28-03-2026, 01:23 AM
(Última modificación: 28-03-2026, 01:24 AM por KuroVongola.)
Avanzaba con cautela, midiendo cada paso y manteniendo las armas firmes entre mis manos, mientras mi atención se centraba en la figura frente a nosotros y en cualquier posible reacción. La tensión era constante, y cada movimiento estaba pensado para evitar errores. Sin embargo, todo cambió en el momento en que su voz volvió a resonar en la sala, con un tono extraño, casi burlón.
—El baile de los gorilas dice así. Las manos hacia arriba...—
No hubo tiempo para reaccionar. De un instante a otro, mi cuerpo dejó de responder a mi voluntad. Sentí cómo los músculos se movían por su cuenta, como si alguien más estuviera controlando cada acción. Mis brazos se elevaron sin que pudiera evitarlo, las palmas abiertas hacia arriba, en un gesto completamente ajeno a cualquier intención propia.
—¿Qué demonios…?—
La sensación era desconcertante. No era dolor, ni tampoco una parálisis. Era peor. Estaba consciente, completamente lúcido, pero incapaz de detener lo que mi propio cuerpo hacía. En el momento en que mis manos se abrieron, perdí el control sobre las armas. Ambas se deslizaron fuera de mis dedos y salieron despedidas hacia delante, golpeando el suelo con un sonido seco que resonó en la sala.
—Las manos hacia abajo...—
Mis brazos descendieron con brusquedad. Antes de que pudiera siquiera intentar resistirme, mis propias manos impactaron contra mi rostro, obligándome a cerrar los ojos por un instante. El golpe no fue lo peor. Lo peor era la impotencia. Intenté forzar el control, detener el movimiento, pero fue inútil. Cada orden que salía de aquella voz se imponía sobre cualquier intento de resistencia. Mis pies comenzaron a moverse al mismo ritmo, avanzando sin que yo lo decidiera, arrastrándome dentro de ese absurdo baile.
Apreté los dientes, intentando mantener la mente clara mientras mi cuerpo se desplazaba. La situación era evidente. Aquello no era algo físico convencional, era una habilidad que nos estaba afectando directamente, anulando nuestra capacidad de actuar con libertad.
Mientras me movía, fijé la mirada en el suelo, localizando rápidamente dónde habían caído mis armas. Ajusté ligeramente la dirección de mis pasos dentro de ese movimiento impuesto, intentando acercarme poco a poco a ellas. No podía detenerme, pero aún podía pensar, y eso era suficiente para intentar adaptarme.
Al mismo tiempo, observé lo que ocurría alrededor. Los otros también estaban siendo afectados. Uno de ellos había alcanzado la posición del enemigo, pero incluso así sus movimientos no eran completamente suyos. Aquello dejaba claro algo importante. No estábamos en igualdad de condiciones. Evalué la situación con rapidez. Enfrentarlo de frente en ese estado solo empeoraría las cosas. Sería un estorbo, un objetivo fácil, alguien más interfiriendo sin poder aportar nada útil.
Sin dejar de moverme al ritmo impuesto, cambié ligeramente mi trayectoria, desviándome de forma deliberada. Me alejé de la línea directa del enfrentamiento, desplazándome en diagonal hacia la izquierda, manteniendo la distancia suficiente para no entorpecer a quienes ya estaban combatiendo más cerca.
Mientras continuaba moviéndome, mantuve la vista fija entre mis armas caídas, esperando el momento en el que esa influencia desapareciera o encontrando alguna oportunidad para recuperar el control.
—El baile de los gorilas dice así. Las manos hacia arriba...—
No hubo tiempo para reaccionar. De un instante a otro, mi cuerpo dejó de responder a mi voluntad. Sentí cómo los músculos se movían por su cuenta, como si alguien más estuviera controlando cada acción. Mis brazos se elevaron sin que pudiera evitarlo, las palmas abiertas hacia arriba, en un gesto completamente ajeno a cualquier intención propia.
—¿Qué demonios…?—
La sensación era desconcertante. No era dolor, ni tampoco una parálisis. Era peor. Estaba consciente, completamente lúcido, pero incapaz de detener lo que mi propio cuerpo hacía. En el momento en que mis manos se abrieron, perdí el control sobre las armas. Ambas se deslizaron fuera de mis dedos y salieron despedidas hacia delante, golpeando el suelo con un sonido seco que resonó en la sala.
—Las manos hacia abajo...—
Mis brazos descendieron con brusquedad. Antes de que pudiera siquiera intentar resistirme, mis propias manos impactaron contra mi rostro, obligándome a cerrar los ojos por un instante. El golpe no fue lo peor. Lo peor era la impotencia. Intenté forzar el control, detener el movimiento, pero fue inútil. Cada orden que salía de aquella voz se imponía sobre cualquier intento de resistencia. Mis pies comenzaron a moverse al mismo ritmo, avanzando sin que yo lo decidiera, arrastrándome dentro de ese absurdo baile.
Apreté los dientes, intentando mantener la mente clara mientras mi cuerpo se desplazaba. La situación era evidente. Aquello no era algo físico convencional, era una habilidad que nos estaba afectando directamente, anulando nuestra capacidad de actuar con libertad.
Mientras me movía, fijé la mirada en el suelo, localizando rápidamente dónde habían caído mis armas. Ajusté ligeramente la dirección de mis pasos dentro de ese movimiento impuesto, intentando acercarme poco a poco a ellas. No podía detenerme, pero aún podía pensar, y eso era suficiente para intentar adaptarme.
Al mismo tiempo, observé lo que ocurría alrededor. Los otros también estaban siendo afectados. Uno de ellos había alcanzado la posición del enemigo, pero incluso así sus movimientos no eran completamente suyos. Aquello dejaba claro algo importante. No estábamos en igualdad de condiciones. Evalué la situación con rapidez. Enfrentarlo de frente en ese estado solo empeoraría las cosas. Sería un estorbo, un objetivo fácil, alguien más interfiriendo sin poder aportar nada útil.
Sin dejar de moverme al ritmo impuesto, cambié ligeramente mi trayectoria, desviándome de forma deliberada. Me alejé de la línea directa del enfrentamiento, desplazándome en diagonal hacia la izquierda, manteniendo la distancia suficiente para no entorpecer a quienes ya estaban combatiendo más cerca.
Mientras continuaba moviéndome, mantuve la vista fija entre mis armas caídas, esperando el momento en el que esa influencia desapareciera o encontrando alguna oportunidad para recuperar el control.
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