14-04-2026, 07:43 PM
Sus brazos reposaban sobre la barandilla, suspendidos en el aire mostrando una laxa tensión mientras su cuerpo, inclinado hacia atrás, dibujaba la estampa de alguien entregado por completo a un prolongado estiramiento.
Crack, crack, crack.
Su espalda crujió tres veces, con sequedad en medio del rugido del viento que revolvía su cabello en aquel momento. Se estiró un poco más y, el último crack, pareció resonar más de la cuenta debido a que, justo en ese momento, el viento se había callado y les rodeaba un fuerte silencio. Entretanto, su mirada —fija en aquella isla prehistórica— comenzó a emborronarse por momentos, debido al peso difuso de sus propios pensamientos.
—Así mejor... — murmuró mientras dejaba que su cuerpo regresara hacia adelante. Después, tras estirarse, permaneció así durante un rato, apoyada y contemplando la silueta recortada del lugar en el horizonte.
Quería marcarse, lo deseaba, y aún así una parte de ella se resistía a huir de aquel lugar que tantas experiencias le había regalado.
Experiencias...
Quizás esa no era la palabra más adecuada para lo que había ocurrido allí; Bai suspiró con pesadez y agachó la cabeza haciendo que parte de su cabello cayera hacia adelante. Sus hombros se hundieron, el sonido quedó amortiguado por sus pensamientos y, ñronto, una sensación comenzó a enquistarse en su pecho.
—¿Eh?
La voz de Zhang irrumpió de pronto, quebrando el hilo de sus caóticos pensamientos. ¿Le había llamado?
Languida, Bai, corrigió su posición, se retiro el cabello de la cara y finalmente giró el rostro con lentitud hacia el mink.
—Perdona Zhang, ¿has dicho algo? —mientras hablaba ella misma volteó el cuerpo, apoyando ahora los codos sobre la barandilla y dejando que el peso de su cuerpo descansara también en ella.
Después, su mirada buscó a Mahou, como si en ella pudiera encontrar información implícita de las palabras del mink.
Pero no había nada que descifrar.
Eso ya lo sabía.
Seguramente había dicho algo que no necesitara respuesta o quizá que le ayudaran a preparar el Wu Wei. No sería de extañar. Al fin y al cabo, Dong —el otro navegante— había muerto.
Por un instante su mirada subió al cielo encapotado y creyó escuchar la voz de aquel hombre que hacía tanto le había abandonado. En aquel momento, mientras la idea se expandia inevitablemente por su mente, la imagen de la isla se dibujó en el cielo.
Aquella maldita masa de tierra había engullido a más de la mitad de su tripulación sin el menor atisbo de resistencia sin siquiera inmutarse. Los había deborado y los había escupido en forma de vacío y dolor.
Su pecho bramó ante ese pensamiento y sus labios se tensaron durante un instante, endurecidos por algo que ya no era tristeza.
Bajó la mirada, tratando de eliminar el nudo de su garganta, y se preguntó si quizá, en otras circunstancias, habría llorado por ellos sintiéndo el peso individual de cada pérdida.
Pero sabía que ahora no podía, que había agotado ese recurso y que lo único que quedaba en su interior era una furibunda, silenciosa y venenosa ira dirigida hacia aquel pedazo de piedra flotante que había decidido arrebatarle tanto.
—Será mejor que desaparezcamos de aquí… —murmuró con una voz baja y densa.
Tras ello se separó de la barandilla y caminó hacia el mink con languidez, como si su cuerpo aún arrastrara el peso de lo ocurrido o si verdaderamente se resistiera a marcharse. Mientras tanto, Silencio se acomodaba sobre Zhang, ajustándose con naturalidad a su cuerpo.
—¿Necesitas que te ayude con algo?
Pese a que Bai no era navegante, ni pretendía serlo, consideraba que todavía podía ayudar. Sobretodo cuando resultaba evidente que el cuerpo fatigado del mink difícilmente sería suficiente para maniobrar por sí solo aquella mole de madera.
Bai ladeó levemente la cabeza, observándolo.
—Solo dime cómo hacerlo… y lo haré.
Después, esperó indicaciones y tras ello se desplazó en silencio hacia Mahou; había algo extraño en su pose, una rigidez innecesaria imposible de pasar inadvertida que únicamente desapareció al llegar a su altura. Y es que, una vez junto a Mahou, alzó su magnánima mano y la depositó con suavidad sobre la cabeza de la joven.
El contraste era evidente: la amplitud de su palma frente a la fragilidad ajena mostraba lo que le pasaba por la mente en aquel momento.
—No dejaré que os ocurra nada… —murmuró confirmando lo que su cuerpo había expresado.
Después retiró la mano con la misma calma con la que la había colocado y, sin añadir nada más, se dirigió hacia sus tareas para ponerse manos a la obra con el Wu Wei.
Crack, crack, crack.
Su espalda crujió tres veces, con sequedad en medio del rugido del viento que revolvía su cabello en aquel momento. Se estiró un poco más y, el último crack, pareció resonar más de la cuenta debido a que, justo en ese momento, el viento se había callado y les rodeaba un fuerte silencio. Entretanto, su mirada —fija en aquella isla prehistórica— comenzó a emborronarse por momentos, debido al peso difuso de sus propios pensamientos.
—Así mejor... — murmuró mientras dejaba que su cuerpo regresara hacia adelante. Después, tras estirarse, permaneció así durante un rato, apoyada y contemplando la silueta recortada del lugar en el horizonte.
Quería marcarse, lo deseaba, y aún así una parte de ella se resistía a huir de aquel lugar que tantas experiencias le había regalado.
Experiencias...
Quizás esa no era la palabra más adecuada para lo que había ocurrido allí; Bai suspiró con pesadez y agachó la cabeza haciendo que parte de su cabello cayera hacia adelante. Sus hombros se hundieron, el sonido quedó amortiguado por sus pensamientos y, ñronto, una sensación comenzó a enquistarse en su pecho.
—¿Eh?
La voz de Zhang irrumpió de pronto, quebrando el hilo de sus caóticos pensamientos. ¿Le había llamado?
Languida, Bai, corrigió su posición, se retiro el cabello de la cara y finalmente giró el rostro con lentitud hacia el mink.
—Perdona Zhang, ¿has dicho algo? —mientras hablaba ella misma volteó el cuerpo, apoyando ahora los codos sobre la barandilla y dejando que el peso de su cuerpo descansara también en ella.
Después, su mirada buscó a Mahou, como si en ella pudiera encontrar información implícita de las palabras del mink.
Pero no había nada que descifrar.
Eso ya lo sabía.
Seguramente había dicho algo que no necesitara respuesta o quizá que le ayudaran a preparar el Wu Wei. No sería de extañar. Al fin y al cabo, Dong —el otro navegante— había muerto.
Por un instante su mirada subió al cielo encapotado y creyó escuchar la voz de aquel hombre que hacía tanto le había abandonado. En aquel momento, mientras la idea se expandia inevitablemente por su mente, la imagen de la isla se dibujó en el cielo.
Aquella maldita masa de tierra había engullido a más de la mitad de su tripulación sin el menor atisbo de resistencia sin siquiera inmutarse. Los había deborado y los había escupido en forma de vacío y dolor.
Su pecho bramó ante ese pensamiento y sus labios se tensaron durante un instante, endurecidos por algo que ya no era tristeza.
Bajó la mirada, tratando de eliminar el nudo de su garganta, y se preguntó si quizá, en otras circunstancias, habría llorado por ellos sintiéndo el peso individual de cada pérdida.
Pero sabía que ahora no podía, que había agotado ese recurso y que lo único que quedaba en su interior era una furibunda, silenciosa y venenosa ira dirigida hacia aquel pedazo de piedra flotante que había decidido arrebatarle tanto.
—Será mejor que desaparezcamos de aquí… —murmuró con una voz baja y densa.
Tras ello se separó de la barandilla y caminó hacia el mink con languidez, como si su cuerpo aún arrastrara el peso de lo ocurrido o si verdaderamente se resistiera a marcharse. Mientras tanto, Silencio se acomodaba sobre Zhang, ajustándose con naturalidad a su cuerpo.
—¿Necesitas que te ayude con algo?
Pese a que Bai no era navegante, ni pretendía serlo, consideraba que todavía podía ayudar. Sobretodo cuando resultaba evidente que el cuerpo fatigado del mink difícilmente sería suficiente para maniobrar por sí solo aquella mole de madera.
Bai ladeó levemente la cabeza, observándolo.
—Solo dime cómo hacerlo… y lo haré.
Después, esperó indicaciones y tras ello se desplazó en silencio hacia Mahou; había algo extraño en su pose, una rigidez innecesaria imposible de pasar inadvertida que únicamente desapareció al llegar a su altura. Y es que, una vez junto a Mahou, alzó su magnánima mano y la depositó con suavidad sobre la cabeza de la joven.
El contraste era evidente: la amplitud de su palma frente a la fragilidad ajena mostraba lo que le pasaba por la mente en aquel momento.
—No dejaré que os ocurra nada… —murmuró confirmando lo que su cuerpo había expresado.
Después retiró la mano con la misma calma con la que la había colocado y, sin añadir nada más, se dirigió hacia sus tareas para ponerse manos a la obra con el Wu Wei.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
