03-04-2026, 10:25 AM
El viento helado de Drum le traía a Kibai buenos recuerdos.
El mink se encontraba encaramado a uno de los edificios más altos del lugar dónde la División 60 se había acuertelado para pasar la noche, apoyado sobre las losas de piedra que curían el tejado, observando toda la zona como un ave de presa. No era que no se fiara de queestuviesen a salvo, pero su instinto le pedía a gritos comprobar la zona, al menos una vez más. Y con la ayuda del medio centenar de avispas que le acompañaba, las cuales por cierto y para su tranquilidad habían resultado ser bastante resistentes al frío de la isla, Kibai había podido establecer un perímetro bastante decente de seguridad.
Uno de los insectos regresó con él, comunicándole que Stroud y el resto se dirigían a una de las tabernas locales. Con una sonrisa, el mink recorrió las estrechas callejuelas con la mirada, estrechando las pupilas para penetrar en la oscuridad de la noche, hasta localizar el abrigo blanco y la cabellera rubia de Stroud, que desaparecían en uno de los establecimientos, a unos doscientos metros de su posición. Tras calcular rapidamente la altura a la que estaba y la mejor trayectoria para descender, Kibai se decidió por un aterrizaje por estilo y, con un salto que arañó las losas de pizarra arrancando una lluvia de chispas, se lazó al vacío, realizando una elegante pirueta antes de aterrizar sobre los adoquines que empedraban las calles de la villa, absorbiendo el impacto a través de las plantas de los pies. Sacudiendo los restos de nieve de sus hombros, se dirigió hacia la taberna, coordinando a veinticinco de las avispas para que se ocultaran en su pelaje, mientras que otras veinticinco se posaban a intervalos sobre el tejado del establecimiento, listas para acceder al mismo si algo malo ocurría fuera.
La taberna era tan bulliciosa y ajetreada como cabría esperar, aunque ni por asomo tan destartalada como alguno de los cuchitriles que Kibai recordaba haber visitado en Samba. Estaba bastante bien cuidada, y desde luego era un buen sitio dónde guarecerse, con un amplio salón central y varias celdillas anexas provistas de mesas de madera oscura y gasrada por los años.
Los ojos del mink no tardaron en localizar a Sttroud, que en ese momento se encontraba con la pipa en la boca, que se encontraba en una delas mesas de la zona central, ya sin el abrigo ni la bufanda, con una jarra de liquido amarillo en las manos. A Kibai casi le salió una carcjada mientras se dirigía hacia la barra.
— Buenas noches, una jarra de leche, por favor.
La mirada que le dirigió el camarero ya hizo valer la pena el hecho de haber entrado en el local. ecorriendo de arriba a abajo al mink, como evaluando si trtaba de gastarle una broma, acabó recogiendo un vaso para secarlo con el trapo que llevaba a la cintura.
— No sé si tenemos leche, marine
Kibai amplió la sonrisa en su rostro.
— Puede comprobarlo, no tengo prisa.
El hombre chasqueó los dedos a un chiquillo que entraba ysalía constantemente de la bodega, indicándole que se acercase. Tras susurrarle al oído (y que el chaval repitiese la misma mirada incrédula hacia Kibai) desapareció por una puerta lateral. Tras unos minutos volió con una jarra de madera aún humeante del frío exterior. Depositándole con sordo zunc encima de la barra, el dueño la alargó hacia el mink.
— Doscientos berries.
Tras dejar las monedas sobre la barra, Kibai dio un pequeño trago a la jarra (que era para su sorpresa de leche de cabra, no de vaca) hizo un gesto de agradecimiento antes de dirigirse hacia la mesa de Stroud. Antes de llegar, aflojó el cinturón que sujetaba la vaina de Raimei, agarrando a esta por el tercio superior de la vaina para apoyarla contra el borde de la mesa, enfocando sus ojos en Stroud.
— Oficial, puedo sentarme?
El mink se encontraba encaramado a uno de los edificios más altos del lugar dónde la División 60 se había acuertelado para pasar la noche, apoyado sobre las losas de piedra que curían el tejado, observando toda la zona como un ave de presa. No era que no se fiara de queestuviesen a salvo, pero su instinto le pedía a gritos comprobar la zona, al menos una vez más. Y con la ayuda del medio centenar de avispas que le acompañaba, las cuales por cierto y para su tranquilidad habían resultado ser bastante resistentes al frío de la isla, Kibai había podido establecer un perímetro bastante decente de seguridad.
Uno de los insectos regresó con él, comunicándole que Stroud y el resto se dirigían a una de las tabernas locales. Con una sonrisa, el mink recorrió las estrechas callejuelas con la mirada, estrechando las pupilas para penetrar en la oscuridad de la noche, hasta localizar el abrigo blanco y la cabellera rubia de Stroud, que desaparecían en uno de los establecimientos, a unos doscientos metros de su posición. Tras calcular rapidamente la altura a la que estaba y la mejor trayectoria para descender, Kibai se decidió por un aterrizaje por estilo y, con un salto que arañó las losas de pizarra arrancando una lluvia de chispas, se lazó al vacío, realizando una elegante pirueta antes de aterrizar sobre los adoquines que empedraban las calles de la villa, absorbiendo el impacto a través de las plantas de los pies. Sacudiendo los restos de nieve de sus hombros, se dirigió hacia la taberna, coordinando a veinticinco de las avispas para que se ocultaran en su pelaje, mientras que otras veinticinco se posaban a intervalos sobre el tejado del establecimiento, listas para acceder al mismo si algo malo ocurría fuera.
La taberna era tan bulliciosa y ajetreada como cabría esperar, aunque ni por asomo tan destartalada como alguno de los cuchitriles que Kibai recordaba haber visitado en Samba. Estaba bastante bien cuidada, y desde luego era un buen sitio dónde guarecerse, con un amplio salón central y varias celdillas anexas provistas de mesas de madera oscura y gasrada por los años.
Los ojos del mink no tardaron en localizar a Sttroud, que en ese momento se encontraba con la pipa en la boca, que se encontraba en una delas mesas de la zona central, ya sin el abrigo ni la bufanda, con una jarra de liquido amarillo en las manos. A Kibai casi le salió una carcjada mientras se dirigía hacia la barra.
— Buenas noches, una jarra de leche, por favor.
La mirada que le dirigió el camarero ya hizo valer la pena el hecho de haber entrado en el local. ecorriendo de arriba a abajo al mink, como evaluando si trtaba de gastarle una broma, acabó recogiendo un vaso para secarlo con el trapo que llevaba a la cintura.
— No sé si tenemos leche, marine
Kibai amplió la sonrisa en su rostro.
— Puede comprobarlo, no tengo prisa.
El hombre chasqueó los dedos a un chiquillo que entraba ysalía constantemente de la bodega, indicándole que se acercase. Tras susurrarle al oído (y que el chaval repitiese la misma mirada incrédula hacia Kibai) desapareció por una puerta lateral. Tras unos minutos volió con una jarra de madera aún humeante del frío exterior. Depositándole con sordo zunc encima de la barra, el dueño la alargó hacia el mink.
— Doscientos berries.
Tras dejar las monedas sobre la barra, Kibai dio un pequeño trago a la jarra (que era para su sorpresa de leche de cabra, no de vaca) hizo un gesto de agradecimiento antes de dirigirse hacia la mesa de Stroud. Antes de llegar, aflojó el cinturón que sujetaba la vaina de Raimei, agarrando a esta por el tercio superior de la vaina para apoyarla contra el borde de la mesa, enfocando sus ojos en Stroud.
— Oficial, puedo sentarme?
