17-04-2026, 11:37 PM
(Última modificación: 17-04-2026, 11:40 PM por Onizuka Jin.)
Inútiles. Todos inútiles. Siempre le tocaba hacer el trabajo sucio. Hasta hacía no mucho todo iba acorde al plan, pero algo parecía salir mal. Se encontraba en su escritorio, dando toques sobre la mesa con su dedo índice. Su mirada, fría como la del hielo, solo contemplaba el dedo que traqueteaba con sonidos constantes mientras sus labios eran acompañados por un cigarrillo que humeaba frente a su rostro. Ni siquiera el haber tenido previamente un acto sexual para relajarse parecía ayudarlo en ese mal humor. La misión era simple; secuestrar a un esclavo, quienes eran más vulnerables, arrancarle la información sobre los Grey y luego deshacerse de él para no dejar huellas, pero aparentemente la torpeza de uno de sus hombres solo hizo que aquel se escapara. El Den-Den Mushi reposaba sobre la mesa, Jin lo observaba con sus ojos azulados, a la espera de una llamada que diera la sentencia que realmente estaba buscando. Se encargaría más tarde de castigar al que había arruinado el plan, por ahora la prioridad era lograr el objetivo inicial; volver a encontrarlos.
El dedo frenó, en el momento que su Den-Den Mushi llamaba su atención. Sus ojos se elevaron hacia la puerta, su mano se elevaba antes de descolgar y esperar la conversación que llegaría desde el otro lado. —Jefe. Lo hemos encontrado. — Bien, ya parecía que las cosas comenzaban a ir más a su favor. Se puso en pie, tomando su propia katana, acomodándola en el cinturón con su zurda, su diestra mantenía su Den-Den Mushi.
—Ehhrr... Hay un pequeño detalle, jefe... — La voz ahora sonaba temblorosa. Sabía el significado de aquello; malas noticias. De todos modos esperó a que hablara, apartando el cigarrillo de entre sus labios y a la espera de ver qué tan mala podía ser. —Parece que no está solo... — De nuevo, silencio. La duda se podía escuchar incluso bajo ese silencio. —Es un Marine... — Cuando pensaba que al fin podían salir bien las cosas, ahora resultaba que se venía semejante bomba. Maldición, ahora sí tendría que encargarse personalmente de todo. Afortunadamente nadie le conocía de forma directa excepto sus propios hombres, eso podría jugar a su favor. Cerró los ojos, frotándolos. Vaya si al que se le escapó le esperaba una buena, ya se pensaría qué tipo de castigo aplicaría, o si siquiera lo dejaría o no respirar.
—Decidme hacia dónde se dirigen y da estas instrucciones a todos los hombres. Un solo error más y no lo volveré a dejar pasar. Ahora, escucha atentamente... — La explicación fue en marcha, mientras terminaba de acomodarse el abrigo de su traje y salía de la oficina hasta el lugar que le indicaba. —¿Ha quedado claro?
—Sí señor. — Bien, con eso esperaba que las cosas funcionasen adecuadamente. Apagó el cigarrillo sobre el cenicero que se encontraba sobre el escritorio y terminó la llamada. Ahora solo esperaba que todos se ciñeran al plan, porque no bromeaba cuando decía que no dejaría escapar un segundo error.
Hombres ahora parecían haber localizado a la pareja. —¡Que no escapen! ¡Hay que atraparlos! — Las voces parecían alteradas mientras correteaban de un lado a otro, persiguiéndolos. Habían estado en alerta antes de perderlos, habían buscado vías de encuentro, pero para ellos se les hacía complicado encontrarse con los fugados. Había demasiada conmoción, las personas que solo hacían sus vidas parecían o curiosos o alterados. Alguna que otra queja de algún empujón parecía existir. No parecía que a aquellos secuestradores les importase absolutamente nada. —Rodeadlo todo, no pudieron ir demasiado lejos. — Sin embargo, el callejón no estaba solo. Sus ojos afilados fueron lo primero que el esclavo vio, en un inicio inundado de terror. Sabía que no lo reconocía, que no sabía quién era, también que se debía a su presencia. Al instante, la mano se acomodó tras la boca de la mujer, elevando su otra mano en señal de silencio. Lo más llamativo y lo primero que pudiera captar la atención, además de la mirada afilada, era la clara cicatriz en un lateral de su frente.
—Shh. Conozco un lugar seguro. — Su voz sonaba tranquila, contrastando su figura perfectamente arreglada y pulida con la misma, incluso en una situación así. —No sé qué pasa, pero está claro que si la Marina está involucrada, no es buena señal. — Sus ojos descendieron, buscando la mirada de la humink. —Lo siento, pero no quería arriesgarme que me confundiera con esos locos o hiciera ruido. — Lentamente liberó sus labios, elevando sus dos manos en señal pacífica. —No entiendo bien qué pasa, pero espero que no me espose por intentar ayudar a la Marina en lo que sea que esos delincuentes estén buscando. Podría pedir refuerzos... — Sus ojos afilados se elevaron, ahora acercándose al límite de la pared, asomando ligeramente la cabeza para observar a la lluvia de hombres correr de un lado a otro. Sus ojos analizaban el entorno antes de volver la mirada hacia los dos individuos. El esclavo, al ver la aparente tranquilidad y la falta de hostilidad en Jin, pareció relajarse. Eso era buena señal, como sospechaba, no sabía ni quién era. —Vengan conmigo, conozco un atajo que pueda ayudarnos a distraerlos un poco. — Señaló una ventana algo rota, desgastada.
Caminó, despacio, hasta la ventana rota. Comprobó las bisagras, observó el seguro que estaba puesto. Se retiró el abrigo de su traje, rodeándolo por su brazo antes de introducir la mano en el interior, evitando así que los cristales rotos pudieran hacerle ningún daño innecesario. Se escuchó el clic de apertura y, justo después, retiró la mano, elevando muy lenta y sigilosamente la ventana. No hubo ruido alguno, no hubo sonido, como si el paso del tiempo no hubiera hecho nada, cuando en realidad era su propia experiencia haciéndose notar. Volvió la mirada hacia el dúo, haciendo una señal con la cabeza. —Dense prisa, si seguimos aquí podrían descubrirnos.
Pere-Pere-Pere.
El dedo frenó, en el momento que su Den-Den Mushi llamaba su atención. Sus ojos se elevaron hacia la puerta, su mano se elevaba antes de descolgar y esperar la conversación que llegaría desde el otro lado. —Jefe. Lo hemos encontrado. — Bien, ya parecía que las cosas comenzaban a ir más a su favor. Se puso en pie, tomando su propia katana, acomodándola en el cinturón con su zurda, su diestra mantenía su Den-Den Mushi.

—Esperad instrucciones y no lo perdáis.
—Ehhrr... Hay un pequeño detalle, jefe... — La voz ahora sonaba temblorosa. Sabía el significado de aquello; malas noticias. De todos modos esperó a que hablara, apartando el cigarrillo de entre sus labios y a la espera de ver qué tan mala podía ser. —Parece que no está solo... — De nuevo, silencio. La duda se podía escuchar incluso bajo ese silencio. —Es un Marine... — Cuando pensaba que al fin podían salir bien las cosas, ahora resultaba que se venía semejante bomba. Maldición, ahora sí tendría que encargarse personalmente de todo. Afortunadamente nadie le conocía de forma directa excepto sus propios hombres, eso podría jugar a su favor. Cerró los ojos, frotándolos. Vaya si al que se le escapó le esperaba una buena, ya se pensaría qué tipo de castigo aplicaría, o si siquiera lo dejaría o no respirar.
—Decidme hacia dónde se dirigen y da estas instrucciones a todos los hombres. Un solo error más y no lo volveré a dejar pasar. Ahora, escucha atentamente... — La explicación fue en marcha, mientras terminaba de acomodarse el abrigo de su traje y salía de la oficina hasta el lugar que le indicaba. —¿Ha quedado claro?
—Sí señor. — Bien, con eso esperaba que las cosas funcionasen adecuadamente. Apagó el cigarrillo sobre el cenicero que se encontraba sobre el escritorio y terminó la llamada. Ahora solo esperaba que todos se ciñeran al plan, porque no bromeaba cuando decía que no dejaría escapar un segundo error.
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Hombres ahora parecían haber localizado a la pareja. —¡Que no escapen! ¡Hay que atraparlos! — Las voces parecían alteradas mientras correteaban de un lado a otro, persiguiéndolos. Habían estado en alerta antes de perderlos, habían buscado vías de encuentro, pero para ellos se les hacía complicado encontrarse con los fugados. Había demasiada conmoción, las personas que solo hacían sus vidas parecían o curiosos o alterados. Alguna que otra queja de algún empujón parecía existir. No parecía que a aquellos secuestradores les importase absolutamente nada. —Rodeadlo todo, no pudieron ir demasiado lejos. — Sin embargo, el callejón no estaba solo. Sus ojos afilados fueron lo primero que el esclavo vio, en un inicio inundado de terror. Sabía que no lo reconocía, que no sabía quién era, también que se debía a su presencia. Al instante, la mano se acomodó tras la boca de la mujer, elevando su otra mano en señal de silencio. Lo más llamativo y lo primero que pudiera captar la atención, además de la mirada afilada, era la clara cicatriz en un lateral de su frente.
—Shh. Conozco un lugar seguro. — Su voz sonaba tranquila, contrastando su figura perfectamente arreglada y pulida con la misma, incluso en una situación así. —No sé qué pasa, pero está claro que si la Marina está involucrada, no es buena señal. — Sus ojos descendieron, buscando la mirada de la humink. —Lo siento, pero no quería arriesgarme que me confundiera con esos locos o hiciera ruido. — Lentamente liberó sus labios, elevando sus dos manos en señal pacífica. —No entiendo bien qué pasa, pero espero que no me espose por intentar ayudar a la Marina en lo que sea que esos delincuentes estén buscando. Podría pedir refuerzos... — Sus ojos afilados se elevaron, ahora acercándose al límite de la pared, asomando ligeramente la cabeza para observar a la lluvia de hombres correr de un lado a otro. Sus ojos analizaban el entorno antes de volver la mirada hacia los dos individuos. El esclavo, al ver la aparente tranquilidad y la falta de hostilidad en Jin, pareció relajarse. Eso era buena señal, como sospechaba, no sabía ni quién era. —Vengan conmigo, conozco un atajo que pueda ayudarnos a distraerlos un poco. — Señaló una ventana algo rota, desgastada.

—Espero que no les importe mancharse un poco.
Caminó, despacio, hasta la ventana rota. Comprobó las bisagras, observó el seguro que estaba puesto. Se retiró el abrigo de su traje, rodeándolo por su brazo antes de introducir la mano en el interior, evitando así que los cristales rotos pudieran hacerle ningún daño innecesario. Se escuchó el clic de apertura y, justo después, retiró la mano, elevando muy lenta y sigilosamente la ventana. No hubo ruido alguno, no hubo sonido, como si el paso del tiempo no hubiera hecho nada, cuando en realidad era su propia experiencia haciéndose notar. Volvió la mirada hacia el dúo, haciendo una señal con la cabeza. —Dense prisa, si seguimos aquí podrían descubrirnos.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
