27-03-2026, 02:09 PM
(Última modificación: 29-03-2026, 08:29 PM por Yuqi.
Razón: Link caído de imagen
)
Reino de Samba | 50 de Verano – Año 17
20:00 hrs
Cada centímetro de piel pica. Un hormigueo constante recorre su cuerpo por completo, una molestia que transforma en una tarea imposible el concentrarse en la palabrería que borbotea de la boca del hombre. Desde el segundo en que tan elegante tela ha cubierto su silueta, no se ha desvanecido esa sensación. ¿No es divertido, acaso, pensar que es alérgica a tal calidad de material? Y, incluso así, no puede simplemente quitárselo. Un deber es lo que posee, la razón para hallarse allí.
Viste correcta, adecuada. Cada detalle de su largo vestido ha sido pensado, y que no quepa duda de que hasta contadas han sido las flores del encaje que su clavícula oculta. ¿No se ve bien? Los tacones negros le han regalado altura, y los lazos en su cabello una delicadeza que nunca ha formado parte de ella. Tomarse tantas molestias en su camuflaje vale la pena por el pago, no es un dato que vaya a negar.
Es parte del lugar, una más entre el montón, pero no se siente así. De todas formas, agradar o desagradar, ¿por qué importaría? Si su identidad busca disimularse tras un antifaz y una dulce soberbia que transforma su boca en una curva. ¿Pueden verlo todos, esa burla hacia ella misma? Seguro que no. En la posición en la que se encuentra, en eso se fijan los demás, mientras la fémina simplemente un deseo posee: desaparecer, no sin antes rasgar la piel del enano que de palabras desborda. Por supuesto, no puede hacer nada más que juguetear con su cabello.
De repente, un patio de juegos nuevo le ha sido regalado. Una pisada, luego otra, y así, un conjunto que la ayuda a recorrer el escenario. Ni sus manos pueden permanecer quietas, pasando de una a otra el tridente que nunca la abandona. ¿Dónde podría dejarlo? La respuesta llega al instante cuando las paredes adornadas observa: el perfecto escondite y también el más inteligente. Allí está la elección final, ¿verdad? En cambio, su atención la ha robado alguien, un individuo entre los tres guardias que han llegado para custodiar la escalera. Las puntas del arma apuntan en su dirección y a una sonrisa se limita la joven.
—¿Crees que puedas hacerle un favor a esta humilde servidora? —La distancia se ha acortado y sus dedos se deslizan por el brazo del hombre, acercándose lo suficientemente peligrosa para, en un movimiento veloz, robarle la respiración y el arma que porta, misma que no duda en cambiar por la de ella. —Guárdala por mí hasta que te diga, pero no te preocupes, te dejaré tu arma también.
¿No se sentirán los invitados más seguros con un guardia que porte dos armas en vez de una? Una idea tan tonta que provoca risa.
—Por nada del mundo la sueltes, ni te muevas de aquí. No quieres saber lo que pasará si lo haces.
***
Reino de Samba | 50 de Verano – Año 17
21:15 hrs
Salón de invitados
Una farsa, un artificio; eso es su identidad esa noche. Olvidar esa idea y volverla una realidad es fácil; sin embargo, por completo no puede ignorarlo ella. El resto de presentes ni siquiera debe, ni puede, pensarlo; aun así, en algunos ojos se cree capaz de observar resquicios de una duda lejana, de crítica, cuestionando cada movimiento. ¿Cómo es vista en realidad? Desearía arrancar aquellas miradas de sus cuencas para obtener su preciada respuesta. Sus manos lo ansían, pero son sus pies los únicos que se mueven.
Lo cierto es que da igual quién es Yuqi o lo que crean los invitados. Esta noche, ella es especial. Desconocida ante los demás y con la autoridad de pisarlos si lo veía necesario. Aunque es obvio: no puede permitirse el dejarse descubrir tan fácilmente. Es ella la cazadora, no a quien se le caza. Esa es la principal razón de que se mantenga atenta a los movimientos ajenos. Por mucho que no fuese fanática de evitar lo que será un desastre inevitable, para eso le estaban pagando. Y bueno, con el dinero adecuado, el monto correcto, incluso alguien como ella podía volverse un perro obediente.
Quizá. Solo quizá.
El líquido que llena su copa se equilibra al balancearlo con suavidad; fingir beber de él mientras mantiene conversación con desconocidos es una actuación que ha interpretado más de una vez. Burla no se percibe en sus labios, sino una suavidad que resulta extraña para quien la conozca.
Una persona, luego otra, y otra; parece pasear por todo el lugar la fémina, pero siempre se mantiene cercana a las escaleras. Más de tres metros no la separan de aquellos que custodian la entrada superior. Fijada en el suave caminar de la gente, en sus movimientos, pero también en lo que dicen, sus conversaciones. En parte puede excusarse con que es parte de su trabajo, pero es que la curiosidad de lo que podría descubrir la anima a seguir. No es que algo muy interesante encuentre.
Un repentino estremecimiento recorre su cuerpo cuando siente calidez chocar contra su piel. Es imposible de reprimir cómo alza su ceja al ver esa nueva silueta, pero cualquier sorpresa en su rostro es desplazada por una máscara de perfecta amabilidad. Es demasiado el contraste entre interior y exterior, pues no es que le vaya a importar demasiado alguien cuando un objetivo tiene. Pero ella no es un monstruo. Al menos no el personaje que interpreta esa noche, así que deja que la muchacha se afirme en su brazo y asiente a sus palabras, permitiéndole hablar todo lo que puede.
Genuina luce la preocupación que la gente puede observar, pero no olvida las indicaciones que se le han dado. Así que fácil es tomar la mano que la otra ha acercado por cuenta propia y acariciar el dorso con el mayor de los cuidados. ¿Lo pueden ver todos? La desconocida que procura por los demás. Sus ojos se centran en el guardia y acepta su explicación, un asentimiento de complicidad que indica que puede encargarse ella.
—¿Se puede saber qué medicina necesita? Es seguro que pueda ayudarla con lo que requiere. —Las palabras salen con facilidad, y con pisadas suaves busca obligarla a separarse de donde se encuentran. —¿Me diría su nombre, por favor? El mío es Emilie, encantada de conocerle.
Se alejan, pero no demasiado, un par de metros apenas. Un asiento libre es lo que ha buscado para la joven que es seguida por los ojos de quienes la rodean. —Lamento las molestias causadas, pero estoy aquí para ayudar. —Las manos ajenas no puede soltarlas, y su mirada, por mucho que se haya quedado fija en su rostro y en su cuerpo, buscando más signos de su malestar, no tarda en dar un último paseo por todo el lugar. —¿Ha venido acompañada? Alguien en su condición no debería encontrarse sola, señorita…
Hasta de molestia se encuentra teñida su voz, ¿por qué?
—Disculpe, es que para una médica como yo, esto es inaceptable.
Pero la mentira no, esa que con tanta naturalidad sale de su sonrosada boca. En ese momento, ese es el personaje que interpreta y dudas en su papel no pondrá. Pero, ¿dudas tendrá alguien más?
No mirar
