[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 1)
#23
[personajeinvalido=3367]

Allí tirado sobre la mugre, confirmé que no existe glamour en la vida, tan sucia como la propia muerte. Ríos de sangre coronaron el vertedero, mientras los últimos gritos se extinguían en una cacofonía de lamentos. No me moví. El corazón en la garganta. Aquella imagen grotesca permanecería para siempre grabada en mi retina.

Me incorporé como pude tan pronto el caos cesó. Había dejado tras de sí un paisaje dantesco que no me atreví a mirar demasiado. El terror que había experimentado daba paso a una rabia gélida, tan presente como el peso de la llave contra mi pecho. Avancé a trompicones hacia Hae-won y tiré de su brazo como pude.

—Vamos —gruñí, mientras enfundaba la pistola.

Ignoré las punzadas que me martilleaban el cráneo. Mi vista, más nublada de lo que habría deseado, apenas me permitía ver más allá del camino que trazaban nuestras botas. Recuerdo cada maldito paso: las suelas impregnadas de sangre, el brazo amputado de un cuerpo que exhalaba su último aliento y la mirada sin vida de un sinfín de rostros demudados por el horror. Me agaché ante uno de ellos, para arrancarle la llave del cuello aún a costa de otro ataque de tos. Aquel gesto fue una reminiscencia del pasado. Una pequeña venganza o burla, como la cometida el día que le arrebaté a Pulmones Negros la llave que ahora pendía sobre mi cuello.

—¡Bingo! Oigan, ¡ustedes! ¡Ayúdenme a levantar a mi caballo! ¡Necesito sacarlo de este lugar! —escuché gritar al rubio, que estaba a escasa distancia de nuestra posición.

Lo sencillo habría sido mentir. Decir que no tenía ni idea de cómo curar un caballo (lo cual sí habría sido cierto) e instarlo a dejar al animal. En su lugar, me encontré revisando mi mochila en busca del dichoso botiquín y, entre toses, le pasé el ácido tranexámico para las hemorragias.

—Esto tendrá que valerte. Iré a buscar ayuda.

El corazón redoblando latidos y el sudor perlando la frente. Ni siquiera estaba seguro de por qué lo ayudaba. Creo que fue instinto. Algo en él me recordó a mi propia desesperación. El problema es que mi salud tampoco me permitía la fuerza o capacidad para lidiar con el pesado animal. Volví a tirar de Hae-won hacia el exterior, consciente de que acababa de cederle mi único salvavidas a un maldito caballo y que si permanecía allí más tiempo, acabaría por desfallecer.

Una bocanada de oxígeno nos recibió en el pasillo. Me habría encantado decir que se trataba de aire fresco, pero el hedor a tabaco me contrajo los pulmones en un nuevo ataque de tos. Me doblé sobre mí mismo. Solté a Hae-won para apoyar sendas manos en las rodillas hasta estabilizarme.

—¡VENGAN TODOS! ¡LOS HE ENCONTRADO! ¡A NUESTROS AMIGOS! ¡CIERTAMENTE!

Metí la mano en el bolsillo de mi mochila para llevarme un puñado de menta a la boca. Clavé la vista al frente. El pasillo que se habría ante nosotros estaba repleto de alarmas que teñían todo del mismo rojo que había bañado el vertedero. La simple idea me contrajo el corazón. Distábamos mucho de estar a salvo.

Lejos de seguir de inmediato la voz de la muchacha, fijé la vista al fondo del corredor. Me pregunté si los soldados que habíamos dejado atrás eran todos los que quedaban o si, por el contrario, habría más acudiendo a nuestro encuentro. Traté de divisar cuán profundo era o si habría alguna otra puerta.

«¿Cómo demonios vamos a salir de aquí? —apreté la mandíbula—. Encima con un maldito caballo herido».

Para cuándo entré a la sala y vi los panales, tanto Masato como la pelirrosa estaban toqueteando los botones.

Abrí los ojos con horror.

—¡¿Pero se puede saber qué hacéis?! —Jugar a ciegas con aquellos mecanismos me parecía la peor de las ideas—. Podríais…
«… empeorar la situación» estaba a punto de decir, justo cuando el nivel del agua descendió de golpe en el habitáculo en el que se encontraban dos de mis compañeros. El alivio escapó en forma de suspiro.

No me permití estar quieto. Paseé por la estancia analizando cada rincón en ella: abrí armarios, revisé las palancas de las pantallas e incluso las manchas sobre el escritorio. La ceniza estaba fresca. Había signos de que alguien hubiera estado trabajando en él hasta hacía demasiado poco.

Tragué saliva al comprobar que los enemigos de cada pantalla portaban el uniforme de la Marina. El recuerdo de las instrucciones del comandante, que nos había instado a lucir nuestra ropa con orgullo hasta el final, me ardió en el estómago. Me negaba a seguir ese juego. Arranqué de un tirón el estúpido lazo del uniforme.

«¿Cuál es el sentido de todo esto?» pensé.

—Escuchad, alguien podría regresar en cualquier momento y tu compañero, Yuuki, sigue tratando de levantar al caballo. Le he dejado el botiquín, pero no sé si será suficiente. Si queremos salir de aquí con vida y salvar a nuestros compañeros, no servirá con quedarnos pulsando botones. —Me deshice de la camisa del uniforme, quedando tan solo con la interior de tirantas, y me agaché junto a uno de los cajetines eléctricos—. Registrad todo. Buscad un mapa, un código, lo que sea.

Porque cuántos más botones pulsaramos, más sencillo resultaría que alguien intuyera que estábamos aquí. Y eso, no sería bueno.

—¿Qué hacéis los de control?

Casi como una burla a mis propios pensamientos, la voz metálica emitida en la pantalla me erizó la piel. Quité la tapa al primer cajetín para evaluar el circuito eléctrico. Notaba el sudor pegajoso perlarme la piel.

—Masato, ¿cómo están tus heridas? —No la miré. Trataba de averiguar si aquel circuito conectaba con las alarmas o con el panel de control—. Yuuki, entiendo perfectamente por qué detestas a los Marines y voy a ignorar deliberadamente el nombre que has pronunciado hace un rato, pero te pido por favor que nos olvidemos de bandos. Necesitamos una estrategia como equipo. Acepto sugerencias.

Era consciente de lo acelerado que sonaba; de lo asfixiado de mi propia respiración que trataba aún de regularse. La menta había ayudado, pero la ansiedad lo complicaba todo. Tenía que salir de allí. Mis golpes de suerte no serían infinitos. No aparté la atención del mecanismo, de las reacciones que cada botón pulsado provocaba y todo lo relativo a la caja eléctrica que tenía delante.

—Hae-won, ¿cómo va la sala de Nyra? 

Disclaimer
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 530 + 0 = 530
Energia: 371 + 8 = 379
Espiritu: 240 + 0 = 240


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 1) - por Dimitri St. George - 02-04-2026, 09:23 PM

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