Otoño, año 17
Sentado sobre un noray del muelle con las piernas colgando hacia el agua, miraba pasar a la gente. Baquella no es un pueblo muy grande, así que la mayoría de caras me eran conocidas. Saludaba, me saludaban; los hijos de la panadera pasaron corriendo detrás de mí y me gritaron aquello de «Hipotecaaado, hipotecaaado».
Condenados críos. ¿De dónde cojones sacan tanta energía?
—¡Hipotecaaado! —volvió a canturrear el mayor. Eita, lo llamaba su madre.
—¡Eita-chan, como escuche yo un «hipotecado» más, solo uno, te cuelgo de la punta del faro! Por los calzones.
—Hipotecado.
Bueeeno, pues tocaba paripé...
Siempre era igual. Venían los dos corriendo, soltaban a coro un «hipotecado, hipotecado», yo los perseguía y ellos salían escopeteados a esconderse detrás de su madre. Partiéndose el culo, obviamente. Los hechos transcurrían en todo momento en el marco de un sano divertimiento con los chavales. Cosa que agradaba a la progenitora de aquellos dos pillos, una maestra en el arte de las hogazas y los bollos que tenía a bien convidarme de vez en cuando a uno de los suculentos manjares que preparaba.
—¡Alto ahí, patanes! —les gritaba, ajustando mi paso para quedar un poco por detrás.
—¡Corre, que te pilla! —le decía el grande al pequeño, que iba dando tumbos entre las callejuelas de paredes blancas.
Se escurrieron por un caminillo angosto. Yo conocía el callejón, iba a dar a la casa en la que vivían.
«Perfecto, ya es hora de que vuelvan a casa», pensé, al advertir que el sol, moribundo, apenas alcanzaba a fulgurar en anaranjado y pardo. Un color triste de la misma familia que los tejados.
La doña estaba en el recibidor. Al verlos llegar embalados se alertó pero enseguida cambió la expresión cuando aparecí detrás. Para entonces, los rufianes se le habían encaramado a las piernas. Eita sacó la cabeza por detrás de su madre, me sacó la lengua y se volvió a esconder.
—Espero que no te hayan causado muchas molestias, Tsuna.
—¿A mí? Ninguna, mujer. ¿Todo bien por casa? Saluda a Gonta de mi parte. Y dile que se pase por la taberna un día. Dile, textualmente, que te ha dicho Tsunamaro que le digas que se deje ver el pelo.
Gonta es el marido de la panadera de marras, un fulano gordo con bigote, padeciente de una alopecia prematura que, a sus apenas treinta, le ha dejado el cogote liso como una pista de patinaje. Cuando los críos crezcan un poco, pensaba siempre, me vengaré de ellos explicándoles la heredabilidad de los caracteres genéticos.
—Lo haré. Pero no me hago cargo de lo que responda.
Nos reímos a la vez, uno de los chicos, también, aunque estoy convencido de que no entendió el chiste.
—Últimamente está muy liado, ¿sabes? No dejan de llegar aspirantes a marines a la isla desde hace unos días. Por lo visto, se trata de una cuadrilla que lleva un tiempo preparándose para entrar en el cuerpo. Ocurre a veces, ya lo sabrás, la zona del volcán ha venido ganando fama entre algunos como lugar de entrenamiento o qué sé yo. Cosas de jóvenes, Tsuna, que una ya tiene una edad y estas cosas se le escapan. El caso es que no se comportan como debieran. El otro día uno empujó a la hija mayor de los Miyamoto contra la pared del lavadero. La niña se hizo sangre en el codo. Y cuando su padre fue a hablar con el instructor, el hombre le dijo que eran cosas del entrenamiento, que a ver si la chavala no había estado provocando. Fíjate tú qué respuesta.
Chasqueé la lengua. «Vaya tela.»
—Habrá que hablar con alguien, entonces, digo yo.
—Eso mismo le digo yo a Gonta. Pero ya sabes cómo es: «déjalos, mujer, no hay que meterse con la Marina». Ni siquiera son todavía soldados. Imagínate cuando lo sean.
—Tranquila, mujer. Algo se nos ocurrirá.
«Algo», en la jerga de un tipo criado en el Distrito Gyojin, significa, exactamente, lo que estás pensando. Ella lo captó al vuelo y reculó enseguida:
—No vayas a hacer ninguna locura, Tsuna. Ten cuidado tú también.
—¡Pero mujer! ¿Acaso me tomas por un golfante de medio pelo? Yo voy piano piano a la tasca, despacho la rubia de las siete, la de las siete y media y las otras quince de arrancadilla y a las veintidós horas en punto estoy ya planchando la almohada con el occipucio, soñando con que me regalas uno de esos panecillos de bombón con crema pastelera por dentro.
«Mis cojones.»
A las siete menos cinco estaba, como un campeón, patrullando las calles. Nadie iba a alterar el orden de la humilde Baquella, que me había acogido como si la llevara en el gentilicio, mientras quedara un apuesto gyojin pez león dispuesto a defenderla.
...
Solo esperaba que no fueran muchos...
Ni muy fuertes...
Joder
Si es que de bueno soy tonto, a ver qué hacía yo si me encontraba con veinte cafres con Haoshoku Haki...
Esperaba, por lo menos, no tener que vérmelas yo solo con ellos. Porque alguien más debía de haber. Vamos, digo yo.
Condenados críos. ¿De dónde cojones sacan tanta energía?
—¡Hipotecaaado! —volvió a canturrear el mayor. Eita, lo llamaba su madre.
—¡Eita-chan, como escuche yo un «hipotecado» más, solo uno, te cuelgo de la punta del faro! Por los calzones.
—Hipotecado.
Bueeeno, pues tocaba paripé...
![[Imagen: jvwSEPGF_o.png]](https://images2.imgbox.com/05/bc/jvwSEPGF_o.png)
—Tú lo has querido. Ju, ju, ju.
Siempre era igual. Venían los dos corriendo, soltaban a coro un «hipotecado, hipotecado», yo los perseguía y ellos salían escopeteados a esconderse detrás de su madre. Partiéndose el culo, obviamente. Los hechos transcurrían en todo momento en el marco de un sano divertimiento con los chavales. Cosa que agradaba a la progenitora de aquellos dos pillos, una maestra en el arte de las hogazas y los bollos que tenía a bien convidarme de vez en cuando a uno de los suculentos manjares que preparaba.
—¡Alto ahí, patanes! —les gritaba, ajustando mi paso para quedar un poco por detrás.
—¡Corre, que te pilla! —le decía el grande al pequeño, que iba dando tumbos entre las callejuelas de paredes blancas.
Se escurrieron por un caminillo angosto. Yo conocía el callejón, iba a dar a la casa en la que vivían.
«Perfecto, ya es hora de que vuelvan a casa», pensé, al advertir que el sol, moribundo, apenas alcanzaba a fulgurar en anaranjado y pardo. Un color triste de la misma familia que los tejados.
La doña estaba en el recibidor. Al verlos llegar embalados se alertó pero enseguida cambió la expresión cuando aparecí detrás. Para entonces, los rufianes se le habían encaramado a las piernas. Eita sacó la cabeza por detrás de su madre, me sacó la lengua y se volvió a esconder.
—Espero que no te hayan causado muchas molestias, Tsuna.
—¿A mí? Ninguna, mujer. ¿Todo bien por casa? Saluda a Gonta de mi parte. Y dile que se pase por la taberna un día. Dile, textualmente, que te ha dicho Tsunamaro que le digas que se deje ver el pelo.
Gonta es el marido de la panadera de marras, un fulano gordo con bigote, padeciente de una alopecia prematura que, a sus apenas treinta, le ha dejado el cogote liso como una pista de patinaje. Cuando los críos crezcan un poco, pensaba siempre, me vengaré de ellos explicándoles la heredabilidad de los caracteres genéticos.
—Lo haré. Pero no me hago cargo de lo que responda.
Nos reímos a la vez, uno de los chicos, también, aunque estoy convencido de que no entendió el chiste.
—Últimamente está muy liado, ¿sabes? No dejan de llegar aspirantes a marines a la isla desde hace unos días. Por lo visto, se trata de una cuadrilla que lleva un tiempo preparándose para entrar en el cuerpo. Ocurre a veces, ya lo sabrás, la zona del volcán ha venido ganando fama entre algunos como lugar de entrenamiento o qué sé yo. Cosas de jóvenes, Tsuna, que una ya tiene una edad y estas cosas se le escapan. El caso es que no se comportan como debieran. El otro día uno empujó a la hija mayor de los Miyamoto contra la pared del lavadero. La niña se hizo sangre en el codo. Y cuando su padre fue a hablar con el instructor, el hombre le dijo que eran cosas del entrenamiento, que a ver si la chavala no había estado provocando. Fíjate tú qué respuesta.
Chasqueé la lengua. «Vaya tela.»
—Habrá que hablar con alguien, entonces, digo yo.
—Eso mismo le digo yo a Gonta. Pero ya sabes cómo es: «déjalos, mujer, no hay que meterse con la Marina». Ni siquiera son todavía soldados. Imagínate cuando lo sean.
—Tranquila, mujer. Algo se nos ocurrirá.
«Algo», en la jerga de un tipo criado en el Distrito Gyojin, significa, exactamente, lo que estás pensando. Ella lo captó al vuelo y reculó enseguida:
—No vayas a hacer ninguna locura, Tsuna. Ten cuidado tú también.
—¡Pero mujer! ¿Acaso me tomas por un golfante de medio pelo? Yo voy piano piano a la tasca, despacho la rubia de las siete, la de las siete y media y las otras quince de arrancadilla y a las veintidós horas en punto estoy ya planchando la almohada con el occipucio, soñando con que me regalas uno de esos panecillos de bombón con crema pastelera por dentro.
«Mis cojones.»
A las siete menos cinco estaba, como un campeón, patrullando las calles. Nadie iba a alterar el orden de la humilde Baquella, que me había acogido como si la llevara en el gentilicio, mientras quedara un apuesto gyojin pez león dispuesto a defenderla.
...
Solo esperaba que no fueran muchos...
Ni muy fuertes...
Joder
Si es que de bueno soy tonto, a ver qué hacía yo si me encontraba con veinte cafres con Haoshoku Haki...
Esperaba, por lo menos, no tener que vérmelas yo solo con ellos. Porque alguien más debía de haber. Vamos, digo yo.
Karmas
