Presente Absoluto / T4 La arena en la nieve.
#8
La puerta de entrada a la sala cinco se cerró nada más entrar a la habitación, eso lo distrajo y lo hizo sujetar los hilos que colgaban de la mochila negra que aun llevaba en su espalda, además de darse la vuelta para verificar lo que había provocado el cierre repentino; sin embargo, aún confiado, sonrió de medio lado y asumió que solo era un truco de la casa para asustar a los incautos…no funcionaría con él…bueno, eso creyó hasta que se giró y avanzó un paso más en el interior del cuarto, algo que hizo que, por fin, sus ojos dorados pudieran visualizar el horror dentro de esa macabra habitación.
 
Quizá para alguien más no sería nada, pero para el médico, ese lugar era el mismísimo infierno. Por un momento creyó que murió y en verdad ese parque solo era la entrada a su castigo eterno…no podía haber otra opción.
 
El médico sujetó los tirantes ajustables de la mochila, tan fuerte que la tela rústica empezaba a lastimarlo, aunque era lo de menos, pues, por instinto, sus dientes volvieron a la mala maña de morder el interior de su boca, la diferencia es que esta vez el sabor metálico de la sangre no lo detuvo de seguir hiriéndose, bueno…quizá porque ni siquiera prestó atención real al sabor o al dolor en su boca…no, tenía algo más importante de lo que preocuparse: Al mirar hacia el techo notó los muchos martillos y otras cantidades de objetos como mazas que se balanceaban sobre su cabeza despreocupadamente…¿Quién añadía algo tan peligroso a la atracción de un parque?
 
El corazón del médico empezó a acelerarse y, de repente, el frío del exterior parecía haberse pasado por completo, pues ya no había rastro de la incomodidad de temperatura en su cuerpo, al contrario, sintió su piel caliente y sus mejillas arder, además de un dolor de cabeza que empezaba a molestar desde su nuca hasta la parte de atrás de su cráneo…Estaba seguro de que su presión había subido. No conforme con eso, su respiración de agitó, empezaba a hiperventilar mientras que sus manos se aferraban con más fuerza a los tirantes de la mochila, ya empezaban a arderle, aun con los guantes puestos.
 
—¿Por q…qué…ha…hay…? —No sabía a quien le hablaba y tampoco es que, si alguien estuviera en la habitación, hubiera podido escucharlo, pues su pregunta salió en un hilo de voz que era apagado aun más por el choque de los martillos entre sí.
 
Dio un paso hacia atrás y…ese fue su peor error.
 
No lo vio venir, solo sintió cuando un objeto frío y evidentemente metálico chocó con la parte de atrás de su cabeza (1). Fue leve, algo a lo que ni siquiera le habría prestado atención en otro momento o de estar en un sitio que considerara “más seguro”, pero ahora…el golpe le heló la sangre y lo hizo perder cualquier señal de raciocinio que quedara en su mente.
 
—Debo salir…d…debo salir de…aquí —. Su mente era ahora un pantano de aguas muy turbias. Cualquiera con mejor orientación y sin nada de miedo solo se habría girado para regresar por donde vino, pero, esas obviedades quedaron atrás para el médico, quien, al levantar su mirada, notó que al final de la habitación había una puerta muy parecida a la que había usado para entrar…por un instante creyó que había avanzado más de la cuenta y por eso se había alejado de la entrada, así que, con su lógica anulada, el médico, temblando de miedo, con la cabeza agachada y ahora cubierta por sus manos enguantadas, dio otro paso al frente y…volvió a paralizarse en su lugar, no sin antes sobresaltarse, pues otro golpe chocó con una de las manos que cubrían su cabeza (2).
 
—¡Ba…basta! —Notando que avanzar con calma no le estaba sirviendo de nada, el pelirrosa cerró sus ojos y avanzó a ciegas unos 2 metros más, en los que, por suerte para él, no recibió ningún golpe; sin embargo, al llegar al final de la habitación e intentar abrir la “puerta”, terminó chocando con un espejo que cubría justo el medio de la pared, reflejando la puerta a la perfección...Ni siquiera había notado su propio reflejo cuando caminó hasta ahí, solo ahora podía ver reflejada la desesperación en su rostro. —¡No, no, no! De…debe ser una…broma —. Su respiración volvía a agitarse mientras que su puño chocó con el espejo al mismo tiempo que otro martillo chocó con ese mismo puño (3) que usó para golpear el cristal, haciendo que este cayera en pedazos sobre el suelo.
 
Cuando se dio cuenta de su error, el médico dio un paso atrás y volvió a chocar con algo que lo hizo tropezar y sentarse sobre el suelo. Sus manos temblaban tanto como sus piernas y; sin embargo, pudo sostener entre estas el objeto que provocó su caída: una cajita con detalles en oro. Se habría detenido a verla por más tiempo, incluso habría intentado abrirla, pero, lo cierto es que el sonido de dos martillos chocando justo encima suyo lo hicieron devolverse a su realidad. Apretó la cajita con fuerza contra su pecho, como si esta pudiera sacarlo del horror que estaba viviendo y se levantó para empezar a correr de manera errática de regreso a la verdadera puerta.
 
Nada malo pasó al recorrer el primer metro hacia la salida, pero en los otros tres metros que siguieron, al estar corriendo de manera tan imprecisa, no fue capaz de evitar los tres golpes que le siguieron, uno a su mano izquierda (4), otro golpe en su brazo derecho (5) y, un metro antes de llegar a la salida, recibió un martillazo en su hombro derecho (6). Ese último golpe lo hizo apresurarse más y con ello cerro la distancia que lo separaba de la puerta, colocó su mano libre, la derecha, sobre el pomo y lo giró para salir...Nunca creyó que salir de un sitio tomaría tanto tiempo.
 
Sintió que la puerta era imposible de abrir, aunque la estaba girando al lado contrario y, luego, al darse cuenta de su error, volvió a girarla hacia el lado correcto. La puerta se abrió sin problemas y, el pelirrosa, que estaba pegado a la madera, salió de la sala cinco trastabillando como nunca, tanto que no pudo estabilizarse hasta llegar a la mitad del pasillo, en donde apoyó una de sus manos sobre sus rodillas para evitar caer de cara al suelo.
 
Respiraba rápido, demasiado, ni siquiera tenía tiempo para regularizar su respiración. En su cabeza solo reinaba el caos y, de hecho, no podía escuchar con claridad cualquier cosa que estuviera a su alrededor, pues sus oídos solo percibían un pitido molesto. Sacudió su cabeza, intentó erguirse, pero volvía a fallar, sus piernas temblaban y, al final, terminó apoyado contra otra puerta, una que tenía un “2” dibujado en su exterior.
 
—Jmmm…N…no recuerdo que la entrada tuviera un número…pero…podría intentarlo —. No lo pensó dos veces y, aun con la cajita dorada en sus manos y su corazón latiendo a mil por hora, abrió la puerta número “2” y la traspasó sin dudarlo, aun con la mente nublada e incapaz de saber si de verdad era la salida al exterior o era algo más.
 
Botiquín. Solo abrir en caso de emergencias
[Imagen: hyakocheja.png]
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RE: Presente Absoluto / T4 La arena en la nieve. - por Hyákinthos - 07-04-2026, 08:31 AM

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