El médico brujo observaba en silencio con aquellas pupilas escarlata que resaltaban con intensidad en su mirada, fijas en el hombre calvo que tenía delante. Aquel sujeto parecía dar su testimonio con una pasión genuina que se reflejaba en el temblor de su voz y en la manera en la que gesticulaba al recordar lo ocurrido. Bones podía verlo con claridad: aquella honestidad en la forma en la cual narraba la situación parecía demasiado auténtica como para ser simplemente una invención o un intento de llamar la atención.
Parecía, de hecho, como si verdaderamente hubiese presenciado algo que escapaba a toda explicación lógica, algo que rozaba lo sobrenatural.
Sin embargo, Bones aún no estaba del todo convencido.
Después de todo, un ser espiritual no tendría un verdadero interés en los bienes materiales de las personas con las que intentara comunicarse. Aquella lógica simple chocaba directamente con lo que el tabernero le estaba relatando, y por ello aquella explicación sobrenatural, aunque fascinante, no terminaba de encajar del todo en su mente analítica.
—La mujer de blanco… —repitió Bones después de escuchar nuevamente aquella descripción.
Pronunció el nombre con cierto aire pensativo, casi como si estuviera saboreando las palabras. El concepto tenía un tono intrigante, casi literario.
Casi parecía el título de una novela de misterio o de una historia sobrenatural que los niños escucharían alrededor de una fogata.
Una figura fantasmagórica vagando por los caminos, apareciendo en las noches para aterrorizar a los viajeros descuidados…
Sí, definitivamente sonaba como el origen perfecto para una leyenda urbana que podría transmitirse de boca en boca entre los habitantes de la ciudad.
Durante unos instantes, la mente de Bones divagó ligeramente con aquella idea, hasta que una palabra específica en el relato del tabernero captó por completo su atención.
Presión.
La manera en que Bento había descrito aquella sensación justo antes de caer inconsciente despertó de inmediato el interés del médico brujo.
El interés de Bones no provenía del relato fantasmal, sino de aquella presión en la nuca.
Siendo alguien con amplios conocimientos sobre venenos, sedantes y diversas sustancias naturales utilizadas por curanderos, chamanes y médicos clandestinos, su mente se enfocó de inmediato en los síntomas previos al desmayo. En ese instante, su lado médico tomó el control absoluto de su atención.
—¿Presión? —preguntó Bones con un tono calmado pero analítico—. ¿Podría detallar mejor la presión que sentía exactamente? ¿Tal vez experimentó alguna sensación de amargor o dulzor en la garganta antes de perder el conocimiento?
Aquellas preguntas no eran casuales.
Esperó la respuesta del hombre con paciencia, analizando cada uno de sus gestos mientras comenzaban a caminar hacia la zona donde, según el tabernero, se había visto por última vez a aquel supuesto espíritu que estaba atemorizando a los habitantes de los alrededores.
Bones siguió de cerca a Oliveira mientras avanzaban por un sendero cada vez más estrecho.
El camino tenía una anchura angosta y estaba rodeado por un denso follaje que pertenecía a la arboleda que crecía salvaje a ambos lados del sendero. Las ramas y hojas se entrelazaban por encima de ellos, creando una especie de túnel natural que dejaba pasar muy poca luz.
A aquellas horas de la noche, recorrer aquel lugar resultaba verdaderamente tétrico.
Sin embargo, Bones no parecía particularmente afectado por ello.
Habiendo pasado buena parte de su juventud sobreviviendo en las calles, ya estaba acostumbrado a los rincones oscuros del mundo. Lugares abandonados, callejones peligrosos, bosques silenciosos o ambientes cargados de presencias incómodas ya no lograban perturbarlo como lo harían con una persona común.
La voz del tabernero volvió a resonar mientras avanzaban por aquel oscuro camino de tierra.
La única iluminación que tenían provenía de las linternas que llevaban consigo, cuya luz tenue apenas lograba abrirse paso entre la densidad de los árboles. Aun así, aquella iluminación era suficiente para que ambos pudieran orientarse y evitar tropezar con las raíces que sobresalían del suelo.
—No se preocupe —dijo Bones con tranquilidad—. Lo importante es resolver este problema cuanto antes. Así no tendrá que seguir lamentando la ausencia de sus clientes.
El moreno entendía perfectamente lo delicado que podía ser un negocio como una taberna. Si el rumor de un espíritu peligroso comenzaba a expandirse entre la población, el flujo de clientes disminuiría rápidamente.
Y una taberna sin clientes era una taberna condenada.
—Es un gusto conocerlo, señor Bento. Mi nombre es Dr. Bones, médico brujo de profesión… e ilusionista por diversión.
Su tono buscaba aliviar un poco el ambiente tenso que se había instalado entre ellos. Una pequeña chispa de humor que contrastaba con el silencio inquietante del bosque.
Ese silencio solo era interrumpido por las suaves brisas nocturnas que agitaban las copas de los árboles, produciendo un susurro constante entre las hojas.
El vaho del aliento de Bones se volvió levemente visible frente a su rostro.
La temperatura había descendido ligeramente.
Mientras avanzaban unos metros más, finalmente llegaron hasta una gran roca que se alzaba en medio del camino. La piedra tenía un aspecto irregular, erosionado por el paso del tiempo, y alrededor de ella alguien había atado una cinta rojiza que destacaba incluso bajo la tenue luz de las linternas.
Bento levantó su mano y señaló la roca.
Explicó de manera breve que aquel era exactamente el lugar donde había perdido la conciencia días atrás.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
De la nada, un viento distinto atravesó el bosque.
No era una brisa común.
Fue una ráfaga más intensa que recorrió las copas de los árboles, provocando un sonido profundo entre las ramas.
En ese mismo instante, Bento se llevó la mano a la nuca nuevamente.
Su cuerpo comenzó a tambalearse.
Las palabras salieron entrecortadas de su boca.
Su voz estaba llena de miedo.
Antes de que pudiera decir algo más, las fuerzas abandonaron su cuerpo.
La linterna cayó de su mano y rodó por el suelo mientras su cuerpo se desplomaba.
—¡Bento! —exclamó Bones mientras corría rápidamente hacia él.
Pero en ese mismo momento, algo más captó su atención.
Gracias a lo agudos que eran sus sentidos, especialmente su olfato, el médico brujo percibió un aroma muy particular flotando en el aire.
Un olor que conocía demasiado bien.
Sus pupilas escarlata se afilaron.
¿Estramonio? —pensó inmediatamente.
Alcaloides neurotóxicos.
Una planta peligrosa, conocida por provocar alucinaciones intensas y pérdida de conciencia cuando se inhalaba o ingería en dosis adecuadas.
Muchos chamanes mezclaban esta planta con tabaco para crear preparados psicoactivos utilizados en rituales espirituales.
Entonces…
La conclusión comenzaba a formarse en su mente.
Pero no tuvo tiempo de terminar aquel razonamiento.
La sensación de una presencia cercana se volvió repentinamente más intensa.
Había alguien más allí.
Muy cerca.
Bones permaneció quieto por un instante, permitiendo que sus sentidos se concentraran en aquel rastro aromático que flotaba en el aire nocturno.
En esos momentos solo podía pensar en una cosa.
Seguir ese rastro, dando un salto hacia donde el espíritu habia escapado.
Porque si aquel aroma provenía del estramonio, entonces la respuesta a todo lo que estaba ocurriendo en la taberna no tenía nada de sobrenatural.
Y Bones estaba decidido a descubrir quién estaba detrás de aquella elaborada ilusión.
Parecía, de hecho, como si verdaderamente hubiese presenciado algo que escapaba a toda explicación lógica, algo que rozaba lo sobrenatural.
Sin embargo, Bones aún no estaba del todo convencido.
Después de todo, un ser espiritual no tendría un verdadero interés en los bienes materiales de las personas con las que intentara comunicarse. Aquella lógica simple chocaba directamente con lo que el tabernero le estaba relatando, y por ello aquella explicación sobrenatural, aunque fascinante, no terminaba de encajar del todo en su mente analítica.
—La mujer de blanco… —repitió Bones después de escuchar nuevamente aquella descripción.
Pronunció el nombre con cierto aire pensativo, casi como si estuviera saboreando las palabras. El concepto tenía un tono intrigante, casi literario.
Casi parecía el título de una novela de misterio o de una historia sobrenatural que los niños escucharían alrededor de una fogata.
Una figura fantasmagórica vagando por los caminos, apareciendo en las noches para aterrorizar a los viajeros descuidados…
Sí, definitivamente sonaba como el origen perfecto para una leyenda urbana que podría transmitirse de boca en boca entre los habitantes de la ciudad.
Durante unos instantes, la mente de Bones divagó ligeramente con aquella idea, hasta que una palabra específica en el relato del tabernero captó por completo su atención.
Presión.
La manera en que Bento había descrito aquella sensación justo antes de caer inconsciente despertó de inmediato el interés del médico brujo.
El interés de Bones no provenía del relato fantasmal, sino de aquella presión en la nuca.
Siendo alguien con amplios conocimientos sobre venenos, sedantes y diversas sustancias naturales utilizadas por curanderos, chamanes y médicos clandestinos, su mente se enfocó de inmediato en los síntomas previos al desmayo. En ese instante, su lado médico tomó el control absoluto de su atención.
—¿Presión? —preguntó Bones con un tono calmado pero analítico—. ¿Podría detallar mejor la presión que sentía exactamente? ¿Tal vez experimentó alguna sensación de amargor o dulzor en la garganta antes de perder el conocimiento?
Aquellas preguntas no eran casuales.
Esperó la respuesta del hombre con paciencia, analizando cada uno de sus gestos mientras comenzaban a caminar hacia la zona donde, según el tabernero, se había visto por última vez a aquel supuesto espíritu que estaba atemorizando a los habitantes de los alrededores.
Bones siguió de cerca a Oliveira mientras avanzaban por un sendero cada vez más estrecho.
El camino tenía una anchura angosta y estaba rodeado por un denso follaje que pertenecía a la arboleda que crecía salvaje a ambos lados del sendero. Las ramas y hojas se entrelazaban por encima de ellos, creando una especie de túnel natural que dejaba pasar muy poca luz.
A aquellas horas de la noche, recorrer aquel lugar resultaba verdaderamente tétrico.
Sin embargo, Bones no parecía particularmente afectado por ello.
Habiendo pasado buena parte de su juventud sobreviviendo en las calles, ya estaba acostumbrado a los rincones oscuros del mundo. Lugares abandonados, callejones peligrosos, bosques silenciosos o ambientes cargados de presencias incómodas ya no lograban perturbarlo como lo harían con una persona común.
La voz del tabernero volvió a resonar mientras avanzaban por aquel oscuro camino de tierra.
La única iluminación que tenían provenía de las linternas que llevaban consigo, cuya luz tenue apenas lograba abrirse paso entre la densidad de los árboles. Aun así, aquella iluminación era suficiente para que ambos pudieran orientarse y evitar tropezar con las raíces que sobresalían del suelo.
—No se preocupe —dijo Bones con tranquilidad—. Lo importante es resolver este problema cuanto antes. Así no tendrá que seguir lamentando la ausencia de sus clientes.
El moreno entendía perfectamente lo delicado que podía ser un negocio como una taberna. Si el rumor de un espíritu peligroso comenzaba a expandirse entre la población, el flujo de clientes disminuiría rápidamente.
Y una taberna sin clientes era una taberna condenada.
—Es un gusto conocerlo, señor Bento. Mi nombre es Dr. Bones, médico brujo de profesión… e ilusionista por diversión.
Su tono buscaba aliviar un poco el ambiente tenso que se había instalado entre ellos. Una pequeña chispa de humor que contrastaba con el silencio inquietante del bosque.
Ese silencio solo era interrumpido por las suaves brisas nocturnas que agitaban las copas de los árboles, produciendo un susurro constante entre las hojas.
El vaho del aliento de Bones se volvió levemente visible frente a su rostro.
La temperatura había descendido ligeramente.
Mientras avanzaban unos metros más, finalmente llegaron hasta una gran roca que se alzaba en medio del camino. La piedra tenía un aspecto irregular, erosionado por el paso del tiempo, y alrededor de ella alguien había atado una cinta rojiza que destacaba incluso bajo la tenue luz de las linternas.
Bento levantó su mano y señaló la roca.
Explicó de manera breve que aquel era exactamente el lugar donde había perdido la conciencia días atrás.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
De la nada, un viento distinto atravesó el bosque.
No era una brisa común.
Fue una ráfaga más intensa que recorrió las copas de los árboles, provocando un sonido profundo entre las ramas.
En ese mismo instante, Bento se llevó la mano a la nuca nuevamente.
Su cuerpo comenzó a tambalearse.
Bento Oliveira escribió:— Es ella… es… está aquí… pude verla…
Las palabras salieron entrecortadas de su boca.
Su voz estaba llena de miedo.
Antes de que pudiera decir algo más, las fuerzas abandonaron su cuerpo.
La linterna cayó de su mano y rodó por el suelo mientras su cuerpo se desplomaba.
—¡Bento! —exclamó Bones mientras corría rápidamente hacia él.
Pero en ese mismo momento, algo más captó su atención.
Gracias a lo agudos que eran sus sentidos, especialmente su olfato, el médico brujo percibió un aroma muy particular flotando en el aire.
Un olor que conocía demasiado bien.
Sus pupilas escarlata se afilaron.
¿Estramonio? —pensó inmediatamente.
Alcaloides neurotóxicos.
Una planta peligrosa, conocida por provocar alucinaciones intensas y pérdida de conciencia cuando se inhalaba o ingería en dosis adecuadas.
Muchos chamanes mezclaban esta planta con tabaco para crear preparados psicoactivos utilizados en rituales espirituales.
Entonces…
La conclusión comenzaba a formarse en su mente.
Pero no tuvo tiempo de terminar aquel razonamiento.
La sensación de una presencia cercana se volvió repentinamente más intensa.
Había alguien más allí.
Muy cerca.
Bones permaneció quieto por un instante, permitiendo que sus sentidos se concentraran en aquel rastro aromático que flotaba en el aire nocturno.
En esos momentos solo podía pensar en una cosa.
Seguir ese rastro, dando un salto hacia donde el espíritu habia escapado.
Porque si aquel aroma provenía del estramonio, entonces la respuesta a todo lo que estaba ocurriendo en la taberna no tenía nada de sobrenatural.
Y Bones estaba decidido a descubrir quién estaba detrás de aquella elaborada ilusión.
Off-Rol
