Los pocos que aún intentaban levantarse a su paso retrocedieron arrastrándose. Él no los miró. Solo caminó y, a medio camino, alzó su ensangrentada mano, con su dedo índice erguido hacia King Bulk.

-El publico...

Silencio. Paró de golpe. Con su mano libre, retiró la máscara de su rostro, suspirando con alivio al respirar de nuevo el aire de aquel lugar.
Sonrió con confianza y su índice se convirtió en un pulgar que apuntaba con decisión y juicio hacia el mismísimo suelo mientras sus pasos resonaban en el bar, acercándose al mal saxofonista.

-Ha hablado. Tu música es mierda, compañero.


Movidas
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2029 - 350 = 1679
Energia: 1517 - 600 = 917
Espiritu: 360 + 0 = 360


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RE: Ain’t No Sunshine | Aventura T2 [PA] - por Massimo Dooti - 27-03-2026, 04:18 AM

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