05-04-2026, 03:16 AM
(Última modificación: 05-04-2026, 04:35 AM por Massimo Dooti.)
Una sonrisa chulesca adornaba el gesto de Massimo.
No era usual en él, pero después de aquel despliegue no podía evitar que cierto júbilo le recorriera el cuerpo. Los nudillos le ardían, los brazos le temblaban, y la respiración le salía a borbotones, pero joder, qué bien se sentía.
Observó con cuidado cada movimiento de King Bulk. Cómo dejaba el saxofón dorado en un rincón, con ese mimo que solo se le da a las cosas que de verdad importan. Las cejas de Dooti reaccionaron. Algo muy sutil, una simple subida y bajada. Un tic. Un gesto que delataba más de lo que quería mostrar.
-¡TU BABAHAHA! - Soltó, con una carcajada ronca que le salió del fondo del pecho. -Lo que hay que oír. Se ve que eliges los géneros musicales como las peleas.
Se encogió de hombros y negó con la cabeza. La cría seguía arriba, moviéndose entre las vigas, buscando su momento. Massimo no la miraba, pero sabía que estaba ahí. La sentía. Como se siente una tormenta antes de que caiga.
Entonces ella cayó.
Escopeta en mano, con esa puntiaguda y afilada sonrisa que la caracterizaba, vació un cargador sobre King Bulk. Massimo abrió la boca un momento, la ceja arqueada, el cuerpo tenso. Sorprendido. Pero al escuchar sus palabras, al ver cómo se reía mientras disparaba, no pudo evitar sonreír.
Se ajustó la fedora. Un gesto automático. Iba a moverse, iba a hacer algo, pero entonces la enorme mole de King Bulk se movió. Un poderoso impulso, un desplazamiento que no debería ser posible para alguien de su tamaño, y para cuando Massimo quiso darse cuenta, las manos de aquel hombre tenían aferrada a Dolly por el cuello.
La cría pataleaba en el aire. Sus pies no tocaban el suelo.
Massimo se quedó quieto. Demasiado quieto.
King Bulk habló. Algo sobre un trato. Algo sobre vender a la niña. Algo sobre salvar el pellejo. Massimo escuchó cada palabra, las dejó reposar en su cabeza un momento, las sopesó como quien sopesa una piedra antes de tirarla.
No lo pensó dos veces.
No diría que la idea de vender a Dolly no cruzó su mente. Sería mentira. Massimo Dooti era muchas cosas, pero nunca se había hecho ilusiones sobre sí mismo. Sabía lo que era. Sabía lo que había hecho para sobrevivir. Sabía que, en otras circunstancias, quizá habría considerado la oferta.
Pero no esta noche.
Suspiró con pesadez. Un suspiro largo, hondo, como el que suelta la gente que ha tomado una decisión y ya no piensa mirar atrás.
Dijo, con una elegancia y un decoro que no sabía que tenía.
Se llevó los dedos índice y pulgar al ala de la fedora. La inclinó ligeramente, tapando su mirada del enemigo que tenía enfrente.
-Como ya he dicho... -Su voz grave, pausada, resonó en el silencio que había dejado la música. -Eliges tus géneros como las peleas.
Una pausa. La cría se debatía en el aire. King Bulk la sostenía como quien sostiene un trapo sucio.
La fedora volvió a su sitio. Massimo dio un pequeño salto, un impulso que no parecía propio de alguien de su tamaño, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba a rango. Los puños a la altura de la cintura. Los dedos torcidos, apretados dentro de los guantes. La respiración contenida.
Un derechazo directo a la cara.
No esperaba que soltara a Dolly con solo un golpe. Eso habría sido un milagro, y Massimo no creía en milagros, en lo que si cree es en su habilidad. Así que asestó otro. Y otro. Y otro. Y otro.
Los puños no paraban.
Una ráfaga que empezó en algún lugar de su cintura y explotó hacia adelante como un fuelle descontrolado que, aun con todo, hacía lo posible para evitar golpear a Dolly. Hizo todo lo que pudo para no tener ni que rozarla. King Bulk, por su lado, a pesar de su tamaño, a pesar de su fuerza, a pesar de todo, recibió el ataque de lleno. Massimo no le dejó tiempo para recuperarse. El brazo derecho, el izquierdo, el derecho otra vez. Una sinfonía de nudillos que no seguía ningún compás conocido, que no se regía por las normas del blues ni del jazz. Era caos. Era ruido. Era la única música que Massimo sabía tocar cuando las palabras sobraban.
La cara de King Bulk se movía con cada impacto, hacia un lado, hacia el otro, como un muñeco de trapo en manos de un niño enfadado. La sangre le brotó de la nariz en algún momento, pero Massimo no lo vio. No miraba su cara. Miraba sus manos. Las manos que aún tenían agarrada a Dolly.
La cría seguía ahí, colgando, pataleando. Massimo apretó los dientes. Los nudillos le ardían. La piel de los dedos bajo sus guantes comenzó a levantarse y sangrar, esos dedos torcidos, llenos de cicatrices, que apenas podían cerrar el puño del todo, empezaba a sangrar.
No importaba.
Los golpes llovían como una tormenta de verano: intensos, rápidos, sin avisar. Sus brazos se movían solos. No pensaba. Solo golpeaba. Una y otra vez. El ritmo se aceleraba, se volvía frenético, casi inhumano. Los impactos sonaban como disparos de ametralladora, secos, contundentes, cada uno con el peso de todos los años de silencio acumulado.
La velocidad era absurda. Los brazos de Massimo ya no eran brazos: eran borrones. Manchas de color que se movían más rápido de lo que el ojo podía seguir. King Bulk dejó de retroceder porque no podía. Las paredes del bar le impedían seguir. La madera crujía a su espalda, agrietándose bajo el peso de su cuerpo y la fuerza de los impactos.
Dolly seguía agarrada. ¿Cómo coño seguía agarrada? No importa. En la mente de Massimo solo había un objetivo. Moler a ese hijo de puta a hostias.
Dio un paso al frente. Un paso que astilló la madera a sus pies. Massimo rugió. No fue un grito de dolor ni de rabia. Fue algo más primitivo. Un sonido gutural que le salió de algún lugar muy profundo, de ese pozo donde llevaba años enterrando todo lo que no quería sentir. Y con ese rugido, la velocidad aumentó todavía más.
La sangre salpicó la camisa blanca. Massimo no lo notó. No podía notarlo. Estaba en otro sitio. En ese lugar al que solo se accede cuando el cuerpo se mueve más rápido que la mente, cuando los puños hablan por ti porque las palabras se quedaron atrás hace mucho tiempo.
El sonido era ensordecedor. Los piratas, los que aún seguían en pie, se habían apartado. Miraban con los ojos abiertos como platos, sin atreverse a intervenir. Nadie quería meterse en medio de eso. Nadie quería ser el siguiente. Massimo notó cómo algo cedía. No los nudillos. Algo en King Bulk. Un hombro que se hundía. Un costado que se ablandaba. La guardia que por fin se rompía.
El grito salió de él como un animal enjaulado que por fin encuentra la puerta abierta. Ronco, grave, imposible de ignorar. Y con él, un último golpe. Un puñetazo sin contener, sin medir, sin pensar. Directo al rostro de King Bulk.
El suelo tembló.
Massimo se quedó quieto, con los puños aún levantados, la respiración rota, la sangre goteándole de los nudillos. La fedora había volado a algún rincón. La camisa blanca empapada en sudor y manchas rojas.
Y en el silencio que siguió, solo se oía su respiración. Pesada. Irregular. Viva.
-A esto... Se le llama sincopar. Gilipollas.
No era usual en él, pero después de aquel despliegue no podía evitar que cierto júbilo le recorriera el cuerpo. Los nudillos le ardían, los brazos le temblaban, y la respiración le salía a borbotones, pero joder, qué bien se sentía.
Observó con cuidado cada movimiento de King Bulk. Cómo dejaba el saxofón dorado en un rincón, con ese mimo que solo se le da a las cosas que de verdad importan. Las cejas de Dooti reaccionaron. Algo muy sutil, una simple subida y bajada. Un tic. Un gesto que delataba más de lo que quería mostrar.
-¡TU BABAHAHA! - Soltó, con una carcajada ronca que le salió del fondo del pecho. -Lo que hay que oír. Se ve que eliges los géneros musicales como las peleas.
Se encogió de hombros y negó con la cabeza. La cría seguía arriba, moviéndose entre las vigas, buscando su momento. Massimo no la miraba, pero sabía que estaba ahí. La sentía. Como se siente una tormenta antes de que caiga.
Entonces ella cayó.
Escopeta en mano, con esa puntiaguda y afilada sonrisa que la caracterizaba, vació un cargador sobre King Bulk. Massimo abrió la boca un momento, la ceja arqueada, el cuerpo tenso. Sorprendido. Pero al escuchar sus palabras, al ver cómo se reía mientras disparaba, no pudo evitar sonreír.
Se ajustó la fedora. Un gesto automático. Iba a moverse, iba a hacer algo, pero entonces la enorme mole de King Bulk se movió. Un poderoso impulso, un desplazamiento que no debería ser posible para alguien de su tamaño, y para cuando Massimo quiso darse cuenta, las manos de aquel hombre tenían aferrada a Dolly por el cuello.
La cría pataleaba en el aire. Sus pies no tocaban el suelo.
Massimo se quedó quieto. Demasiado quieto.
King Bulk habló. Algo sobre un trato. Algo sobre vender a la niña. Algo sobre salvar el pellejo. Massimo escuchó cada palabra, las dejó reposar en su cabeza un momento, las sopesó como quien sopesa una piedra antes de tirarla.
No lo pensó dos veces.
No diría que la idea de vender a Dolly no cruzó su mente. Sería mentira. Massimo Dooti era muchas cosas, pero nunca se había hecho ilusiones sobre sí mismo. Sabía lo que era. Sabía lo que había hecho para sobrevivir. Sabía que, en otras circunstancias, quizá habría considerado la oferta.
Pero no esta noche.
Suspiró con pesadez. Un suspiro largo, hondo, como el que suelta la gente que ha tomado una decisión y ya no piensa mirar atrás.
-Mistah Bulk.
Dijo, con una elegancia y un decoro que no sabía que tenía.
Se llevó los dedos índice y pulgar al ala de la fedora. La inclinó ligeramente, tapando su mirada del enemigo que tenía enfrente.
-Como ya he dicho... -Su voz grave, pausada, resonó en el silencio que había dejado la música. -Eliges tus géneros como las peleas.
Una pausa. La cría se debatía en el aire. King Bulk la sostenía como quien sostiene un trapo sucio.
![[Imagen: Y1OvuG9.png]](https://i.imgur.com/Y1OvuG9.png)
-Como el culo. Y sin pensar.
La fedora volvió a su sitio. Massimo dio un pequeño salto, un impulso que no parecía propio de alguien de su tamaño, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba a rango. Los puños a la altura de la cintura. Los dedos torcidos, apretados dentro de los guantes. La respiración contenida.
Un derechazo directo a la cara.
No esperaba que soltara a Dolly con solo un golpe. Eso habría sido un milagro, y Massimo no creía en milagros, en lo que si cree es en su habilidad. Así que asestó otro. Y otro. Y otro. Y otro.
Los puños no paraban.
Una ráfaga que empezó en algún lugar de su cintura y explotó hacia adelante como un fuelle descontrolado que, aun con todo, hacía lo posible para evitar golpear a Dolly. Hizo todo lo que pudo para no tener ni que rozarla. King Bulk, por su lado, a pesar de su tamaño, a pesar de su fuerza, a pesar de todo, recibió el ataque de lleno. Massimo no le dejó tiempo para recuperarse. El brazo derecho, el izquierdo, el derecho otra vez. Una sinfonía de nudillos que no seguía ningún compás conocido, que no se regía por las normas del blues ni del jazz. Era caos. Era ruido. Era la única música que Massimo sabía tocar cuando las palabras sobraban.
La cara de King Bulk se movía con cada impacto, hacia un lado, hacia el otro, como un muñeco de trapo en manos de un niño enfadado. La sangre le brotó de la nariz en algún momento, pero Massimo no lo vio. No miraba su cara. Miraba sus manos. Las manos que aún tenían agarrada a Dolly.
La cría seguía ahí, colgando, pataleando. Massimo apretó los dientes. Los nudillos le ardían. La piel de los dedos bajo sus guantes comenzó a levantarse y sangrar, esos dedos torcidos, llenos de cicatrices, que apenas podían cerrar el puño del todo, empezaba a sangrar.
No importaba.
Los golpes llovían como una tormenta de verano: intensos, rápidos, sin avisar. Sus brazos se movían solos. No pensaba. Solo golpeaba. Una y otra vez. El ritmo se aceleraba, se volvía frenético, casi inhumano. Los impactos sonaban como disparos de ametralladora, secos, contundentes, cada uno con el peso de todos los años de silencio acumulado.
La velocidad era absurda. Los brazos de Massimo ya no eran brazos: eran borrones. Manchas de color que se movían más rápido de lo que el ojo podía seguir. King Bulk dejó de retroceder porque no podía. Las paredes del bar le impedían seguir. La madera crujía a su espalda, agrietándose bajo el peso de su cuerpo y la fuerza de los impactos.
Dolly seguía agarrada. ¿Cómo coño seguía agarrada? No importa. En la mente de Massimo solo había un objetivo. Moler a ese hijo de puta a hostias.
¡¡¡¡TUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBATUBA!!!!
Dio un paso al frente. Un paso que astilló la madera a sus pies. Massimo rugió. No fue un grito de dolor ni de rabia. Fue algo más primitivo. Un sonido gutural que le salió de algún lugar muy profundo, de ese pozo donde llevaba años enterrando todo lo que no quería sentir. Y con ese rugido, la velocidad aumentó todavía más.
La sangre salpicó la camisa blanca. Massimo no lo notó. No podía notarlo. Estaba en otro sitio. En ese lugar al que solo se accede cuando el cuerpo se mueve más rápido que la mente, cuando los puños hablan por ti porque las palabras se quedaron atrás hace mucho tiempo.
El sonido era ensordecedor. Los piratas, los que aún seguían en pie, se habían apartado. Miraban con los ojos abiertos como platos, sin atreverse a intervenir. Nadie quería meterse en medio de eso. Nadie quería ser el siguiente. Massimo notó cómo algo cedía. No los nudillos. Algo en King Bulk. Un hombro que se hundía. Un costado que se ablandaba. La guardia que por fin se rompía.
¡¡TUBAAAAAAA-RRAGEEEEE!!
El grito salió de él como un animal enjaulado que por fin encuentra la puerta abierta. Ronco, grave, imposible de ignorar. Y con él, un último golpe. Un puñetazo sin contener, sin medir, sin pensar. Directo al rostro de King Bulk.
El suelo tembló.
Massimo se quedó quieto, con los puños aún levantados, la respiración rota, la sangre goteándole de los nudillos. La fedora había volado a algún rincón. La camisa blanca empapada en sudor y manchas rojas.
Y en el silencio que siguió, solo se oía su respiración. Pesada. Irregular. Viva.
-A esto... Se le llama sincopar. Gilipollas.
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