06-04-2026, 07:59 PM
«De lunes a domingo voy desesperado
El corazón prendido allí en el calendario
Buscándote y buscando como un mercenario
Tú dime donde estás que yo no te he encontrado»
Sintió movimiento a su alrededor. Estaban sucediendo cosas en el agua, cosas importantes. Creyó ver sangre, que, como listones rojos, serpenteaba sobre la turbia manta que lo había sepultado. Escuchó un sonido lejano, amortiguado. ¿La marea se había calmado? Parpadeó un par de veces, estático en su postura elegida para la posteridad. Ya no sentía el tirón de la corriente removiendo el pincho que le atravesaba el pie. Todo estaba calmado.
«Las manecillas giran, yo voy al contrario
Bebiéndome la vida a sorbos y a tragos
Me viste así de frente, qué tremendo impacto
Para unirme a tu mirada dime si hay que ser…»
De pronto, una figura emergió de las profundidades abisales. Gigantesco, glorioso, heterócromo y… ¿esquizofrénico? Enji arrugó el entrecejo, confundido por las acciones del pirata de ojos disonantes. El agua turbia y la falta de aire debía estarle jugando una mala pasada. Lo vio toquetear el collar y no pudo hacer nada para detenerlo. Era como si ese sujeto fuera alguna especie de deidad y él, un simple mortal que sólo puede observar su obra.
Algo reaccionó dentro del collar y escuchó un “tic” dentro del mecanismo.
Mierda.
«¡Torero!
Poner el alma en el ruedo
No importa lo que se venga
Pa' que sepas que te quiero
Como un buen torero (ole)
Me juego la vida por tiiiIIIiiii»
Culminado el estribillo, se vio obligado a dejar de tararear su canción favorita y volver a concentrarse en la realidad. La trampa se había retraído, soltando su pie, y el agua estaba bajando. Bien. Todavía tenían aliados en el olimpo.
—¡Cough! Gah, puta… puta mierda de agua asquerosa. ¡Dios! ¿A quién carajo tienen contratado de plomero en este lugar?
En cuanto el agua bajó, las fuerzas regresaron. De un súbito arranque se sentó, abrió los ojos y después dejó caer el cuerpo a un costado. Estaba mareado. Apoyó un codo en el suelo y tosió mientras se tiraba el cabello hacia atrás, lejos de los ojos. Después escupió una muestra de ese líquido turbio y verdoso. Sabía asqueroso. Sacó la lengua y se lamió el hombro para tratar de quitarse de encima el recuerdo de aquella textura viscosa.
—Carajo…
Rodó hasta ponerse de rodillas, levantó la mirada y ahí estaba Don Ald. ¿Quién lo diría? La suerte empezaba a correr a su favor. El enano estaba pagando por su escaso tamaño, todavía hundido pese al bajo nivel de agua que restaba en la habitación. Enji, debilitado todavía, levantó el puño, preparado para acabar con él antes de que pudiera recuperarse.
- ¡¡¡ Mis queridas víctimas, estaros quietos, si mi corazón deja de latir, vuestros collares explotarán y acabarán con vuestra vida!!!
Pero el tontatton viviría un poco más.
Don Ald los acribilló con palabras, demostrando dotes para la oratoria que hasta entonces no le hubiera atribuido. Sembró la duda haciendo uso de frases certeras y honestas, sumergiéndose poco a poco en la mente de cada uno. En cualquier otra circunstancia, lo hubiera golpeado sin dudar y acabado de una vez con la pelea. Sin embargo, Don Ald esgrimió su argumento mucho más rápido que su espada y consiguió conectar un golpe certero a su convicción, hasta entonces absoluta. ¿Y si matarlo realmente los llevaría a la muerte? ¿Confiar en él era lo apropiado? Sonaba honesto, aunque tuviera la apariencia del más bajo —badum tss—de los rateros.
Enji, de rodillas a la izquierda de Don Ald, suspiró y después asintió.
—Está bien, acepto —dijo, culminado el discurso.
Apoyó el pie izquierdo en el suelo, dispuesto a levantarse, cuando su mano se disparó cual agazapada serpiente y atrapó al pequeño tontatton del cuello. Tiró de él antes de que pudiera acudir a sus armas y lo pegó a su pecho, al mismo tiempo que abrazaba su cuerpo con el otro brazo, inmovilizandole los brazos a la altura de los codos. Con la garganta del Don prensada entre sus dedos y sus brazos retenidos en su abrazo constrictor, Enji, ahora sí, se levantó, poniéndose en pie sobre un suelo todavía empapado después de la inundación. Todo su cuerpo goteaba agua y sentía el frío del aire calarle los huesos, una sensación francamente tranquilizadora para un hombre que sufría de sofocos a diario. Estaba helado y, aún así, lo disfrutó.
—Te creo, mi pequeño amigo. Ese de allá es el terrible Dharma, uhh... —Tembló de frío, poniendo una cara de miedo—. El coco del South Blue. Este otro es Kuro, uhh... —Volvió a hacer el mismo gesto, temblando—. El… ehm… ¿Mesías del South Blue? Yo qué sé.
Ningún título particularmente gracioso se le ocurrió para el pirata de los ojos de colores. Terminó diciendo lo primero que le vino a la cabeza.
—Pero, amigo Don Ald… —Enji sonrió. Tenía a Don Ald pegado a su pecho, mirando al frente, así que el pseudo magnate no podía verla: una sonrisa amplia, plena, que destilaba locura—. Tú no sabes quien soy yo, y ahí es donde te equivocaste. ¿Que nos morimos si tu corazón se para? ¡Gracias por la información! Solamente tenemos que asegurarnos de que sigas vivo. —Inclinó la cabeza hacia abajo, pegando su nariz a la cabeza del Don—. ¡Y hay muchas cosas que podemos hacer sin matarte! Después de todo, ¡los pecados se pagan en vida, Don Ald! ¿No te parece? ¡SHIHAHAHAHA!
La estruendosa risa del marine retumbó en las paredes de la habitación. Una habitación de torturas, algo curioso y apropiado para lo que Enji estaba proponiendo.
—¿Ustedes quieren seguir bailando con este tipo? —Echó un vistazo a Kuro y otro a Dharma—. Porque yo, francamente, quisiera llevar el ritmo de la música esta vez. Quítale las armas, Kuro. ¿Tú estás bien, extremadamente peligroso espadachín?
El corazón prendido allí en el calendario
Buscándote y buscando como un mercenario
Tú dime donde estás que yo no te he encontrado»
Sintió movimiento a su alrededor. Estaban sucediendo cosas en el agua, cosas importantes. Creyó ver sangre, que, como listones rojos, serpenteaba sobre la turbia manta que lo había sepultado. Escuchó un sonido lejano, amortiguado. ¿La marea se había calmado? Parpadeó un par de veces, estático en su postura elegida para la posteridad. Ya no sentía el tirón de la corriente removiendo el pincho que le atravesaba el pie. Todo estaba calmado.
«Las manecillas giran, yo voy al contrario
Bebiéndome la vida a sorbos y a tragos
Me viste así de frente, qué tremendo impacto
Para unirme a tu mirada dime si hay que ser…»
De pronto, una figura emergió de las profundidades abisales. Gigantesco, glorioso, heterócromo y… ¿esquizofrénico? Enji arrugó el entrecejo, confundido por las acciones del pirata de ojos disonantes. El agua turbia y la falta de aire debía estarle jugando una mala pasada. Lo vio toquetear el collar y no pudo hacer nada para detenerlo. Era como si ese sujeto fuera alguna especie de deidad y él, un simple mortal que sólo puede observar su obra.
Algo reaccionó dentro del collar y escuchó un “tic” dentro del mecanismo.
Mierda.
«¡Torero!
Poner el alma en el ruedo
No importa lo que se venga
Pa' que sepas que te quiero
Como un buen torero (ole)
Me juego la vida por tiiiIIIiiii»
Culminado el estribillo, se vio obligado a dejar de tararear su canción favorita y volver a concentrarse en la realidad. La trampa se había retraído, soltando su pie, y el agua estaba bajando. Bien. Todavía tenían aliados en el olimpo.
—¡Cough! Gah, puta… puta mierda de agua asquerosa. ¡Dios! ¿A quién carajo tienen contratado de plomero en este lugar?
En cuanto el agua bajó, las fuerzas regresaron. De un súbito arranque se sentó, abrió los ojos y después dejó caer el cuerpo a un costado. Estaba mareado. Apoyó un codo en el suelo y tosió mientras se tiraba el cabello hacia atrás, lejos de los ojos. Después escupió una muestra de ese líquido turbio y verdoso. Sabía asqueroso. Sacó la lengua y se lamió el hombro para tratar de quitarse de encima el recuerdo de aquella textura viscosa.
—Carajo…
Rodó hasta ponerse de rodillas, levantó la mirada y ahí estaba Don Ald. ¿Quién lo diría? La suerte empezaba a correr a su favor. El enano estaba pagando por su escaso tamaño, todavía hundido pese al bajo nivel de agua que restaba en la habitación. Enji, debilitado todavía, levantó el puño, preparado para acabar con él antes de que pudiera recuperarse.
- ¡¡¡ Mis queridas víctimas, estaros quietos, si mi corazón deja de latir, vuestros collares explotarán y acabarán con vuestra vida!!!
Pero el tontatton viviría un poco más.
Don Ald los acribilló con palabras, demostrando dotes para la oratoria que hasta entonces no le hubiera atribuido. Sembró la duda haciendo uso de frases certeras y honestas, sumergiéndose poco a poco en la mente de cada uno. En cualquier otra circunstancia, lo hubiera golpeado sin dudar y acabado de una vez con la pelea. Sin embargo, Don Ald esgrimió su argumento mucho más rápido que su espada y consiguió conectar un golpe certero a su convicción, hasta entonces absoluta. ¿Y si matarlo realmente los llevaría a la muerte? ¿Confiar en él era lo apropiado? Sonaba honesto, aunque tuviera la apariencia del más bajo —badum tss—de los rateros.
Enji, de rodillas a la izquierda de Don Ald, suspiró y después asintió.
—Está bien, acepto —dijo, culminado el discurso.
Apoyó el pie izquierdo en el suelo, dispuesto a levantarse, cuando su mano se disparó cual agazapada serpiente y atrapó al pequeño tontatton del cuello. Tiró de él antes de que pudiera acudir a sus armas y lo pegó a su pecho, al mismo tiempo que abrazaba su cuerpo con el otro brazo, inmovilizandole los brazos a la altura de los codos. Con la garganta del Don prensada entre sus dedos y sus brazos retenidos en su abrazo constrictor, Enji, ahora sí, se levantó, poniéndose en pie sobre un suelo todavía empapado después de la inundación. Todo su cuerpo goteaba agua y sentía el frío del aire calarle los huesos, una sensación francamente tranquilizadora para un hombre que sufría de sofocos a diario. Estaba helado y, aún así, lo disfrutó.
—Te creo, mi pequeño amigo. Ese de allá es el terrible Dharma, uhh... —Tembló de frío, poniendo una cara de miedo—. El coco del South Blue. Este otro es Kuro, uhh... —Volvió a hacer el mismo gesto, temblando—. El… ehm… ¿Mesías del South Blue? Yo qué sé.
Ningún título particularmente gracioso se le ocurrió para el pirata de los ojos de colores. Terminó diciendo lo primero que le vino a la cabeza.
—Pero, amigo Don Ald… —Enji sonrió. Tenía a Don Ald pegado a su pecho, mirando al frente, así que el pseudo magnate no podía verla: una sonrisa amplia, plena, que destilaba locura—. Tú no sabes quien soy yo, y ahí es donde te equivocaste. ¿Que nos morimos si tu corazón se para? ¡Gracias por la información! Solamente tenemos que asegurarnos de que sigas vivo. —Inclinó la cabeza hacia abajo, pegando su nariz a la cabeza del Don—. ¡Y hay muchas cosas que podemos hacer sin matarte! Después de todo, ¡los pecados se pagan en vida, Don Ald! ¿No te parece? ¡SHIHAHAHAHA!
La estruendosa risa del marine retumbó en las paredes de la habitación. Una habitación de torturas, algo curioso y apropiado para lo que Enji estaba proponiendo.
—¿Ustedes quieren seguir bailando con este tipo? —Echó un vistazo a Kuro y otro a Dharma—. Porque yo, francamente, quisiera llevar el ritmo de la música esta vez. Quítale las armas, Kuro. ¿Tú estás bien, extremadamente peligroso espadachín?
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