08-04-2026, 07:00 PM
11 de Otoño del Año 17
Los puertos nunca han sido un lugar agradable para Dean, ya que ofrecen una vista en primera fila del basto mar que para muchos es un aliado de suma confianza, pero para el peliblanco parecía un muro impenetrable, recordándole cada vez que por más grande que sea el mundo, estaba encerrado en un pedazo de tierra que es demasiado pequeño, comparado con lo que hay fuera. Esta inquietud incrementó cuando comió esa maldita (o bendita) fruta de sabor indescriptiblemente malo. Gracias a información de un superior de la revolución, supo que el mar sería su enemigo jurado en lo que le restaba de vida, algo que si se piensa demasiado, puede ser más que aterrador.
Afortunadamente, Dean no tenía tiempo para preocuparse por ese tipo de pensamientos, pues hace unas cuantas horas le asignaron una misión que pondría a prueba todas las habilidades y experiencias que ha acumulado a lo largo de sus 27 años, que puede no ser mucho, pero algo se aprende en casi 10 mil días.
En la revolución se comenzó a sospechar que la corrupción ha ido corrompiendo el amigable puerto de Baquella. Un caso más de tantos, pero esta vez el peliblanco tenía la chance de hacer algo, había sido enviado a investigar y con suerte poder detener aquello... o quizá podía empeorar las cosas, la verdad es que las posibilidades eran infinitas, más teniendo en cuenta que esta era su primera misión de ese estilo y lo haría solo. Lo prefería, pero sigue poniendo más peso sobre su espalda. Por ahora, todo depende de él. - Bueno... Manos a la obra. -
Llegó muy temprano para poder dar un par de vueltas al lugar, conocer las calles y casas que componen el sector. Se adentró a pequeños rincones, buscando zonas por las que puede escapar en caso de ser necesario o por el contrario, ver donde puede acorralar a alguien sin levantar sospecha.
Sus primeras tres horas en el lugar se esfumaron en ese reconocimiento, donde pudo sacar algunas conclusiones, aunque nunca llegará a conocer el lugar como los nativos o quienes trabajan en ese lugar de manera inalcanzable. En su recorrido intentó dar la menor cantidad de vueltas posible y fue muy cuidadoso con cada persona que lograba ver, haciendo lo posible por no volver a toparse dos veces con alguien. Ya tenía suficiente con su aspecto, como para ahora parecer un ladrón o que estaba planeando alguna especie de motín.
Para ser un puerto y la entrada a la principal a la ciudad, el ambiente era muy tranquilo, demasiado para su gusto. El bullicio habitual de un lugar como este, brillaba por su ausencia, en cambio el viento y el sonido del mar eran protagonistas, haciendo que Dean pudiera escuchar cada una de sus pisadas.
Por este motivo, es que una escena particular llamó su atención. A unos 10 metros de él pudo ver a alguien que a priori parecía un trabajador local, ante tres agentes que portaban el inconfundible uniforme de la marina. No habían muchos más testigo, salvo un preadolescente que estaba a unos metros arriando unos barcos, quien veía la escena cada poco con recelo.
Si Dean no hubiera tenido información previa, habría dudado de que algo raro estuviera pasando en ese intercambio entre el viejo mercader y los agentes de la marina, pero por suerte o desgracia, él justamente vino a esto, aunque aún era demasiado temprano para actuar. La paciencia es la madre de las virtudes y es una que el peliblanco tiene bien desarrollada, el miedo que pasó toda su adolescencia le ayudó a esperar, esperar y esperar.
No pudo escuchar con mucho detalle la conversación entre el viejo y el grupo, pero sí pudo ver cuando el viejo dejó una caja en el suelo y uno de los marines comenzó a examinar las monedas que parecía haber dentro, una primera gran prueba de que algo raro estaba sucediendo.
Del viejo solo podía ver su espalda encorvada, su humilde vestimenta y su cabeza que demostraba la edad con una evidente carencia de pelo y canas que lo adornaban como una coronilla.
No había que ser un genio para saber que el hombre mayor estaba pagando tributo o al menos algo relacionado con eso. Un acto que le reavivó recuerdos que deseaba borrar de su mente. Por este motivo, consideró que actuar ahora podía ser sumamente peligroso, más cuando los agente lo superaban en número. Decidió simplemente observar... ver y esperar el momento oportuno, como lo hizo antes de separarse de su madre y sobrevivir ante lo que parecía una muerte anunciada.
El peliblanco sabiendo que no podía quedarse parado viendo la escena, ya que levantaría demasiadas sospechas, se sentó en una de las cajas que estaba junto a una casa cercana al intercambio. Arriba de él había ropa de distintos colores absorbiendo los rayos de sol para secarse. Tras eso, metió una mano en su hakama y sacó una bola de arroz para comer mientras fingía ver el mar, pero cada tanto sus ojos viajaban entre el niño y el viejo, lamentablemente lo único que pudo distinguir con claridad es una sonrisa desagradable de uno de los marines.
Mientras comía, con su mano libre comenzó a buscar a su daga Shinso, la cual ocultaba entre su hakama y su bata, blanca como su piel. A la vez que esto pasaba un pensamiento se tomó su consciencia: - Algo debe cambiar... y ese cambio comenzará hoy. -
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Los puertos nunca han sido un lugar agradable para Dean, ya que ofrecen una vista en primera fila del basto mar que para muchos es un aliado de suma confianza, pero para el peliblanco parecía un muro impenetrable, recordándole cada vez que por más grande que sea el mundo, estaba encerrado en un pedazo de tierra que es demasiado pequeño, comparado con lo que hay fuera. Esta inquietud incrementó cuando comió esa maldita (o bendita) fruta de sabor indescriptiblemente malo. Gracias a información de un superior de la revolución, supo que el mar sería su enemigo jurado en lo que le restaba de vida, algo que si se piensa demasiado, puede ser más que aterrador.
Afortunadamente, Dean no tenía tiempo para preocuparse por ese tipo de pensamientos, pues hace unas cuantas horas le asignaron una misión que pondría a prueba todas las habilidades y experiencias que ha acumulado a lo largo de sus 27 años, que puede no ser mucho, pero algo se aprende en casi 10 mil días.
En la revolución se comenzó a sospechar que la corrupción ha ido corrompiendo el amigable puerto de Baquella. Un caso más de tantos, pero esta vez el peliblanco tenía la chance de hacer algo, había sido enviado a investigar y con suerte poder detener aquello... o quizá podía empeorar las cosas, la verdad es que las posibilidades eran infinitas, más teniendo en cuenta que esta era su primera misión de ese estilo y lo haría solo. Lo prefería, pero sigue poniendo más peso sobre su espalda. Por ahora, todo depende de él. - Bueno... Manos a la obra. -
Llegó muy temprano para poder dar un par de vueltas al lugar, conocer las calles y casas que componen el sector. Se adentró a pequeños rincones, buscando zonas por las que puede escapar en caso de ser necesario o por el contrario, ver donde puede acorralar a alguien sin levantar sospecha.
Sus primeras tres horas en el lugar se esfumaron en ese reconocimiento, donde pudo sacar algunas conclusiones, aunque nunca llegará a conocer el lugar como los nativos o quienes trabajan en ese lugar de manera inalcanzable. En su recorrido intentó dar la menor cantidad de vueltas posible y fue muy cuidadoso con cada persona que lograba ver, haciendo lo posible por no volver a toparse dos veces con alguien. Ya tenía suficiente con su aspecto, como para ahora parecer un ladrón o que estaba planeando alguna especie de motín.
Para ser un puerto y la entrada a la principal a la ciudad, el ambiente era muy tranquilo, demasiado para su gusto. El bullicio habitual de un lugar como este, brillaba por su ausencia, en cambio el viento y el sonido del mar eran protagonistas, haciendo que Dean pudiera escuchar cada una de sus pisadas.
Por este motivo, es que una escena particular llamó su atención. A unos 10 metros de él pudo ver a alguien que a priori parecía un trabajador local, ante tres agentes que portaban el inconfundible uniforme de la marina. No habían muchos más testigo, salvo un preadolescente que estaba a unos metros arriando unos barcos, quien veía la escena cada poco con recelo.
Si Dean no hubiera tenido información previa, habría dudado de que algo raro estuviera pasando en ese intercambio entre el viejo mercader y los agentes de la marina, pero por suerte o desgracia, él justamente vino a esto, aunque aún era demasiado temprano para actuar. La paciencia es la madre de las virtudes y es una que el peliblanco tiene bien desarrollada, el miedo que pasó toda su adolescencia le ayudó a esperar, esperar y esperar.
No pudo escuchar con mucho detalle la conversación entre el viejo y el grupo, pero sí pudo ver cuando el viejo dejó una caja en el suelo y uno de los marines comenzó a examinar las monedas que parecía haber dentro, una primera gran prueba de que algo raro estaba sucediendo.
Del viejo solo podía ver su espalda encorvada, su humilde vestimenta y su cabeza que demostraba la edad con una evidente carencia de pelo y canas que lo adornaban como una coronilla.
No había que ser un genio para saber que el hombre mayor estaba pagando tributo o al menos algo relacionado con eso. Un acto que le reavivó recuerdos que deseaba borrar de su mente. Por este motivo, consideró que actuar ahora podía ser sumamente peligroso, más cuando los agente lo superaban en número. Decidió simplemente observar... ver y esperar el momento oportuno, como lo hizo antes de separarse de su madre y sobrevivir ante lo que parecía una muerte anunciada.
El peliblanco sabiendo que no podía quedarse parado viendo la escena, ya que levantaría demasiadas sospechas, se sentó en una de las cajas que estaba junto a una casa cercana al intercambio. Arriba de él había ropa de distintos colores absorbiendo los rayos de sol para secarse. Tras eso, metió una mano en su hakama y sacó una bola de arroz para comer mientras fingía ver el mar, pero cada tanto sus ojos viajaban entre el niño y el viejo, lamentablemente lo único que pudo distinguir con claridad es una sonrisa desagradable de uno de los marines.
Mientras comía, con su mano libre comenzó a buscar a su daga Shinso, la cual ocultaba entre su hakama y su bata, blanca como su piel. A la vez que esto pasaba un pensamiento se tomó su consciencia: - Algo debe cambiar... y ese cambio comenzará hoy. -
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