23-04-2026, 01:37 AM
IMPACTO RECIBIDO
Estadísticas de Tsunamaro
Para cuando caí en la cuenta de que la hostia venía de camino, el puño de aquel despreciable bárbaro feliforme ya me estaba besando con los nudillos la boca del estómago.
«Doy por agotada la vía diplomática», dictaminé; y fue pensarlo y sobrevenirme un mareíllo traidor que se agravó cuando me asaltó el hedor caliente y rancio de su mandíbula chasqueante. Entonces, mi cuerpo serrano decidió que lo que procedía en aquel trance era amagar con doblarse por la cintura y soltar todo el aire acumulado durante el prolegómeno.
Qué traicioneras son las hienas, maldita sea. Y tontas, coño, tontas como mear contra el viento. El Rey León ya nos advirtió sobre aquello, debí haber prestado más atención. Hay hasta una canción sobre eso. Pero claro, uno, que tiene por costumbre agotar la vía civil antes de acudir a la penal, se deja llevar y... pasa lo que pasa.
Pensar, con los pulmones por los zapatos, costaba un rato; así que, dejándome de cavilaciones, en aquella postura, con la zarpa de mi nuevo colega todavía hurgándome las costillas, me dejé llevar por la adrenalina y el poso que me dejaron mis trifulcas en el Distrito Gyojin defendiendo a mis hermanos y procedí a actuar conforme lo requerían las circunstancias; o séase: devolviendo cada golpe por duplicado.
—Tuve a bien advertirle, caballero —empecé diciéndole, y aunque me salió medio ahogado, creía haber logrado el tono soberbio que estaba buscando—, que quien le habla no tendría empacho en propinarle la mentada de madre reglamentaria si persistía en sus bellaquerías.
Al tiempo que remataba la admonición, cerré la mano zurda sobre el antebrazo peludo del mink y, abriéndome paso por debajo de la manga de cuero, fui descendiendo hasta encontrar el nudo huesudo de su muñeca; me clavé allí con saña y giré en sentido contrario al de las manecillas del reloj. En el mismo suspiro, disparé la diestra, con las púas extendidas, hacia arriba, recta, buscando con los nudillos el interruptor que los fanfarrones escondemos en la parte blanda bajo la mandíbula.
Luego, le solté la muñeca y retrocedí dando pasitos sobre los adoquines, muy digno, recomponiéndome la sobrecamisa, hasta encontrarme a una distancia prudencial del otro.
A ver qué cara ponía el chucho ahora que tenía la boca amueblada.
«Doy por agotada la vía diplomática», dictaminé; y fue pensarlo y sobrevenirme un mareíllo traidor que se agravó cuando me asaltó el hedor caliente y rancio de su mandíbula chasqueante. Entonces, mi cuerpo serrano decidió que lo que procedía en aquel trance era amagar con doblarse por la cintura y soltar todo el aire acumulado durante el prolegómeno.
Qué traicioneras son las hienas, maldita sea. Y tontas, coño, tontas como mear contra el viento. El Rey León ya nos advirtió sobre aquello, debí haber prestado más atención. Hay hasta una canción sobre eso. Pero claro, uno, que tiene por costumbre agotar la vía civil antes de acudir a la penal, se deja llevar y... pasa lo que pasa.
Pensar, con los pulmones por los zapatos, costaba un rato; así que, dejándome de cavilaciones, en aquella postura, con la zarpa de mi nuevo colega todavía hurgándome las costillas, me dejé llevar por la adrenalina y el poso que me dejaron mis trifulcas en el Distrito Gyojin defendiendo a mis hermanos y procedí a actuar conforme lo requerían las circunstancias; o séase: devolviendo cada golpe por duplicado.
—Tuve a bien advertirle, caballero —empecé diciéndole, y aunque me salió medio ahogado, creía haber logrado el tono soberbio que estaba buscando—, que quien le habla no tendría empacho en propinarle la mentada de madre reglamentaria si persistía en sus bellaquerías.
Al tiempo que remataba la admonición, cerré la mano zurda sobre el antebrazo peludo del mink y, abriéndome paso por debajo de la manga de cuero, fui descendiendo hasta encontrar el nudo huesudo de su muñeca; me clavé allí con saña y giré en sentido contrario al de las manecillas del reloj. En el mismo suspiro, disparé la diestra, con las púas extendidas, hacia arriba, recta, buscando con los nudillos el interruptor que los fanfarrones escondemos en la parte blanda bajo la mandíbula.
Luego, le solté la muñeca y retrocedí dando pasitos sobre los adoquines, muy digno, recomponiéndome la sobrecamisa, hasta encontrarme a una distancia prudencial del otro.
A ver qué cara ponía el chucho ahora que tenía la boca amueblada.
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