05-04-2026, 09:53 PM
«Adorable».
Imposible pasar por alto el rubor. El carmín contrastaba sobre la pálida piel de porcelana. Por un instante, tuve la sensación de que iba a levantarse y se había arrepentido a medio camino, así que fingí no darme cuenta.
—Gracias por venir, Dima.
—¿Dima? —arqueé la ceja con más curiosidad que molestia—. ¿De dónde has sacado ese apodo?
Sé que si otro hubiera utilizado tal diminutivo, lo habría detestado o puede que incluso me hubiera parecido un insulto, pero con Hae-won era diferente. Ni siquiera me di cuenta de que sonreía, hasta que me vi en los reflejos de la cristalera que había a nuestro lado. «Dima». En sus labios, sonaba demasiado cálido como para no sobrecogerme las entrañas.
—Hoy tampoco te noto en tu cien por ciento, Dima. ¿Qué es lo que ocurre?
—La seriedad no te sienta bien, Ángel —pronuncié con dulzura y una sonrisa suave, que buscaba reconfortarla—. Tienes una sonrisa demasiado bonita para perderla.
Stanford se acercó personalmente a tomarnos nota. Pedí un zumo de naranja con pastel de judías y aguardé a que se marchase para retomar la conversación.
—A ver, estoy entero, ¿no? —Abrí los brazos en una demostración. De los moratones que tenía bajo la camisa y los pantalones, no era necesario hablar—. Así que todo está bien.
Salvo el dolor de cabeza, que me tenía más debilitado de lo que hubiera deseado admitir. A ella no podía mentirle. Ni siquiera quería intentarlo. Mi mirada se suavizó, perdida en la de ella.
—Lo de ayer… fue un desliz. Padezco de migrañas desde hace años. Hoy estoy teniendo otro episodio. Cada vez es diferente: a veces me molesta la luz, otra los sonidos fuertes, algunas veces vienen acompañada de un aura y otras son simples punzadas. —Desvié la vista hacia la ventana—. No es nada importante. Estoy acostumbrado. Lamento haber fastidiado el trabajo de ayer.
Fui una jodida carga, pero no tuve el valor de admitir eso en voz alta. Stanford regresó con nuestras comandas y le dedicó una sonrisa cómplice a Hae-won.
—Aquí tiene su casa para lo que necesite, señorita. Trátala bien, St. George.
—Que me fusilen antes de hacerla sufrir —respondí. Stanford se marchó con su risa estridente y yo volví mi atención hacia Hae-won—. No solo trabajé en este local. Viví aquí una temporada antes de entrar a la Marina.
Imposible pasar por alto el rubor. El carmín contrastaba sobre la pálida piel de porcelana. Por un instante, tuve la sensación de que iba a levantarse y se había arrepentido a medio camino, así que fingí no darme cuenta.
—Gracias por venir, Dima.
—¿Dima? —arqueé la ceja con más curiosidad que molestia—. ¿De dónde has sacado ese apodo?
Sé que si otro hubiera utilizado tal diminutivo, lo habría detestado o puede que incluso me hubiera parecido un insulto, pero con Hae-won era diferente. Ni siquiera me di cuenta de que sonreía, hasta que me vi en los reflejos de la cristalera que había a nuestro lado. «Dima». En sus labios, sonaba demasiado cálido como para no sobrecogerme las entrañas.
—Hoy tampoco te noto en tu cien por ciento, Dima. ¿Qué es lo que ocurre?
—La seriedad no te sienta bien, Ángel —pronuncié con dulzura y una sonrisa suave, que buscaba reconfortarla—. Tienes una sonrisa demasiado bonita para perderla.
Stanford se acercó personalmente a tomarnos nota. Pedí un zumo de naranja con pastel de judías y aguardé a que se marchase para retomar la conversación.
—A ver, estoy entero, ¿no? —Abrí los brazos en una demostración. De los moratones que tenía bajo la camisa y los pantalones, no era necesario hablar—. Así que todo está bien.
Salvo el dolor de cabeza, que me tenía más debilitado de lo que hubiera deseado admitir. A ella no podía mentirle. Ni siquiera quería intentarlo. Mi mirada se suavizó, perdida en la de ella.
—Lo de ayer… fue un desliz. Padezco de migrañas desde hace años. Hoy estoy teniendo otro episodio. Cada vez es diferente: a veces me molesta la luz, otra los sonidos fuertes, algunas veces vienen acompañada de un aura y otras son simples punzadas. —Desvié la vista hacia la ventana—. No es nada importante. Estoy acostumbrado. Lamento haber fastidiado el trabajo de ayer.
Fui una jodida carga, pero no tuve el valor de admitir eso en voz alta. Stanford regresó con nuestras comandas y le dedicó una sonrisa cómplice a Hae-won.
—Aquí tiene su casa para lo que necesite, señorita. Trátala bien, St. George.
—Que me fusilen antes de hacerla sufrir —respondí. Stanford se marchó con su risa estridente y yo volví mi atención hacia Hae-won—. No solo trabajé en este local. Viví aquí una temporada antes de entrar a la Marina.
