[Aventura | T2 | P. Absoluto ] La sal y la Insignia
#3
El arroz olía a nada, no parecia estar muy sabroso ciertamente y era lo que se trataba puramente, comida de camino, hecha con prisa y sin sal, el tipo de cosa que se come para no caerse, no para disfrutarla. Más arriba, entre las cuerdas que cruzaban la callejuela, una camiseta rosada proyectaba una franja de sombra rosada sobre las cajas y el suelo apisonado a sus pies. Arko no había levantado la vista del suelo, estaba demasiado cansado o demasiado asustado. El soldado joven sacó una moneda de la caja y la hizo girar entre dos dedos con la destreza de quien ha repetido el gesto suficientes veces para que parezca que sabe lo que está mirando. No sabía realmente y la moneda cayó de vuelta entre las otras con un golpe seco que resonó más de lo que debería en una plaza donde nadie hablaba. -La próxima vez que haya retraso, el sargento viene él mismo. Y tú no quieres que el sargento venga él mismo, Arko.-

El pescador asintió una vez, quizas una y media debido al tembleque que le entró. No dijo nada. Sus manos soltaron la caja y se retiraron despacio a los costados del cuerpo, como si hubiera que devolverlas a donde estaban antes de que algo malo pasara. Fue en ese momento cuando Leis giró la cabeza. No hacia el muelle. No hacia el agua. Hacia la callejuela. Sus ojos recorrieron el espacio entre las casas con la misma cadencia que antes el muelle, las redes, los botes, el horizonte, pero esta vez el recorrido se detuvo una fracción de segundo en el punto donde una figura de pelo blanco se sentaba debajo de ropa tendida, comiendo algo con la indiferencia cuidadosamente construida de alguien que no quiere parecer interesado. -Nuevo.- El murmuro salió para si mismo y duró lo que dura una respiración. Leis devolvió la mirada al agua. Pero sus dedos, los de la mano izquierda, dejaron de moverse cerca del chaleco.

En el extremo del muelle, el chico había enrollado el mismo tramo de cuerda tres veces. La paloma seguía en el cajón. El chico no miró a Dean de frente miró el espacio entre Dean y la pared, la zona vacía donde técnicamente no había nada.

De la taberna salió una voz. Una sola frase, cortada por el cierre apresurado de la puerta: —...si alguien viene desde fuera, eso cambia— La puerta encajó en el marco con un sonido sordo.

El soldado joven cerró la caja y se la pasó al tercero, que no había hablado en ningún momento. Este la sujetó bajo el brazo como si hubiera sostenido cosas así cientos de veces. Porque las había sostenido, por desgracia. -La semana que viene puntual.- Arko no respondió. Asintió otra vez, y en el gesto había algo que no era sumisión exactamente era la sabiduria de un hombre que guarda energía para cuando la va a necesitar de verdad.

Los dos soldados que hablaban empezaron a moverse hacia el extremo norte de la plaza, donde la calle principal subía en curva hacia el interior del pueblo. Leis no los siguió de inmediato, aun no. Se quedó tres pasos atrás, con la vista en el muelle, y en ese espacio de dos segundos sacó algo del bolsillo y lo hizo desaparecer en la palma sin que hubiera nada que ver para quien no estuviera mirando exactamente en el momento exacto. Un papel, doblado muy pequeño.

Lo soltó sobre el borde del último poste del muelle al pasar. Luego siguió a sus compañeros cuesta arriba sin mirar atrás. Arko siguió de pie en la plaza vacía. No se movió hacia el papel. No miró hacia el poste. Pero tampoco se fue.

Desde arriba del callejón, donde la curva cerraba la vista, llegó el sonido de pasos lentos y pesados que bajaban. Se detuvieron.

[Imagen: msNsPW0.jpeg]

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