14-04-2026, 05:33 AM
¿No es esto gracioso? Hasta interesante, diría. La delicadeza se ha transformado en fiereza. Impresionante, sí. ¿Preocupante? También. Pero, sobre todo, gracia provoca en la peliverde, pues tanta agresividad proviene de un ser que, hasta hace minutos atrás, parecía desvanecerse con un soplo de aire. ¿Responsable de tal cambio es este hombre? Aparece la sonrisa.
Ante la presión en su muñeca, la incredulidad obliga a la cazadora a alzar la ceja. Es irrespetuoso, y lo sabe, pero ni siquiera trata de esconder una pequeña risa cuando tan altiva se muestra la contraria.
—¿Cómo cree? ¿Piensa en que me adueñaría de algo que le pertenezca, señorita Nannet? —Porque no se equivocada para nada. Quizá la de cabellos rosados puede ver aquello por la forma en la que Yuqi humedece sus labios con una repasada de su lengua, al segundo de posar su mirada sobre el hombre. Echarle más pólvora a la situación. ¿No es obvio que eso hace? Con toda la intención. —No tenga miedo. Yo no muerdo.
Otra mentira más a la lista de esa noche. En marcar lo ajeno para volverlo suyo no dudará. Un algo, un alguien, ¿por qué no? Su atención ha sido robada por el rubio. Específicamente, por lo que carga. Entonces, no es raro que una que otra miradita le eche a la funda, y tampoco que decida prestar atención al pequeño diálogo que comparte el par de hombres tan cerca suyo. Una chismosa con todas las letras, ¿a qué sí? Pero, al final de la noche, tiene un trabajo y eso es la que la obliga a barrer la escena con la mirada.
Y allí está.
En cuanto observa por el rabillo del ojo al guardia con algo entre las manos lo primero que hace no es acortar la distancia. El sonido de una tela rasgándose es lo que se hace escuchar, aunque brevemente. Expuesta queda la piel de su muslo derecho, como lo hace también parte de su ropa interior, pues comodidad quiere al moverse. Al segundo, saltar hacia su preciada arma y tomarla es su único objetivo.
Ahora, esto es divertido.
En el aire sus dedos se extienden y se cierran antes de que otra idea pueda formarse en su cabeza. En su mano cae con naturalidad el objeto. Sostenerla es sinónimo de una sonrisa en su rostro. Extrañaba tanto el tacto, pero no es lo único que quiere ahora. Un objetivo busca, Topón se lo brinda.
—Mitchi, ¿verdad?
Menciona, saboreando un nombre que hasta falso podría ser. Sin embargo, en esa noche, ¿qué no lo ha sido? ¿Y no es eso, acaso, lo divertido? Máscaras cayendo, aunque no por completo. A medias mantiene su fachada la máscara, pero ¿qué puede ocultar lo que siente Nannet? Un vistazo basta. No hay que ser un gran observador para notar la urgencia con la que toma al hombre. ¿Es el centro de atención de todos los presentes?
El protagonista.
¿Será ella la villana?
Hacia adelante se inclina, sin pensarlo. Sin titubeo alguno es que avanza. Un paso que se transforma en salto, sin palabras adornando su boca, simplemente una curva que emoción denota. De esa forma es que ella acorta la distancia hacia el par y el tridente acomoda para atacar. ¿A qué lado irá? Su cabeza ya lo tiene decidido.
—No corran, no es educado —Un regaño suave, gentil, como si en verdad fuese la doctora que afirmaba ser desde que aquel acto empezó. Es esa amabilidad lo que contraste hace con la decisión con la que ataca. Apunta hacia el centro con la vara, directo a la unión de estos “enamorados”. Separarlos es lo que importa, no herirlos.
Solo quiere alejarlos, ¿sí? Y ella acercarse más.
No ha terminado aún, pues quiere aprovechar el camino que su tridente le ha abierto. Pero no se dirige hacia al hombre que ha robado todos los focos, sino a la mujer que ha iniciado la historia.
Nannet.
De nuevo, qué nombre de mierda. Pero qué útil es, o puede llegar a ser.
La mano libre no duda, y sus dedos no tardan en alcanzar la muñeca de la pelirrosa. Hacia sí misma la tira con un movimiento repentino y rudo, buscando el desestabilizarla. El tridente, en cambio, sabe bien a dónde apuntar. Su propósito es únicamente situarse cerca del cuello ajeno, la punta inferior es una amenaza para ella y, espera, que una advertencia para él.
—Dije que no corriesen, y todos los actos tienen consecuencias —Murmura una vez que su cuerpo se ha posicionado detrás de Nannet, a unos tres metros del rubio. Sin vergüenza la utiliza como barrera humana. Es la única forma de defenderse por el momento. Un brazo controla, el otro mantiene el arma.
¿Estaba todo planeado? Por supuesto que no, pero las cosas cambiaban… Y usar a la mujer de carnada podía funcionar. O no podía en absoluto. Sus ojos buscan la respuesta al cruzarse con los del rubio.
—Si te importa tanto ella, quédate exactamente donde estás —Infantil indica, jugando con los nervios de quienes los rodean al acercar el filo de su arma a la piel ajena. No va más allá. —Y muestra ese regalo más de cerca, o al menos deja que Topón lo vea.
Curiosidad por el arma no posee, sino por la reacción de ambos.
Para mantener este juego se necesita más de uno.
Y tú, Nannet, ¿no quieres jugar?
¿Mitchi?
—¿O quizá prefieres apostar? Mil berries a que ella grita antes de que tú hagas algo útil.
Arriesgarse a jugar, incluso si él no parece del tipo que pagaba sus deudas.
Ante la presión en su muñeca, la incredulidad obliga a la cazadora a alzar la ceja. Es irrespetuoso, y lo sabe, pero ni siquiera trata de esconder una pequeña risa cuando tan altiva se muestra la contraria.
—¿Cómo cree? ¿Piensa en que me adueñaría de algo que le pertenezca, señorita Nannet? —Porque no se equivocada para nada. Quizá la de cabellos rosados puede ver aquello por la forma en la que Yuqi humedece sus labios con una repasada de su lengua, al segundo de posar su mirada sobre el hombre. Echarle más pólvora a la situación. ¿No es obvio que eso hace? Con toda la intención. —No tenga miedo. Yo no muerdo.
Otra mentira más a la lista de esa noche. En marcar lo ajeno para volverlo suyo no dudará. Un algo, un alguien, ¿por qué no? Su atención ha sido robada por el rubio. Específicamente, por lo que carga. Entonces, no es raro que una que otra miradita le eche a la funda, y tampoco que decida prestar atención al pequeño diálogo que comparte el par de hombres tan cerca suyo. Una chismosa con todas las letras, ¿a qué sí? Pero, al final de la noche, tiene un trabajo y eso es la que la obliga a barrer la escena con la mirada.
Y allí está.
En cuanto observa por el rabillo del ojo al guardia con algo entre las manos lo primero que hace no es acortar la distancia. El sonido de una tela rasgándose es lo que se hace escuchar, aunque brevemente. Expuesta queda la piel de su muslo derecho, como lo hace también parte de su ropa interior, pues comodidad quiere al moverse. Al segundo, saltar hacia su preciada arma y tomarla es su único objetivo.
Ahora, esto es divertido.
En el aire sus dedos se extienden y se cierran antes de que otra idea pueda formarse en su cabeza. En su mano cae con naturalidad el objeto. Sostenerla es sinónimo de una sonrisa en su rostro. Extrañaba tanto el tacto, pero no es lo único que quiere ahora. Un objetivo busca, Topón se lo brinda.
—Mitchi, ¿verdad?
Menciona, saboreando un nombre que hasta falso podría ser. Sin embargo, en esa noche, ¿qué no lo ha sido? ¿Y no es eso, acaso, lo divertido? Máscaras cayendo, aunque no por completo. A medias mantiene su fachada la máscara, pero ¿qué puede ocultar lo que siente Nannet? Un vistazo basta. No hay que ser un gran observador para notar la urgencia con la que toma al hombre. ¿Es el centro de atención de todos los presentes?
El protagonista.
¿Será ella la villana?
Hacia adelante se inclina, sin pensarlo. Sin titubeo alguno es que avanza. Un paso que se transforma en salto, sin palabras adornando su boca, simplemente una curva que emoción denota. De esa forma es que ella acorta la distancia hacia el par y el tridente acomoda para atacar. ¿A qué lado irá? Su cabeza ya lo tiene decidido.
—No corran, no es educado —Un regaño suave, gentil, como si en verdad fuese la doctora que afirmaba ser desde que aquel acto empezó. Es esa amabilidad lo que contraste hace con la decisión con la que ataca. Apunta hacia el centro con la vara, directo a la unión de estos “enamorados”. Separarlos es lo que importa, no herirlos.
Solo quiere alejarlos, ¿sí? Y ella acercarse más.
No ha terminado aún, pues quiere aprovechar el camino que su tridente le ha abierto. Pero no se dirige hacia al hombre que ha robado todos los focos, sino a la mujer que ha iniciado la historia.
Nannet.
De nuevo, qué nombre de mierda. Pero qué útil es, o puede llegar a ser.
La mano libre no duda, y sus dedos no tardan en alcanzar la muñeca de la pelirrosa. Hacia sí misma la tira con un movimiento repentino y rudo, buscando el desestabilizarla. El tridente, en cambio, sabe bien a dónde apuntar. Su propósito es únicamente situarse cerca del cuello ajeno, la punta inferior es una amenaza para ella y, espera, que una advertencia para él.
—Dije que no corriesen, y todos los actos tienen consecuencias —Murmura una vez que su cuerpo se ha posicionado detrás de Nannet, a unos tres metros del rubio. Sin vergüenza la utiliza como barrera humana. Es la única forma de defenderse por el momento. Un brazo controla, el otro mantiene el arma.
¿Estaba todo planeado? Por supuesto que no, pero las cosas cambiaban… Y usar a la mujer de carnada podía funcionar. O no podía en absoluto. Sus ojos buscan la respuesta al cruzarse con los del rubio.
—Si te importa tanto ella, quédate exactamente donde estás —Infantil indica, jugando con los nervios de quienes los rodean al acercar el filo de su arma a la piel ajena. No va más allá. —Y muestra ese regalo más de cerca, o al menos deja que Topón lo vea.
Curiosidad por el arma no posee, sino por la reacción de ambos.
Para mantener este juego se necesita más de uno.
Y tú, Nannet, ¿no quieres jugar?
¿Mitchi?
—¿O quizá prefieres apostar? Mil berries a que ella grita antes de que tú hagas algo útil.
Arriesgarse a jugar, incluso si él no parece del tipo que pagaba sus deudas.
No mirar
