11-04-2026, 02:53 AM
Sus ojos observaron la sonrisa. Incluso en una condición de esclavitud aquella muchacha parecía ser capaz de mantener una. Por lo poco que conocía, ya llevaba un tiempo allí y, fuera de eso, también estaba el clarísimo favoritismo de O’Connelli hacia la muchacha. No eliminó su sonrisa, elevando su diestra, esperando ver si la contrarla ya aceptaba.
En caso de que la mujer aceptara su mano, la acercaría a sus labios, dando un corto beso de cortesía y educación, para luego soltarla. En caso contrario, respetaría las distancias y la dejaría ser. Podía notar en esa confianza una pequeña vulnerabilidad: falta de confianza. ¿Por eso nunca habría intentado huir? Estaba seguro de que tenía potencial, no de qué forma, pero nunca estaba de más estar atento. —Se lo digo sinceramente, señorita. Dudo mucho que se tenga que asustar de usted misma. Podría mirarse en el agua, y estoy seguro de que se vería con una sonrisa más hermosa. ¿Por qué no lo intenta? Hay una fuente por aquí.
Ahora sí estaba sorprendido. No se esperaba una respuesta así, y con ello sintió curiosidad. ¿Cómo perdió las cuerdas vocales? ¿Quizás fue un desgaste natural? ¿O tal vez fue alguna agresión? Sin embargo, elevó de nuevo la diestra, sacudiéndola de lado a lado y negó con la cabeza. —No se preocupe, señorita. Molestia ninguna, no es culpa suya. — descendió su mano, sus ojos manteniéndose en los ojos de la muchacha. Había escuchado, gracias a su afilado sentido del oído también, el rugido de su estómago. Fue cuando finalmente desvió la mirada, viendo a la persona que parecía pasear con comida. ¿No la habían alimentado? Era un momento oportuno.
—Quizás se equivoca y sí quiera hacerlos con usted, señorita Seraphine. — Su sonrisa era más maliciosa, al fin parecía estar más cerca de cumplir la misión que llevaba tantos años intentando quitarse de encima. —Pero tengo hambre, así que me encantará acompañarla a comer. No se preocupe por el señor O’Connelli, yo me encargaré. — Conocía partes de la zona, y volvió la mirada en el collar de la muchacha. Ciertamente, no bromeaba cuando mencionó la lástima que le provocaba semejante objeto en una belleza como ella. Elevó sus hombros, restándole importancia y elevó su brazo. Esperaba que, pese a la diferencia de alturas, no fuera demasiado inconveniente que aceptara guiarla hasta donde pudieran comer.
—Podría contarte un secreto, pero eso significaría que no le hablarías nunca a nadie de eso, mucho menos a quien te puso ese collar. — Ya fuera que aceptara su brazo o no, ya estaba caminando, y su voz ahora era bajita, más suave, calculando el tono exacto para saber que solo ella la escucharía. —Y allí es donde usted entraría en mis negocios, querida Seraphine. Porque, admitámoslo, no me gusta ver pájaros enjaulados cuando pueden volar libremente en el exterior y sonreír más vívidamente. — Sus ojos se enfocaron de nuevo en la mujer. Era una indirecta, clara, pero no sabía si la llegaría a captar. —Tengo muchos recursos.

—Déjeme ponerlo en duda, señorita. Sigue siendo hermosa a mi vista.
En caso de que la mujer aceptara su mano, la acercaría a sus labios, dando un corto beso de cortesía y educación, para luego soltarla. En caso contrario, respetaría las distancias y la dejaría ser. Podía notar en esa confianza una pequeña vulnerabilidad: falta de confianza. ¿Por eso nunca habría intentado huir? Estaba seguro de que tenía potencial, no de qué forma, pero nunca estaba de más estar atento. —Se lo digo sinceramente, señorita. Dudo mucho que se tenga que asustar de usted misma. Podría mirarse en el agua, y estoy seguro de que se vería con una sonrisa más hermosa. ¿Por qué no lo intenta? Hay una fuente por aquí.
Ahora sí estaba sorprendido. No se esperaba una respuesta así, y con ello sintió curiosidad. ¿Cómo perdió las cuerdas vocales? ¿Quizás fue un desgaste natural? ¿O tal vez fue alguna agresión? Sin embargo, elevó de nuevo la diestra, sacudiéndola de lado a lado y negó con la cabeza. —No se preocupe, señorita. Molestia ninguna, no es culpa suya. — descendió su mano, sus ojos manteniéndose en los ojos de la muchacha. Había escuchado, gracias a su afilado sentido del oído también, el rugido de su estómago. Fue cuando finalmente desvió la mirada, viendo a la persona que parecía pasear con comida. ¿No la habían alimentado? Era un momento oportuno.
—Quizás se equivoca y sí quiera hacerlos con usted, señorita Seraphine. — Su sonrisa era más maliciosa, al fin parecía estar más cerca de cumplir la misión que llevaba tantos años intentando quitarse de encima. —Pero tengo hambre, así que me encantará acompañarla a comer. No se preocupe por el señor O’Connelli, yo me encargaré. — Conocía partes de la zona, y volvió la mirada en el collar de la muchacha. Ciertamente, no bromeaba cuando mencionó la lástima que le provocaba semejante objeto en una belleza como ella. Elevó sus hombros, restándole importancia y elevó su brazo. Esperaba que, pese a la diferencia de alturas, no fuera demasiado inconveniente que aceptara guiarla hasta donde pudieran comer.
—Podría contarte un secreto, pero eso significaría que no le hablarías nunca a nadie de eso, mucho menos a quien te puso ese collar. — Ya fuera que aceptara su brazo o no, ya estaba caminando, y su voz ahora era bajita, más suave, calculando el tono exacto para saber que solo ella la escucharía. —Y allí es donde usted entraría en mis negocios, querida Seraphine. Porque, admitámoslo, no me gusta ver pájaros enjaulados cuando pueden volar libremente en el exterior y sonreír más vívidamente. — Sus ojos se enfocaron de nuevo en la mujer. Era una indirecta, clara, pero no sabía si la llegaría a captar. —Tengo muchos recursos.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
