Aquel día no parecía traer nada particularmente interesante consigo. La rutina se arrastraba con una monotonía casi irritante, limitada a la presencia de algunas señoras de edad avanzada que entraban a la tienda en busca de ungüentos para los reumas y dolores musculares. No era precisamente la clientela que uno imaginaría para alguien como él… pero era lo que había.
El problema no era solo la demanda, sino el ambiente.
La tienda, con sus cabezas disecadas colgando en puntos estratégicos y los símbolos vudú grabados en madera oscura, generaba una sensación inquietante en cualquiera que no estuviera familiarizado con aquel mundo. Para muchos, aquello no era el consultorio de un médico… sino la guarida de un brujo. Y aunque, técnicamente, no estaban del todo equivocados, esa percepción afectaba directamente las ventas. No eran buenos tiempos. Y, por desgracia, mantener las convicciones rara vez pagaba las cuentas.
En ese contexto, Bones caminaba por la calle, masticando con calma una varilla de jabalí asado cubierta con especias intensas y bañada en una salsa de cebolla dulce que rozaba lo adictivo. Era una de esas comidas callejeras simples pero satisfactorias, el tipo de placer efímero que ayudaba a sobrellevar los pensamientos más incómodos, especialmente aquellos relacionados con la falta de dinero.
El sonido de sus pasos se mezclaba con el murmullo distante de la ciudad cuando, casi sin intención, sus ojos captaron un cartel pegado en uno de los muros de piedra. Lo miró apenas de reojo, sin detenerse, mientras daba otro bocado. Su mente, atrapada en cálculos, deudas y posibilidades fallidas, no procesó de inmediato lo que acababa de leer.
Pero algo hizo clic.
No pasaron más que un par de segundos antes de que su cuerpo reaccionara por sí solo. Bones se detuvo en seco. Luego, con una calma calculada, dio un paso atrás. Sus ojos regresaron al cartel, esta vez con atención plena, recorriendo cada palabra con una precisión casi quirúrgica.
Leyó una vez.
Y luego otra.
Solo para asegurarse de que no se trataba de una ilusión provocada por el cansancio o el hambre.
Al confirmar lo evidente, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Sin más, lanzó la varilla —ya limpia de carne— hacia un costado, deshaciéndose de ella con elegancia despreocupada. Su mano, casi por reflejo, subió a su barbilla, acariciándola lentamente mientras evaluaba la situación.
—Saravá, ¿eh?… interesante —murmuró para sí mismo, con un brillo particular en la mirada—. He pasado por ese lugar un par de veces, y si mi memoria no falla, siempre ha tenido un aire… peculiar. Supongo que daré un pequeño paseo; después de todo, cuando el dinero y la curiosidad se alinean, ignorarlos sería un desperdicio imperdonable, ewa.
Sin perder más tiempo, giró sobre sus talones y cambió de dirección, avanzando ahora con un propósito claro hacia el bar mencionado en el anuncio, el cual, afortunadamente, no se encontraba demasiado lejos.
Al llegar, el ambiente no tardó en hablar por sí solo.
Dentro de la taberna, un hombre de complexión ancha y musculosa ocupaba su lugar detrás de la barra. Durante unos breves segundos, en los que aún no había notado la presencia de Bones, su postura revelaba cansancio, casi desgaste. Sus ojos, entrecerrados, parecían luchar contra algo más que el sueño: preocupación, quizá… o miedo.
Pero en cuanto sus miradas se cruzaron, el cambio fue inmediato.
Como si activara un mecanismo automático, el hombre se enderezó y adoptó una actitud mucho más atenta, acercándose con rapidez para atenderlo. A pesar de su tamaño imponente —el tipo de físico que fácilmente podría derribar a un oso con un solo golpe— su actitud era sorprendentemente cordial.
Aunque lo que realmente captó la atención de Bones no fue eso.
—¿Viene por lo del anuncio?
La pregunta llegó demasiado rápido. Y antes siquiera de recibir respuesta, el tono del hombre cambió… casi suplicante.
Ahí fue cuando todo encajó.
Esto no era algo trivial.
—Tranquilo, buen hombre —respondió Bones con una calma elegante, tomando asiento con naturalidad—. Para su fortuna, he venido por ambas cosas. Pero antes… ¿sería tan amable de servirme una jarra de cerveza? El calor de ahí afuera exige cierto tipo de… compensación.
Mientras hablaba, una baraja apareció entre sus dedos como por arte de magia, girando con destreza entre ellos en un movimiento tan fluido como hipnótico. Un pequeño gesto, casi automático… pero inconfundiblemente suyo.
Cuando la jarra llegó, Bones tomó un sorbo breve, suficiente para humedecer la garganta, antes de apoyar el recipiente con suavidad sobre la mesa.
Sus ojos, afilados, se posaron nuevamente en el tabernero.
—Por esas ojeras… diría que esto va más allá de una simple molestia —comentó, inclinando levemente la cabeza—. Ahora bien, dígame… ¿qué clase de problema requiere la intervención de algo tan… específico como un brujo o un exorcista?
Escuchó con atención. Sin interrumpir. Sin juzgar.
Y cuando la historia llegó a su punto clave volvió a hablar…
—Ya veo… un fantasma que merodea cerca de su taberna… y ataca a la gente…
Repitió en voz baja, más para sí mismo que para el otro, dejando que las palabras tomaran forma en su mente.
Su interés creció.
No solo como hombre criado en tradiciones espirituales vudú, sino también como médico… alguien que entendía que incluso lo inexplicable seguía ciertos patrones.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos con calma.
—Dígame algo —continuó, su tono ahora más serio, más enfocado—. Cuando vio a ese espectro… ¿experimentó algo fuera de lo común? Frío repentino, susurros, una sensación de presión… cualquier detalle, por mínimo que parezca, podría ser relevante. No subestime nada.
Sus ojos no se apartaron del hombre.
Porque en ese momento, más allá del dinero… había algo más en juego.
Y eso…
Era mucho más interesante.
El problema no era solo la demanda, sino el ambiente.
La tienda, con sus cabezas disecadas colgando en puntos estratégicos y los símbolos vudú grabados en madera oscura, generaba una sensación inquietante en cualquiera que no estuviera familiarizado con aquel mundo. Para muchos, aquello no era el consultorio de un médico… sino la guarida de un brujo. Y aunque, técnicamente, no estaban del todo equivocados, esa percepción afectaba directamente las ventas. No eran buenos tiempos. Y, por desgracia, mantener las convicciones rara vez pagaba las cuentas.
En ese contexto, Bones caminaba por la calle, masticando con calma una varilla de jabalí asado cubierta con especias intensas y bañada en una salsa de cebolla dulce que rozaba lo adictivo. Era una de esas comidas callejeras simples pero satisfactorias, el tipo de placer efímero que ayudaba a sobrellevar los pensamientos más incómodos, especialmente aquellos relacionados con la falta de dinero.
El sonido de sus pasos se mezclaba con el murmullo distante de la ciudad cuando, casi sin intención, sus ojos captaron un cartel pegado en uno de los muros de piedra. Lo miró apenas de reojo, sin detenerse, mientras daba otro bocado. Su mente, atrapada en cálculos, deudas y posibilidades fallidas, no procesó de inmediato lo que acababa de leer.
Pero algo hizo clic.
No pasaron más que un par de segundos antes de que su cuerpo reaccionara por sí solo. Bones se detuvo en seco. Luego, con una calma calculada, dio un paso atrás. Sus ojos regresaron al cartel, esta vez con atención plena, recorriendo cada palabra con una precisión casi quirúrgica.
Leyó una vez.
Y luego otra.
Solo para asegurarse de que no se trataba de una ilusión provocada por el cansancio o el hambre.
Al confirmar lo evidente, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Sin más, lanzó la varilla —ya limpia de carne— hacia un costado, deshaciéndose de ella con elegancia despreocupada. Su mano, casi por reflejo, subió a su barbilla, acariciándola lentamente mientras evaluaba la situación.
Bones viendo el cartel del bar Saravá
—Saravá, ¿eh?… interesante —murmuró para sí mismo, con un brillo particular en la mirada—. He pasado por ese lugar un par de veces, y si mi memoria no falla, siempre ha tenido un aire… peculiar. Supongo que daré un pequeño paseo; después de todo, cuando el dinero y la curiosidad se alinean, ignorarlos sería un desperdicio imperdonable, ewa.
Sin perder más tiempo, giró sobre sus talones y cambió de dirección, avanzando ahora con un propósito claro hacia el bar mencionado en el anuncio, el cual, afortunadamente, no se encontraba demasiado lejos.
Al llegar, el ambiente no tardó en hablar por sí solo.
Dentro de la taberna, un hombre de complexión ancha y musculosa ocupaba su lugar detrás de la barra. Durante unos breves segundos, en los que aún no había notado la presencia de Bones, su postura revelaba cansancio, casi desgaste. Sus ojos, entrecerrados, parecían luchar contra algo más que el sueño: preocupación, quizá… o miedo.
Pero en cuanto sus miradas se cruzaron, el cambio fue inmediato.
Como si activara un mecanismo automático, el hombre se enderezó y adoptó una actitud mucho más atenta, acercándose con rapidez para atenderlo. A pesar de su tamaño imponente —el tipo de físico que fácilmente podría derribar a un oso con un solo golpe— su actitud era sorprendentemente cordial.
Aunque lo que realmente captó la atención de Bones no fue eso.
—¿Viene por lo del anuncio?
La pregunta llegó demasiado rápido. Y antes siquiera de recibir respuesta, el tono del hombre cambió… casi suplicante.
Ahí fue cuando todo encajó.
Esto no era algo trivial.
—Tranquilo, buen hombre —respondió Bones con una calma elegante, tomando asiento con naturalidad—. Para su fortuna, he venido por ambas cosas. Pero antes… ¿sería tan amable de servirme una jarra de cerveza? El calor de ahí afuera exige cierto tipo de… compensación.
Mientras hablaba, una baraja apareció entre sus dedos como por arte de magia, girando con destreza entre ellos en un movimiento tan fluido como hipnótico. Un pequeño gesto, casi automático… pero inconfundiblemente suyo.
Cuando la jarra llegó, Bones tomó un sorbo breve, suficiente para humedecer la garganta, antes de apoyar el recipiente con suavidad sobre la mesa.
Sus ojos, afilados, se posaron nuevamente en el tabernero.
—Por esas ojeras… diría que esto va más allá de una simple molestia —comentó, inclinando levemente la cabeza—. Ahora bien, dígame… ¿qué clase de problema requiere la intervención de algo tan… específico como un brujo o un exorcista?
Escuchó con atención. Sin interrumpir. Sin juzgar.
Y cuando la historia llegó a su punto clave volvió a hablar…
—Ya veo… un fantasma que merodea cerca de su taberna… y ataca a la gente…
Repitió en voz baja, más para sí mismo que para el otro, dejando que las palabras tomaran forma en su mente.
Su interés creció.
No solo como hombre criado en tradiciones espirituales vudú, sino también como médico… alguien que entendía que incluso lo inexplicable seguía ciertos patrones.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos con calma.
—Dígame algo —continuó, su tono ahora más serio, más enfocado—. Cuando vio a ese espectro… ¿experimentó algo fuera de lo común? Frío repentino, susurros, una sensación de presión… cualquier detalle, por mínimo que parezca, podría ser relevante. No subestime nada.
Sus ojos no se apartaron del hombre.
Porque en ese momento, más allá del dinero… había algo más en juego.
Y eso…
Era mucho más interesante.
Off-Rol
