06-04-2026, 07:53 AM
Bailar con la marina.
Alzó una ceja. ¿Qué implicaciones tenía aquello? Hasta entonces, la analogía del músico y su instrumento había servido para graficar su relación con el brazo armado del gobierno. Planeaba usarlo, como quien usa unas escaleras, para llegar al lugar que necesitaba llegar y hacer lo que tenía que hacer. «Hmm…», pensándolo bien, eso no era lo que un músico hacía. Lo acababa de presenciar con Miyori. Ella no “usaba” el violín, sino que el violín se volvía parte de ella y los dos fluían juntos para concebir la melodía. ¿La marina tenía que ser otra cosa para él? ¿Una pareja de baile a la que marcar el ritmo? Enji se sorprendió pensándolo, meditando la cuestión, incluso acariciándose el mentón.
¿Podía salir ileso de un baile tan peligroso como ese?
Por supuesto que no.
—¿La próxima vez? —repitió.
El cataclismo parecía tener una obsesión con sus encuentros, sí. Un incendio, una tormenta… ¿Qué sería lo siguiente?
—Una ventisca —teorizó—. Una tan fuerte y fría que congelará la mitad del South Blue, así podremos ir caminando de isla en isla. —Un trueno lejano pareció responderle y el relámpago jugó a deslumbrarle los ojos por la fracción de un segundo, lo que tardó en apartar la mirada—. La otra opción es que el volcán deje de estar dormido. No es mi opción favorita.
En algún momento entre el fogonazo de luz y el retumbar de la tormenta, los pantalones de Enji desaparecieron. El marine no se percató de ello. Sentado como estaba, quitárselos de encima sin llamar la atención de Miyori parecía tarea imposible. Un acto de magia. Pero así fue, en efecto, y no reparó en ello por estar muy concentrado en el temporal que hacía fuera de ese pequeño lugar seguro. Tenía esa facilidad para disociarse de la realidad.
—No sé si mis motivos son buenos —confesó, y se encogió de hombros—. Pero son motivos. Todos tenemos motivos para hacer cosas, ¿no? Uno come porque tiene hambre y duerme porque tiene sueño. Esto es algo parecido. Busco esto porque lo siento así… En fin, ¿no tienes calor?
Increíblemente, pese a haberse quedado solamente en ropa interior, el marine declaraba con honestidad estar sintiendo frío. No era un chiste, ni se apreciaba ninguna voluta de sarcasmo en sus palabras.
—Entonces.. ¿qué? ¿Te has dedicado a ser una hippie que vive de su música este último año entero? —Estiró una pierna y mantuvo la otra retraída, con la rodilla en alto para descansar sobre ella el brazo izquierdo—. No tienes pinta de haber estado tocando debajo de un puente por algunas monedas.
Alzó una ceja. ¿Qué implicaciones tenía aquello? Hasta entonces, la analogía del músico y su instrumento había servido para graficar su relación con el brazo armado del gobierno. Planeaba usarlo, como quien usa unas escaleras, para llegar al lugar que necesitaba llegar y hacer lo que tenía que hacer. «Hmm…», pensándolo bien, eso no era lo que un músico hacía. Lo acababa de presenciar con Miyori. Ella no “usaba” el violín, sino que el violín se volvía parte de ella y los dos fluían juntos para concebir la melodía. ¿La marina tenía que ser otra cosa para él? ¿Una pareja de baile a la que marcar el ritmo? Enji se sorprendió pensándolo, meditando la cuestión, incluso acariciándose el mentón.
¿Podía salir ileso de un baile tan peligroso como ese?
Por supuesto que no.
—¿La próxima vez? —repitió.
El cataclismo parecía tener una obsesión con sus encuentros, sí. Un incendio, una tormenta… ¿Qué sería lo siguiente?
—Una ventisca —teorizó—. Una tan fuerte y fría que congelará la mitad del South Blue, así podremos ir caminando de isla en isla. —Un trueno lejano pareció responderle y el relámpago jugó a deslumbrarle los ojos por la fracción de un segundo, lo que tardó en apartar la mirada—. La otra opción es que el volcán deje de estar dormido. No es mi opción favorita.
En algún momento entre el fogonazo de luz y el retumbar de la tormenta, los pantalones de Enji desaparecieron. El marine no se percató de ello. Sentado como estaba, quitárselos de encima sin llamar la atención de Miyori parecía tarea imposible. Un acto de magia. Pero así fue, en efecto, y no reparó en ello por estar muy concentrado en el temporal que hacía fuera de ese pequeño lugar seguro. Tenía esa facilidad para disociarse de la realidad.
—No sé si mis motivos son buenos —confesó, y se encogió de hombros—. Pero son motivos. Todos tenemos motivos para hacer cosas, ¿no? Uno come porque tiene hambre y duerme porque tiene sueño. Esto es algo parecido. Busco esto porque lo siento así… En fin, ¿no tienes calor?
Increíblemente, pese a haberse quedado solamente en ropa interior, el marine declaraba con honestidad estar sintiendo frío. No era un chiste, ni se apreciaba ninguna voluta de sarcasmo en sus palabras.
—Entonces.. ¿qué? ¿Te has dedicado a ser una hippie que vive de su música este último año entero? —Estiró una pierna y mantuvo la otra retraída, con la rodilla en alto para descansar sobre ella el brazo izquierdo—. No tienes pinta de haber estado tocando debajo de un puente por algunas monedas.

