16-11-2023, 12:50 PM
La partida había sido un éxito rotundo. La forma de jugar, de compenetrarse, de saber las cartas del otro como si se lo dijera con la voz clara. Parecía que el viejo mink y el pirata de barba naranja y pelo turquesa llevaban jugando toda la vida. Ganaron la primera partida por amplio margen. Los jugadores habituales debieron confiarse por la costumbre de jugar y por haber ganado la partida anterior. La segunda fue bastante más reñida, pero un placer para un observador externo como este mink. Ganaron los hombres del bar, que rieron y se felicitaron a si mismos por la vaca. Cuando empezó la tercera ronda no podía dejar de ver, pero en mi cabeza solo hacía rezar a Urtike y Oggkasi(Dioses del destino, la verdad el primero y la buena fortuna el segundo, entre otras tareas venerados en la tribu mink nómada) para que la partida fuese adelante y Morrel nos contara mi historia. En el último momento parecía del todo perdida, pero una señal al macho cabrío por parte del pirata, solo percibida por el primero, decantó la partida a favor de la pareja recién sentada a la mesa. Me levanté con los brazos en alto derramando sobre el suelo parte da la infusión a esta hora fría que no había acabado de beber debido a la concentración en la partida. Habían ganado, y eso significaba que el viejo lanudo debía contarnos qué me había ocurrido. Todos rieron y se felicitaron por las estupendas jugadas y, en concreto a Tobías por aquel gran final.
Mientras celebrábamos la victoria y los demás jugadores felicitaban sonrientes a sus vencedores proponiendo otra partida, rechazada por el bucanero, pero ofreciéndose a jugar más adelante, un hombre tambaleante apareció de un rincón del local. Pelo blanco, ojos azulados muy claros cono el hielo, delgado, pero fuerte, con la cara afilada en la barbilla y con lo que parecía una katana escondida en el abrigo. Solo se vio por un segundo asomar por su abrigo la empuñadura al extender el brazo por encima del pirata. Un pequeño reflejo, pero que dejó claro que ese hombre sabía luchar. Sospeché, pero en aquel estado, casi cayendo al suelo por culpa de la cantidad de alcohol en sangre, claramente visible me relajé y dejé de nuevo suelto el puño, pero seguí mirando a aquel sujeto con sospecha. Dijo que Murray era famoso. ¿Podría ser un marine aquel hombre que había pasado desapercibido desde que entramos en el bar? Es posible, pero tampoco nos fijamos ninguno de los dos más allá de los pianistas, los jugadores, el mink que perseguíamos y el barman. Si era así no debía estar de servicio, o estaba de vacaciones en aquella isla, pues era muy temprano para que fuese en ese estado. Tenía que haber empezado a beber hace horas o incluso estar de reenganche desde la noche anterior. También es cierto que Tobías ya iba achispado después de la partida. Se había bebido una gran jarra de cerveza, poco a mi parecer para que le afectase tanto el alcohol. Podría ser del calor que habíamos sufrido desde el riachuelo hasta el bar donde nos encontrábamos. Me acerqué y le tendí la mano al desconocido de pelo albo.
-Buenos días, mi nombre es Sage y hoy acompaño a nuestro amigo- Miré primero a Morrel que había dejado de sonreír, como los demás y luego a Murray, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza, como dando a entender que por fin podía darle un nombre para dirigirse a mí. - ¿Es uno de tus compañeros, Murray? Si es así, creo que deberías llevártelo de vuelta al barco. Parece que Oggkasi, dios de la cerveza y el vino lo ha poseído. - No me hacía ni pizca de gracia que la gente se emborrachara hasta tal punto ni que interrumpiera celebraciones. Parecía estar en el punto de embriaguez que te impide ser consciente de tus propias acciones. Ese punto era un fastidio, pese a que nadie haga borracho lo que, estando sobrio, no estaría dispuesto a hacer en ninguna circunstancia. Me giré hacia la cabra de un blanco más sucio que el pelo del borracho y le recordé que nos debía una historia y que nos la tenía que contar cuanto antes.
Mientras celebrábamos la victoria y los demás jugadores felicitaban sonrientes a sus vencedores proponiendo otra partida, rechazada por el bucanero, pero ofreciéndose a jugar más adelante, un hombre tambaleante apareció de un rincón del local. Pelo blanco, ojos azulados muy claros cono el hielo, delgado, pero fuerte, con la cara afilada en la barbilla y con lo que parecía una katana escondida en el abrigo. Solo se vio por un segundo asomar por su abrigo la empuñadura al extender el brazo por encima del pirata. Un pequeño reflejo, pero que dejó claro que ese hombre sabía luchar. Sospeché, pero en aquel estado, casi cayendo al suelo por culpa de la cantidad de alcohol en sangre, claramente visible me relajé y dejé de nuevo suelto el puño, pero seguí mirando a aquel sujeto con sospecha. Dijo que Murray era famoso. ¿Podría ser un marine aquel hombre que había pasado desapercibido desde que entramos en el bar? Es posible, pero tampoco nos fijamos ninguno de los dos más allá de los pianistas, los jugadores, el mink que perseguíamos y el barman. Si era así no debía estar de servicio, o estaba de vacaciones en aquella isla, pues era muy temprano para que fuese en ese estado. Tenía que haber empezado a beber hace horas o incluso estar de reenganche desde la noche anterior. También es cierto que Tobías ya iba achispado después de la partida. Se había bebido una gran jarra de cerveza, poco a mi parecer para que le afectase tanto el alcohol. Podría ser del calor que habíamos sufrido desde el riachuelo hasta el bar donde nos encontrábamos. Me acerqué y le tendí la mano al desconocido de pelo albo.
-Buenos días, mi nombre es Sage y hoy acompaño a nuestro amigo- Miré primero a Morrel que había dejado de sonreír, como los demás y luego a Murray, haciendo un gesto afirmativo con la cabeza, como dando a entender que por fin podía darle un nombre para dirigirse a mí. - ¿Es uno de tus compañeros, Murray? Si es así, creo que deberías llevártelo de vuelta al barco. Parece que Oggkasi, dios de la cerveza y el vino lo ha poseído. - No me hacía ni pizca de gracia que la gente se emborrachara hasta tal punto ni que interrumpiera celebraciones. Parecía estar en el punto de embriaguez que te impide ser consciente de tus propias acciones. Ese punto era un fastidio, pese a que nadie haga borracho lo que, estando sobrio, no estaría dispuesto a hacer en ninguna circunstancia. Me giré hacia la cabra de un blanco más sucio que el pelo del borracho y le recordé que nos debía una historia y que nos la tenía que contar cuanto antes.
Aclaraciones
