[Aventura | T2 | P. Absoluto ] La sal y la Insignia
#1
11 de Otoño del Año 17


El olor llegó primero. Sal, brea vieja y algo más difícil de nombrar. Eso tan difícil de nombrar era la clase de quietud que tienen los lugares que aprendieron a no hacer ruido. Las gaviotas sobrevolaban el muelle sin gritar, silenciosas como si no quisieran molestar tampoco mas de la cuenta. La bahía se abría en una curva de roca oscura. Dos docenas de casas de madera ennegrecida por la humedad formaban una sola calle que moría en el agua. Las redes colgaban entre postes sin que nadie las recogiera y los botes descansaban amarrados. Un asta sin bandera se alzaba en un costado de la plaza que daba al mar y el gancho oxidado donde debería haber algo colgando oscilaba despacio con el viento.

En el centro de esa plaza que era más tierra apisonada que plaza tres soldados de la Marina rodeaban a un pescador de espalda encorvada y manos que habían anudado suficiente cuerda como para no anudar mas en toda su vida. El pescador tenía una caja de madera a sus pies y no miraba a los soldados. Miraba el suelo. -Tres semanas de retraso, Arko. El sargento no tiene paciencia infinita.- El soldado del centro, el más joven de los tres, llevaba el casco torcido dos dedos hacia la derecha y la voz de quien ensaya la amenaza que acaba de decir en casa antes de usarla en público. El pescador no levantó la vista de inmediato. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la caja, nerviosos y algo rabiosos. -Las mareas no han sido buenas. Todos en el pueblo lo saben.--El sargento no vive en el pueblo.-

A la derecha del grupo, separado por algunos pasos se encontraba el tercer marine, el tercer hombre de uniforme no miraba al pescador. Miraba el muelle a las redes a los botes. Sus ojos se movían con una atención que no correspondía a ningún deber asignado. Sin embargo estaba allí, como todos. Realizando aquella accion de dudosa moralidad. Tenía algo en el bolsillo izquierdo del chaleco. No lo tocó. Pero los dedos se acercaron, un segundo, antes de volver a posición.

Al extremo del muelle, donde los pilotes más viejos se hundían en el agua, un chico de unos doce años enrollaba cuerda con movimientos demasiado lentos para ser trabajo y demasiado constantes para ser descanso. Cada treinta segundos levantaba la vista hacia el grupo y la bajaba antes de que alguien pudiera registrar que había mirado. Sobre el cajón de madera en el que estaba sentado había una paloma posada. No una de las gaviotas del puerto que se encontraban calladas. Una paloma mensajera, con una pequeña correa vacía en la pata izquierda.

Cerca, la taberna pegada al muelle tenía la puerta entreabierta. Dentro, voces bajas. La clase de conversación que se interrumpe sola en cuanto entra alguien que no debería oírla.

Arko tomó la caja del suelo y la extendió hacia el soldado joven con los dos brazos. Dentro había monedas. El soldado las miró. Luego miró el callejón que subía en curva hacia la parte alta del pueblo, como si esperara que alguien bajara por él.

El sargento no había aparecido todavía. Las gaviotas seguían en silencio.

[Imagen: npGweV9.jpeg]

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