29-03-2026, 08:21 AM
La tormenta arreciaba en la pequeña ciudad costera de Baquella, lo más parecido a una capital que se podía encontrar en la pequeña y modesta isla de Baterilla. El viento frío, proveniente del sur, galopaba desbocado por las calles de la ciudad, azotando a los desprevenidos. La violenta ráfaga tumbaba todo lo que no estuviera firmemente sujeto al suelo, como los carteles de tiendas y bares, o los accesorios de algunos turistas distraídos. De aquellos se han conseguido muchos últimamente.
El peso del agua replicaba en la piedra, una y otra vez, formando un murmullo permanente en el aire. Nubes negras encapotaban el cielo y los relámpagos iluminaban por momentos, brevísimos instantes, facciones de viejos conocidos. O no tan viejos. El tiempo se comportaba extraño en ocasiones, haciéndote creer que años transcurrieron en el espacio de unos meses. Sucedía cuando esos meses trajeron consigo tantos cambios que resultaba hasta difícil de creer.
—¿Qué es un poco de agua? Piensa que podría haberte caído un rayo encima si seguíamos en esa playa. —Llevó la mano derecha a la frente y se echó el cabello hacia atrás—. O peor: podrías no estar conmigo en este momento.
Un guiño, una sonrisa y se acercó a la reja que cubría la fachada del local. Allí abajo estaban a salvo de las inclemencias del clima, sí, y, al mismo tiempo, atrapados por su capricho. Salir implicaba volver a mojarse.
Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer, lentamente, hasta llegar al suelo.
—Parece que estaremos por aquí un rato. —Sacudió la cabeza y roció de agua a su alrededor. Agua que hasta entonces había estado goteando de sus largos cabellos blancos—. Ponte cómoda, en breves debería llegar el mayordomo con la bebida y unas aceitunas para picar algo… ¿Te gustan las aceitunas?
Extendió un grueso mechón de cabello a un costado y, de forma similar a como Miyori había estrujado su vestido, Enji lo hizo con su pelo, lo que produjo la caída de un último remanente de agua. Después extendió las piernas, se llevó ambas manos a la nuca y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la reja.
¿Por qué un marine? ¿Por qué no un pirata? Su actitud, la mayor parte del tiempo, coincidía con los ideales anárquicos de la piratería. El hacer lo que quieras, cuando quieras, porque quieras. ¿Qué lo llevó a enlistarse?
—Supongo… que fue la paga. —Se llevó la mano al mentón, meditabundo. Después de unos segundos arrugó el ceño y chistó la lengua—. No. ¿Qué carajos digo? La paga es una mierda —admitió, exasperado—. Podría ganar más y mejor dinero trabajando en este cochambroso muelle.
Podría, por supuesto. Tenía la fuerza necesaria para ser útil en muchos de los exigentes trabajos que una ciudad portuaria podría ofrecerle. Y sabía que, así fuera a fuerza de obstinación, acabaría consiguiendo un trabajo donde la paga fuera decente.
Lamentablemente, tenía planes en mente que le impedían conseguir algo tan irreal y fantasioso como un trabajo normal en una isla pacífica como Baterilla.
—Tengo unos objetivos muy concretos. Unas ambiciones —confesó. Era la primera vez que hablaba abiertamente de ello—, que son muy difíciles de conseguir. La marina es el único lugar donde tengo una oportunidad real de conseguirlo. Digamos que… —echó un vistazo al estuche que había dejado en el suelo, donde el agua no lo alcanzaría—. Aspiro a ser músico y la marina es el instrumento perfecto.
Dejó salir un suspiro y después sonrió.
—Claro que ayudar a la gente y todo eso también está bien. –Se encogió de hombros—. Una viejita me regaló un pan casero ayer. Eso es un bono bastante digno.
El peso del agua replicaba en la piedra, una y otra vez, formando un murmullo permanente en el aire. Nubes negras encapotaban el cielo y los relámpagos iluminaban por momentos, brevísimos instantes, facciones de viejos conocidos. O no tan viejos. El tiempo se comportaba extraño en ocasiones, haciéndote creer que años transcurrieron en el espacio de unos meses. Sucedía cuando esos meses trajeron consigo tantos cambios que resultaba hasta difícil de creer.
—¿Qué es un poco de agua? Piensa que podría haberte caído un rayo encima si seguíamos en esa playa. —Llevó la mano derecha a la frente y se echó el cabello hacia atrás—. O peor: podrías no estar conmigo en este momento.
Un guiño, una sonrisa y se acercó a la reja que cubría la fachada del local. Allí abajo estaban a salvo de las inclemencias del clima, sí, y, al mismo tiempo, atrapados por su capricho. Salir implicaba volver a mojarse.
Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer, lentamente, hasta llegar al suelo.
—Parece que estaremos por aquí un rato. —Sacudió la cabeza y roció de agua a su alrededor. Agua que hasta entonces había estado goteando de sus largos cabellos blancos—. Ponte cómoda, en breves debería llegar el mayordomo con la bebida y unas aceitunas para picar algo… ¿Te gustan las aceitunas?
Extendió un grueso mechón de cabello a un costado y, de forma similar a como Miyori había estrujado su vestido, Enji lo hizo con su pelo, lo que produjo la caída de un último remanente de agua. Después extendió las piernas, se llevó ambas manos a la nuca y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la reja.
¿Por qué un marine? ¿Por qué no un pirata? Su actitud, la mayor parte del tiempo, coincidía con los ideales anárquicos de la piratería. El hacer lo que quieras, cuando quieras, porque quieras. ¿Qué lo llevó a enlistarse?
—Supongo… que fue la paga. —Se llevó la mano al mentón, meditabundo. Después de unos segundos arrugó el ceño y chistó la lengua—. No. ¿Qué carajos digo? La paga es una mierda —admitió, exasperado—. Podría ganar más y mejor dinero trabajando en este cochambroso muelle.
Podría, por supuesto. Tenía la fuerza necesaria para ser útil en muchos de los exigentes trabajos que una ciudad portuaria podría ofrecerle. Y sabía que, así fuera a fuerza de obstinación, acabaría consiguiendo un trabajo donde la paga fuera decente.
Lamentablemente, tenía planes en mente que le impedían conseguir algo tan irreal y fantasioso como un trabajo normal en una isla pacífica como Baterilla.
—Tengo unos objetivos muy concretos. Unas ambiciones —confesó. Era la primera vez que hablaba abiertamente de ello—, que son muy difíciles de conseguir. La marina es el único lugar donde tengo una oportunidad real de conseguirlo. Digamos que… —echó un vistazo al estuche que había dejado en el suelo, donde el agua no lo alcanzaría—. Aspiro a ser músico y la marina es el instrumento perfecto.
Dejó salir un suspiro y después sonrió.
—Claro que ayudar a la gente y todo eso también está bien. –Se encogió de hombros—. Una viejita me regaló un pan casero ayer. Eso es un bono bastante digno.

