31-03-2026, 09:26 PM
Los soldados empezaron a perder el férreo orden impuesto, corriendo de un lado para otro en un intento desesperado y contraproducente por reorganizarse, mas sin una estructura clara. Las balas silbaron por el pútrido aire y dejaron un rastro visible detrás de sí, se sucedieron los golpes, los gritos, los huesos rotos, el rechinar de dientes; el humo infestó cada rincón, todo se plegó bajo la pólvora y el azufre. Aquella suerte de vertedero, repleto de residuos químicos y de todos los tipos imaginables, se había convertido en un campo de batalla inesperado, en el que las glorias y las miserias humanas salían a relucir. Volaban los pedazos de basura aquí y allá, a medida que nuevas torres de basura se desmoronaban como enormes castillos que colapsaban en cuestión de un instante, salpicando y dejando caer nuevos pedazos mientras se desintegraban y desparramaban. El sudor, los químicos, la sangre, lo podrido: todo se unía en un horrible mejunje que, sin embargo, se convertía en la nada primordial de la que ascenderían aquellos llamados a abanderar la gloria de una nueva generación.
Al cabo de unos instantes, todo se calmó, quedando casi en completo silencio, a excepción de los pedazos de basura que ardían o caían al suelo desde lo alto. El aire aún era casi irrespirable, colmado de polvo que flotaba en el ambiente, pero el movimiento era mínimo. Los soldados, cuyos trajes protectores habían, en su mayoría, reventado, se encontraban tan desperdigados por el suelo como las mismas torres de basura que habían ido colapsando, desangrados, rotos, inconscientes o muertos, en el cementerio más miserable imaginable. La sangre se filtraba por el enorme montículo de basura, fluyendo por sus recovecos y regando lo que fuese que se encontrase bajo todos aquellos desperdicios. Ante todo, y de una manera irónica, aquella sangre regaba esperanza, una esperanza que nacía, como suele ser el caso, del lugar más insospechado.
Muchos de los soldados desparramados por el lugar disponían de llaves, colgadas de sus cuellos, que seguramente les permitirían, por fin, abrir aquella dichosa puerta y salir al exterior, donde, con un poco de suerte, les esperaría aire fresco o, al menos, más respirable que el de aquel condenado vertedero.
Fuera de la sala se extendía un largo pasillo, estrecho, de sobrias baldosas verdes de aspecto sintético y austeridad militar. Las paredes eran de un hormigón armado de aspecto impenetrable, del tipo de material que no dejaría pasar absolutamente ningún tipo de sonido normal. En el techo había algunas sirenas, que, si bien no producían sonido alguno, llenaban el lugar de una inquietante luz roja que lo bañaba todo. Hacía calor. Se sentía el peso del mundo sobre aquel lugar, cerrado a cal y canto, en el que incluso el vertedero en que habían despertado parecía cerrado con la máxima seguridad. La infraestructura de todo el lugar era simple, pero de una solidez y una mesura implacables. No lejos de la puerta del vertedero, otra puerta acorazada era visible, y alguien la había dejado abierta, con un pequeño letrero: "CONTROL". La sala en sí no era de gran tamaño; mucho menor, desde luego, que el propio vertedero. La sala olía a tabaco y a circuitos quemados. En los lados había cajetines de metal, eléctricos. Al fondo, frente a una desvencijada silla de oficina, había una suerte de panel con seis pantallas. Cada pantalla ofrecía una visión completa de un lugar distinto, cada uno con una suerte de combate transcurriendo, quién sabe si a tiempo real. Bajo cada pantalla había una serie de mecanismos, todos distintos entre sí.
Una ronda terminaba, y una comenzaba. El destino repartía una nueva mano, a la espera de las jugadas por venir. Aquel grupo de supervivientes, que se alzaban desde el abismo al que habían sido arrojados, descartados como pedazos de basura, podía ser la clave para desentrañar lo que fuera que estuviese ocurriendo en aquel lugar.
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