05-04-2026, 12:35 AM
(Última modificación: 05-04-2026, 12:38 AM por Dimitri St. George.)
[personajeinvalido=3367]
El beso me devolvió el aliento.
No lo vi venir. Una de esas situaciones que tu alma puede llegar a anhelar sin siquiera saberlo. Me hizo tragar saliva cuando nos separamos. Mi única respuesta fue un mudo asentimiento, porque aquella muestra de afecto se antojaba tan irreal como el florecer de las margaritas en un vertedero. Y más para alguien como yo, acostumbrado a la mecánica de un corazón podrido. Volví de inmediato a las cajas eléctricas.
No quería pensar en ese latido acelerado de más o el alivio que Hae-won acababa de infundirme, porque hacerlo suponía reparar en todo lo que podría perder si la situación empeoraba. Concluí que tendría tiempo de pensar una vez a salvo. Para mi desgracia, las cajas estaban herméticamente cerradas y aunque intuía que podrían estar relacionadas con el sistema de comunicación, había poco que pudiera hacer a contrarreloj.
Durante todo ese tiempo, no había apartado la vista de los monitores y sus mecanismos. Resultaba evidente que la imagen no se reproducía a tiempo real, porque pasaban algunos segundos desde que mis compañeros activaban las palancas hasta que sus efectos se hacían presentes en las pantallas. Chasqué la lengua. Si bien el agua había bajado varios niveles en una de las salas, subía casi con la misma brusquedad en otra de ellas. Reconocí al albino de la división ochenta, antes de que acabara sumergido.
—Planeta Océano y la sala de Torturas están conectados entre sí…
Me acerqué un poco más al panel de control. Una muchacha acababa de caer congelada por la explosión en la sala Polar. Mentiría si dijera que no me hormigueaban los dedos; que no sentía la acuciante necesidad de pulsar cualquiera de los botones de la sala de Torturas en un desesperado intento por socorrer al albino de la ochenta. Sin embargo, aquel agua había caído a tropel por múltiples entradas y todavía desconocía si se trataba de un fallo del sistema o algo premeditado en un circuito interconectado entre sí. Así que me encontré buscando con desesperación algún mecanismo de emergencia en aquel endemoniado panel y revisando en los monitores la ubicación y el modelo de las puertas de aquellas salas.
Por el rabillo del ojo, vi a la pirata abandonar la estancia. Sin mediar palabra. Supe entonces que estábamos solos en esto. Una de las pantallas mostró como un chispazo golpeaba de lleno al mono y, con ello, a la pelirroja que me había dado la munición. También pertenecía a la división ochenta. Apagué de inmediato aquel interruptor, rezando por cortar la corriente.
Apreté con fuerza la llave robada con anterioridad, con la mano hundida en el bolsillo del pantalón.
—Vigilad el panel y buscad algún botón de emergencia. —Intercambié miradas con Hae-won y Masato. Acabar convertidos en los titiriteros de aquel espectáculo me parecía una broma de mal gusto—. He visto varias puertas acorazadas en el pasillo. Puede que sean estas salas… —O una trampa, otra zona de sistemas o incluso el perfecto anfiteatro para aquel circo de los horrores—. Voy a intentar acercarme a investigar. Si viene alguien, dispararé un explosivo.
Fuera lo que fuese, debían estar aisladas del exterior. De lo contrario, habrían escuchado las explosiones del vertedero y un silencio que no debería existir de haber quedado en pie tantísimos soldados. Afiancé la mochila al hombro, desenfundé la pistola cargada con la munición explosiva y dediqué un beso fugaz en la mejilla de Hae-won antes de salir al pasillo.
El corredor era una línea recta de luces incandescentes, que se me antojó absurdamente largo e intensificó el dolor de cabeza. Durante aquel largo minuto, mantuve la vista al frente para asegurarme de que no apareciera ninguna presencia indeseada al fondo. Al llegar frente a la primera puerta, traté de distinguir algún letrero, cerradura o mecanismo. Notaba el corazón en la garganta. Intentaría acercarme lo máximo posible a la puerta, para intentar escuchar algo al otro lado.
El beso me devolvió el aliento.
No lo vi venir. Una de esas situaciones que tu alma puede llegar a anhelar sin siquiera saberlo. Me hizo tragar saliva cuando nos separamos. Mi única respuesta fue un mudo asentimiento, porque aquella muestra de afecto se antojaba tan irreal como el florecer de las margaritas en un vertedero. Y más para alguien como yo, acostumbrado a la mecánica de un corazón podrido. Volví de inmediato a las cajas eléctricas.
No quería pensar en ese latido acelerado de más o el alivio que Hae-won acababa de infundirme, porque hacerlo suponía reparar en todo lo que podría perder si la situación empeoraba. Concluí que tendría tiempo de pensar una vez a salvo. Para mi desgracia, las cajas estaban herméticamente cerradas y aunque intuía que podrían estar relacionadas con el sistema de comunicación, había poco que pudiera hacer a contrarreloj.
Durante todo ese tiempo, no había apartado la vista de los monitores y sus mecanismos. Resultaba evidente que la imagen no se reproducía a tiempo real, porque pasaban algunos segundos desde que mis compañeros activaban las palancas hasta que sus efectos se hacían presentes en las pantallas. Chasqué la lengua. Si bien el agua había bajado varios niveles en una de las salas, subía casi con la misma brusquedad en otra de ellas. Reconocí al albino de la división ochenta, antes de que acabara sumergido.
—Planeta Océano y la sala de Torturas están conectados entre sí…
Me acerqué un poco más al panel de control. Una muchacha acababa de caer congelada por la explosión en la sala Polar. Mentiría si dijera que no me hormigueaban los dedos; que no sentía la acuciante necesidad de pulsar cualquiera de los botones de la sala de Torturas en un desesperado intento por socorrer al albino de la ochenta. Sin embargo, aquel agua había caído a tropel por múltiples entradas y todavía desconocía si se trataba de un fallo del sistema o algo premeditado en un circuito interconectado entre sí. Así que me encontré buscando con desesperación algún mecanismo de emergencia en aquel endemoniado panel y revisando en los monitores la ubicación y el modelo de las puertas de aquellas salas.
Por el rabillo del ojo, vi a la pirata abandonar la estancia. Sin mediar palabra. Supe entonces que estábamos solos en esto. Una de las pantallas mostró como un chispazo golpeaba de lleno al mono y, con ello, a la pelirroja que me había dado la munición. También pertenecía a la división ochenta. Apagué de inmediato aquel interruptor, rezando por cortar la corriente.
Apreté con fuerza la llave robada con anterioridad, con la mano hundida en el bolsillo del pantalón.
—Vigilad el panel y buscad algún botón de emergencia. —Intercambié miradas con Hae-won y Masato. Acabar convertidos en los titiriteros de aquel espectáculo me parecía una broma de mal gusto—. He visto varias puertas acorazadas en el pasillo. Puede que sean estas salas… —O una trampa, otra zona de sistemas o incluso el perfecto anfiteatro para aquel circo de los horrores—. Voy a intentar acercarme a investigar. Si viene alguien, dispararé un explosivo.
Fuera lo que fuese, debían estar aisladas del exterior. De lo contrario, habrían escuchado las explosiones del vertedero y un silencio que no debería existir de haber quedado en pie tantísimos soldados. Afiancé la mochila al hombro, desenfundé la pistola cargada con la munición explosiva y dediqué un beso fugaz en la mejilla de Hae-won antes de salir al pasillo.
El corredor era una línea recta de luces incandescentes, que se me antojó absurdamente largo e intensificó el dolor de cabeza. Durante aquel largo minuto, mantuve la vista al frente para asegurarme de que no apareciera ninguna presencia indeseada al fondo. Al llegar frente a la primera puerta, traté de distinguir algún letrero, cerradura o mecanismo. Notaba el corazón en la garganta. Intentaría acercarme lo máximo posible a la puerta, para intentar escuchar algo al otro lado.
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