03-04-2026, 09:52 AM
Dentro de aquellas extrañas peticiones y actitudes algo demandantes del médico brujo se escondía algo más que simples exigencias superficiales: había una intención más profunda, casi meticulosa, de poder saber quién era realmente un socio noble con el cual podría hacer tratos sin reservas. Era, después de todo, la forma habitual de hacer negocios en un lugar en donde, en la más mínima oportunidad, muchos se aprovechaban de la nobleza de los extraños y de la palabra de caballeros que, en otros sitios, aún conservaba cierto peso.
Bones simplemente quería saber, con una cautela que rozaba la experiencia, si podría tener en Hyakinthos a una persona que llegara a considerar un cliente frecuente, alguien constante, siempre y cuando este no se alterara por la naturaleza exigente de sus peticiones.
El médico brujo, al escuchar a su colega devolverle el favor de las advertencias acerca de aquellos tratos potencialmente peligrosos, permitió finalmente que se asomara una sonrisa más amplia en sus labios morenos. No era una sonrisa cualquiera, sino una que denotaba cierta aprobación contenida. Mientras tanto, observaba con detenimiento aquella máscara de amabilidad y cercanía que el otro médico anteponía con tanta habilidad para suavizar lo que, en esencia, no dejaba de ser una amenaza velada.
Ciertamente, era alguien que podía entender lo que realmente decían sus palabras más allá de lo evidente, así como él mismo lo hacía con suma atención cuando escuchaba aquella voz suave pero innegablemente amenazante: la voz de un hombre que sabía perfectamente cómo hacer amenazas sutiles sin la necesidad, siquiera, de alzar el tono.
Bones, por su parte, levantó las manos como lo haría alguien que estuviera siendo amenazado con un revólver, en un gesto teatral pero controlado, terminando por extenderle una sonrisa honestamente amistosa. En ella se percibía con claridad que era un hombre que denotaba un profesionalismo firme, algo que no solo se intuía, sino que se hacía evidente en cada una de sus palabras cuidadosamente elegidas.
—En el trágico caso de cualquier negligencia, no pondría ningún obstáculo para que me abriera el estómago cual rana a la que van a diseccionar —dice con una confianza absoluta en sus propios productos—.
Aquella seguridad no era gratuita, sino que venía respaldada por su conocimiento. A esto se sumaba el hecho de que claramente él mismo no permitiría que un colega conocedor de venenos, calmantes y tónicos paralizantes se sintiera insatisfecho con alguno de sus productos. No era solo una cuestión de negocio: era el honor de su nombre como médico brujo el que estaba en juego con cada medicina, cada sedante y cada veneno que sintetizaba con suma experticia. Su agudo sentido del olfato le otorgaba, además, una ventaja notable frente a cualquiera de aquellos médicos de dudosa reputación que se encontraban en esos barrios olvidados.
—Eso es lo que pienso también yo —respondió Bones, con naturalidad, mientras hacía aparecer mágicamente, casi como un truco ensayado mil veces, una carta entre su dedo anular e índice de la mano derecha.
La carta comenzó a girar entre sus dedos con una fluidez hipnótica, pasando de uno a otro con suma habilidad, propia de alguien que había perfeccionado esa destreza con el tiempo. Parecía casi como si las cartas bailaran al ritmo de los movimientos rápidos y precisos de sus manos, creando un espectáculo sutil pero llamativo.
—Pues no esperaba menos. Sería una desgracia perder la confianza de un colega como lo es usted —añadió con tono medido.
—. Vale decir que no toda la gente que viene a mi establecimiento parece tan interesada en las pociones como lo haría un conocedor de la medicina; diría, más bien, que su único interés radica en su funcionalidad inmediata, aunque claramente con esto no digo que aquello no sea importante.
Dice esto mientras deja escapar una leve risa, breve pero sincera, al verlo acercar la nariz a aquel frasco de menta, aspirando su aroma con curiosidad.
—Pero, de vez en cuando, es bueno conocer colegas que puedan apreciar el trabajo de un humilde médico brujo —añadió finalmente, con una impostada humildad que, lejos de ser creíble, apuntaba más bien a un breve chiste cargado de un matiz sarcástico.
De manera casi repentina, centró su atención en la información que el hombre de cabellos rosáceos le ofrecía, escuchando con detenimiento. No tardó en notar que muchos de los “pacientes” con los que este debía lidiar oscilaban entre los 15 y 25 años: un grupo joven, de madurez temprana, pero físicamente resistente.
Los cuerpos jóvenes, bien lo sabía, tendían a presentar mayor resistencia a los sedantes debido a su metabolismo acelerado. Sin embargo, aquello no representaba un problema insalvable. Siempre existían soluciones: bastaría con una visita a la selva de Anozama, donde podría recolectar algunas raíces ideales para ese tipo de fisiología, permitiendo preparar compuestos más potentes capaces de subyugar incluso a los organismos más resistentes.
Bones tomó la tarjeta con interés, sin perder su aire despreocupado, paseándola entre sus dedos con la misma destreza que demostraba con sus cartas. Sus ojos recorrieron el nombre escrito en ella con calma antes de elevar la mirada y sostener el contacto visual con su interlocutor durante unos segundos que parecieron medir más que solo palabras.
—Prefiero que las conversaciones sean cara a cara. Ya he tenido problemas con algún que otro marine que tiene por costumbre intervenir llamadas privadas —dice antes de encogerse de hombros con aparente ligereza—. Ya sabe, no es algo personal, pero en este rubro no se puede ser demasiado confiado.
Lo dice con la naturalidad de quien habla desde la experiencia, como si cada palabra estuviera respaldada por vivencias acumuladas en las calles.
Una vez que todo parecía indicar que el trato se había cerrado de manera satisfactoria, Bones se levantó de su escritorio con calma medida, extendiendo la mano para estrechar la ajena y sellar aquel acuerdo con el peso simbólico de su palabra de honor.
—Pierda cuidado, que yo me tomo muy en serio mi trabajo y me esforzaré al máximo para que se sienta satisfecho con mis productos —afirmó con firmeza.
Acto seguido, señaló brevemente el frasco de esencia de menta con un leve movimiento de mentón.
—Y no se preocupe, ese frasco va por cuenta de la casa; tengo otros más en las bodegas, así que no será ninguna pérdida.
Finalmente, asintió en un gesto de despedida cordial, cerrando el intercambio con una elegancia discreta.
—Fue un placer hacer negocios con usted, colega. Espero que no sea la última vez.
Dijo esto justo antes de que el pelirrosado cruzara la puerta. Sus ojos siguieron la silueta del hombre mientras esta se desvanecía lentamente en la oscuridad de la noche, como si fuera absorbida por ella. Poco después, la puerta se cerró mágicamente detrás de él, dejando aquel acuerdo suspendido en el aire, latente, a flor de piel, como una promesa silenciosa de un futuro encuentro.
Bones simplemente quería saber, con una cautela que rozaba la experiencia, si podría tener en Hyakinthos a una persona que llegara a considerar un cliente frecuente, alguien constante, siempre y cuando este no se alterara por la naturaleza exigente de sus peticiones.
El médico brujo, al escuchar a su colega devolverle el favor de las advertencias acerca de aquellos tratos potencialmente peligrosos, permitió finalmente que se asomara una sonrisa más amplia en sus labios morenos. No era una sonrisa cualquiera, sino una que denotaba cierta aprobación contenida. Mientras tanto, observaba con detenimiento aquella máscara de amabilidad y cercanía que el otro médico anteponía con tanta habilidad para suavizar lo que, en esencia, no dejaba de ser una amenaza velada.
Ciertamente, era alguien que podía entender lo que realmente decían sus palabras más allá de lo evidente, así como él mismo lo hacía con suma atención cuando escuchaba aquella voz suave pero innegablemente amenazante: la voz de un hombre que sabía perfectamente cómo hacer amenazas sutiles sin la necesidad, siquiera, de alzar el tono.
Bones, por su parte, levantó las manos como lo haría alguien que estuviera siendo amenazado con un revólver, en un gesto teatral pero controlado, terminando por extenderle una sonrisa honestamente amistosa. En ella se percibía con claridad que era un hombre que denotaba un profesionalismo firme, algo que no solo se intuía, sino que se hacía evidente en cada una de sus palabras cuidadosamente elegidas.
—En el trágico caso de cualquier negligencia, no pondría ningún obstáculo para que me abriera el estómago cual rana a la que van a diseccionar —dice con una confianza absoluta en sus propios productos—.
Aquella seguridad no era gratuita, sino que venía respaldada por su conocimiento. A esto se sumaba el hecho de que claramente él mismo no permitiría que un colega conocedor de venenos, calmantes y tónicos paralizantes se sintiera insatisfecho con alguno de sus productos. No era solo una cuestión de negocio: era el honor de su nombre como médico brujo el que estaba en juego con cada medicina, cada sedante y cada veneno que sintetizaba con suma experticia. Su agudo sentido del olfato le otorgaba, además, una ventaja notable frente a cualquiera de aquellos médicos de dudosa reputación que se encontraban en esos barrios olvidados.
—Eso es lo que pienso también yo —respondió Bones, con naturalidad, mientras hacía aparecer mágicamente, casi como un truco ensayado mil veces, una carta entre su dedo anular e índice de la mano derecha.
La carta comenzó a girar entre sus dedos con una fluidez hipnótica, pasando de uno a otro con suma habilidad, propia de alguien que había perfeccionado esa destreza con el tiempo. Parecía casi como si las cartas bailaran al ritmo de los movimientos rápidos y precisos de sus manos, creando un espectáculo sutil pero llamativo.
—Pues no esperaba menos. Sería una desgracia perder la confianza de un colega como lo es usted —añadió con tono medido.
—. Vale decir que no toda la gente que viene a mi establecimiento parece tan interesada en las pociones como lo haría un conocedor de la medicina; diría, más bien, que su único interés radica en su funcionalidad inmediata, aunque claramente con esto no digo que aquello no sea importante.
Dice esto mientras deja escapar una leve risa, breve pero sincera, al verlo acercar la nariz a aquel frasco de menta, aspirando su aroma con curiosidad.
—Pero, de vez en cuando, es bueno conocer colegas que puedan apreciar el trabajo de un humilde médico brujo —añadió finalmente, con una impostada humildad que, lejos de ser creíble, apuntaba más bien a un breve chiste cargado de un matiz sarcástico.
De manera casi repentina, centró su atención en la información que el hombre de cabellos rosáceos le ofrecía, escuchando con detenimiento. No tardó en notar que muchos de los “pacientes” con los que este debía lidiar oscilaban entre los 15 y 25 años: un grupo joven, de madurez temprana, pero físicamente resistente.
Los cuerpos jóvenes, bien lo sabía, tendían a presentar mayor resistencia a los sedantes debido a su metabolismo acelerado. Sin embargo, aquello no representaba un problema insalvable. Siempre existían soluciones: bastaría con una visita a la selva de Anozama, donde podría recolectar algunas raíces ideales para ese tipo de fisiología, permitiendo preparar compuestos más potentes capaces de subyugar incluso a los organismos más resistentes.
Bones tomó la tarjeta con interés, sin perder su aire despreocupado, paseándola entre sus dedos con la misma destreza que demostraba con sus cartas. Sus ojos recorrieron el nombre escrito en ella con calma antes de elevar la mirada y sostener el contacto visual con su interlocutor durante unos segundos que parecieron medir más que solo palabras.
—Prefiero que las conversaciones sean cara a cara. Ya he tenido problemas con algún que otro marine que tiene por costumbre intervenir llamadas privadas —dice antes de encogerse de hombros con aparente ligereza—. Ya sabe, no es algo personal, pero en este rubro no se puede ser demasiado confiado.
Lo dice con la naturalidad de quien habla desde la experiencia, como si cada palabra estuviera respaldada por vivencias acumuladas en las calles.
Una vez que todo parecía indicar que el trato se había cerrado de manera satisfactoria, Bones se levantó de su escritorio con calma medida, extendiendo la mano para estrechar la ajena y sellar aquel acuerdo con el peso simbólico de su palabra de honor.
—Pierda cuidado, que yo me tomo muy en serio mi trabajo y me esforzaré al máximo para que se sienta satisfecho con mis productos —afirmó con firmeza.
Acto seguido, señaló brevemente el frasco de esencia de menta con un leve movimiento de mentón.
—Y no se preocupe, ese frasco va por cuenta de la casa; tengo otros más en las bodegas, así que no será ninguna pérdida.
Finalmente, asintió en un gesto de despedida cordial, cerrando el intercambio con una elegancia discreta.
—Fue un placer hacer negocios con usted, colega. Espero que no sea la última vez.
Dijo esto justo antes de que el pelirrosado cruzara la puerta. Sus ojos siguieron la silueta del hombre mientras esta se desvanecía lentamente en la oscuridad de la noche, como si fuera absorbida por ella. Poco después, la puerta se cerró mágicamente detrás de él, dejando aquel acuerdo suspendido en el aire, latente, a flor de piel, como una promesa silenciosa de un futuro encuentro.
