09-04-2026, 11:54 PM
Kibai contempló como Moja entraba en Sulong enfrente de sus ojos. El pelaje negro se volvió de un blanco purísimo. Creció, alzándose hasta alcanzar unos centímetros más que él. El uniforme se le desgarró por la zona del pecho, dejando ver una masa de músculos cubbierta de chispas azules.
— "Nos van a tener zurciendo uniformes un condenado mes por esto..." pensó Kibai mientras Moja, ya totalmente transformado, fijaba la vista en él. Sin duda, el Sulong de su compañero era similar al del propio Kibai, pero a su vez, distinto. El pelaje de Kibai no brillaba con la puerza nacarada del de Moja, sino que más bien parecía resplandecer desde dentro, aunque sin perder los circulos negros originales.
— "Al fin y al cabo también somos diferentes sin el Sulong, por qué iba a cambiar con él..."
Su compañero se puso en guardia. Era obvio que tenía algo más de experiencia que Kibai en el uso de la técnica ancestral de los Mink, pero sabía que aunque fuese un entrenamiento, debería emplearse a fondo si quería hacer un buen papel. La rapidez de Moja era tremenda, y su fruta muy, muy complicada de lidiar.
— Está bien, no sea que Stroud le de por preocuparse. — rio con ganas mientras colocaba una mano en su espalda, con el bokken en posición de guardia. — Vamos pues!
Arrancando una ráfaga de nieve caída con el impulso, Kibai se lanzó contra Moja, confiando en la enorme potencia del Electro que recorría sus venas para cruzar la distancia que los separaba en una breve carrera. Estudiando la posición y la guardia de Moja, Kibai realizó un quiebro justo antes de llegar hasta él, girando sobre el pie derecho para propinar un talonazo horizontal contra el antebrazo izquierdo del mink, el más adelantado de la guardia de su compañero.
Con la misma inercia del giro, Kibai lanzó tres estocadas en una fulgurante sucesión, empleando el bokken como si fuese un estoque de esgrima, acertando con la punta de madera en el muslo izquierdo y el hombro derecho de Moja, antes de saltar por encima de él, trazando una pirueta en el aire para dar un suave capirotazo en la nuca de su compañero, cayendo con gracilidad a seis metros a su espalda.
— Eh sargento, estoy aquí!
Sonriendo con sus agrandados colmillos, Kibai se dio un pequeño toque en la nariz con el pulgar, recuperando la pose de guardia.
La Caja de Pandora
