27-03-2026, 01:25 PM
Ah... No eran todos humanos, no. ¡Al menos eso! No era solo que los esclavos humanos tendiesen a ser los peores esclavos, ¡que por descontado, claro! Es que eran también los más insolentes. Precisamente aquellos que jamás habían vivido la esclavitud no hacían sino jactarse de su amor por la libertad y de su desprecio por la institución. Lo que había que aguantar. Una Lunarian, sin embargo, era otro cantar. E incluso una Kuja, ¡era su día de suerte! Sin embargo, no debía dejarse llevar; era fundamental ver las capacidades de combate de cada uno. El gas ya había comenzado a hacer efecto, claro, y la cuenta atrás había comenzado. Los brillantes ojos verdes de Landon se detuvieron en los hilos que aquel humano de pelo azabache había comenzado a generar. Qué habilidad tan curiosa. En su experiencia, los humanos eran los que más disfrutaban de delegar sus capacidades de combate en las habilidades de una fruta. Aquella fruta, sin embargo, estaba destinada a morir allí, con todos ellos.
El otro humano se situó frente a él, intentando hablar, gesticulando. Landon inclinó ligeramente la cabeza. Aquel no debía de ser el lápiz más afilado del estuche. Un soldado raso... ¿De la División 80, había dicho? Los humanos siempre habían sido los peores, también en la Marina. Recordó cómo solía estampar a sus compañeros humanos contra los muros de la base en mitad de la noche, rompiéndoles cada uno de sus preciados dientes y haciéndoles alguna que otra fractura difícil de explicar luego en la enfermería. Qué grandes tiempos. En cualquier otro momento, Landon se hubiera puesto a rememorar sus tiempos como recluta con pasión, pero supo que sería mejor dejarlo para después. Ahora tenía la oportunidad de volver a llevar a cabo aquellas mismas prácticas con el joven. En aquel instante, aquella insignificante ratoncilla, la Kuja, perturbando el gas a su paso, se había desplazado a una velocidad muy considerable hasta su flanco, propiciándole dos golpes. A Landon, sin embargo, le resultó difícil inmutarse ante aquello, de la misma forma que uno no se preocupa por la picadura de un mosquito cuando está a otras cuestiones. La ratita Kuja podía jugar a su juego, ¿qué daño hacía? Sin embargo, era ese otro humano, el de pelo oscuro, el que le daba ganas de vomitar. Si lo que quería era pelear uno contra uno, Landon le daría una pequeña muestra.
—Gu-gogogo... Lamentablemente, no tengo control alguno del gas. Pero si pelear es lo que quieres, humano... ¡Reh! —dijo, preparándose y poniéndose en tensión. Nadie lo vio, pero, bajo la máscara, sonreía para sí. Sus ojos verdes siguieron su trayectoria al completo, contemplando cómo se aproximaba y esperando al momento perfecto.
Ninguno de ellos parecía ser consciente de la gravedad de la situación. Estaban aterrorizados, sí, y eso se les notaba en la cara, en los ojos, en cada microgesto de sus bocas. Pero no lo suficiente. El gas debía de resultar intimidante, claro, como debía de resultarlo el propio aspecto de Landon. Pero, de nuevo, no era suficiente. Si hubieran sido plenamente conscientes de lo que aquel monstruo pretendía hacer con ellos, ni siquiera la adrenalina hubiera tenido efecto; se hubieran limitado a tirarse al suelo y llorar. Landon no era ningún sádico, claro, pero era un hombre con una tarea, con un propósito: destruir a los no aptos. Los tubos que conectaban con su espalda burbujearon con fuerza. En el preciso instante en que el humano se disponía a golpearle, justo cuando se encontraba ya a escasa distancia de él, Landon saltó como un resorte, lanzando la totalidad de su cuerpo contra el impertinente espadachín de los hilos, aplastando su pecho. Fue como liberar un muelle, descargando toda la tensión que habían acumulado sus músculos durante los instantes previos. Cerca de media tonelada de huesos y músculo pertenecientes a aquella mole golpearon a Cill como un meteorito, arrollándolo e, incluso, provocando que saliese rebotado hacia atrás tras el impacto. En su experiencia, así era como acababan los que intentaban hacerse los héroes.
—Los humanos realmente no tenéis remedio —dijo, su carraspera y pesada voz filtrada por la máscara y recibiendo una pátina metálica en el proceso—. Os preguntaré de nuevo: ¿cómo queréis hacer esto?
En el instante en que finalizó aquellas palabras, echó a correr en dirección al pequeño humano rubio, contemplándolo de arriba a abajo, y, en el mismo instante en que lo tuvo a tiro, propinó un fortísimo puñetazo contra su abdomen, proyectando todo su peso en el movimiento, ejecutándolo de forma simple pero con absoluta efectividad. Se giró, volviendo a mirar en dirección al espadachín de los hilos.
—Capitán Landon Coates —se presentó, dándole la espalda tanto a Akira como a Asherah, haciendo un ademán con el pulgar hacia sí mismo. Aun así, era evidente que se dirigía al llamativo Marine rubio al que acababa de atacar—. Sus órdenes son claras, soldado: máteme o muera. O mate a esta escoria, y sea el último en pie.
El otro humano se situó frente a él, intentando hablar, gesticulando. Landon inclinó ligeramente la cabeza. Aquel no debía de ser el lápiz más afilado del estuche. Un soldado raso... ¿De la División 80, había dicho? Los humanos siempre habían sido los peores, también en la Marina. Recordó cómo solía estampar a sus compañeros humanos contra los muros de la base en mitad de la noche, rompiéndoles cada uno de sus preciados dientes y haciéndoles alguna que otra fractura difícil de explicar luego en la enfermería. Qué grandes tiempos. En cualquier otro momento, Landon se hubiera puesto a rememorar sus tiempos como recluta con pasión, pero supo que sería mejor dejarlo para después. Ahora tenía la oportunidad de volver a llevar a cabo aquellas mismas prácticas con el joven. En aquel instante, aquella insignificante ratoncilla, la Kuja, perturbando el gas a su paso, se había desplazado a una velocidad muy considerable hasta su flanco, propiciándole dos golpes. A Landon, sin embargo, le resultó difícil inmutarse ante aquello, de la misma forma que uno no se preocupa por la picadura de un mosquito cuando está a otras cuestiones. La ratita Kuja podía jugar a su juego, ¿qué daño hacía? Sin embargo, era ese otro humano, el de pelo oscuro, el que le daba ganas de vomitar. Si lo que quería era pelear uno contra uno, Landon le daría una pequeña muestra.
—Gu-gogogo... Lamentablemente, no tengo control alguno del gas. Pero si pelear es lo que quieres, humano... ¡Reh! —dijo, preparándose y poniéndose en tensión. Nadie lo vio, pero, bajo la máscara, sonreía para sí. Sus ojos verdes siguieron su trayectoria al completo, contemplando cómo se aproximaba y esperando al momento perfecto.
Ninguno de ellos parecía ser consciente de la gravedad de la situación. Estaban aterrorizados, sí, y eso se les notaba en la cara, en los ojos, en cada microgesto de sus bocas. Pero no lo suficiente. El gas debía de resultar intimidante, claro, como debía de resultarlo el propio aspecto de Landon. Pero, de nuevo, no era suficiente. Si hubieran sido plenamente conscientes de lo que aquel monstruo pretendía hacer con ellos, ni siquiera la adrenalina hubiera tenido efecto; se hubieran limitado a tirarse al suelo y llorar. Landon no era ningún sádico, claro, pero era un hombre con una tarea, con un propósito: destruir a los no aptos. Los tubos que conectaban con su espalda burbujearon con fuerza. En el preciso instante en que el humano se disponía a golpearle, justo cuando se encontraba ya a escasa distancia de él, Landon saltó como un resorte, lanzando la totalidad de su cuerpo contra el impertinente espadachín de los hilos, aplastando su pecho. Fue como liberar un muelle, descargando toda la tensión que habían acumulado sus músculos durante los instantes previos. Cerca de media tonelada de huesos y músculo pertenecientes a aquella mole golpearon a Cill como un meteorito, arrollándolo e, incluso, provocando que saliese rebotado hacia atrás tras el impacto. En su experiencia, así era como acababan los que intentaban hacerse los héroes.
—Los humanos realmente no tenéis remedio —dijo, su carraspera y pesada voz filtrada por la máscara y recibiendo una pátina metálica en el proceso—. Os preguntaré de nuevo: ¿cómo queréis hacer esto?
En el instante en que finalizó aquellas palabras, echó a correr en dirección al pequeño humano rubio, contemplándolo de arriba a abajo, y, en el mismo instante en que lo tuvo a tiro, propinó un fortísimo puñetazo contra su abdomen, proyectando todo su peso en el movimiento, ejecutándolo de forma simple pero con absoluta efectividad. Se giró, volviendo a mirar en dirección al espadachín de los hilos.
—Capitán Landon Coates —se presentó, dándole la espalda tanto a Akira como a Asherah, haciendo un ademán con el pulgar hacia sí mismo. Aun así, era evidente que se dirigía al llamativo Marine rubio al que acababa de atacar—. Sus órdenes son claras, soldado: máteme o muera. O mate a esta escoria, y sea el último en pie.
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