24-04-2026, 08:07 PM
En cuanto el gigante hizo acto de presencia, una ola de alivio recorrió a los civiles reunidos. Las preocupaciones que minutos antes se acumulaban en sus rostros se disiparon casi al instante. Al fin, había llegado alguien capaz de resolver aquella pequeña pero angustiante situación, rescatar al indefenso gatito que, por un descuido inocente, había quedado atrapado en lo alto. Las voces no tardaron en alzarse. Los habitantes de Baterilla comenzaron a vitorear, aplaudir y agradecer con entusiasmo, lanzando palabras llenas de aprecio hacia Alex por haber acudido en su ayuda. No era una gran batalla ni una hazaña digna de leyenda, pero en ese momento, para ellos, significaba todo.
Y entre esos gestos sinceros, entre sonrisas y miradas esperanzadas, había una sensación que se imponía con claridad, no hay nada más reconfortante que saber que uno es realmente útil. —Gracias por venir a salvar a mi Kitty —dijo una anciana, su voz cargada de alivio y ternura. El suelo temblaba levemente con cada paso de Alex mientras avanzaba hacia el árbol. No era para menos, veinticinco metros de altura no eran poca cosa, y cada pisada suya parecía recordarle a la isla entera el peso de su existencia. Aun así, sus movimientos eran cuidadosos, casi delicados, como si temiera romper algo en aquel mundo demasiado pequeño para él.
Pero entonces, no eran las únicas pisadas, un ritmo distinto, más veloz, más brusco, comenzó a abrirse paso entre el murmullo de la multitud. Eran pasos pesados, sí, pero cargados de urgencia. Si Alex giraba la mirada, podría verla, otra figura colosal irrumpiendo en escena, era una mujer de la raza de los gigantes, corría directamente hacia ellos. En cada una de sus manos empuñaba un enorme machete, y el brillo del metal no era lo más inquietante, sino el rojo que los cubría. Sangre, fresca aún, marcaba el filo de ambas armas. —¡No, no, noooo, dejen a mi dindo gatito! —gritó con desesperación, su voz quebrándose entre el pánico y la furia.
El ambiente cambió en un instante, as sonrisas desaparecieron, los agradecimientos se ahogaron en las gargantas, los presentes comenzaron a retroceder, y el aire se volvió denso, incómodo, peligroso, fue entonces cuando todos lo entendieron al mismo tiempo, el gato no había subido ahí por accidente. Los murmullos comenzaron a extenderse entre los habitantes, como una corriente invisible que recorría al grupo de un extremo a otro, voces bajas, entrecortadas, cargadas de nerviosismo y sospecha, se mezclaban en un susurro colectivo difícil de descifrar. Algunos se inclinaban hacia otros, cubriéndose la boca al hablar, otros simplemente retrocedían, con la mirada fija en la gigante que se aproximaba. El ambiente, que momentos antes había estado lleno de alivio y gratitud, ahora se tensaba con una inquietud palpable, sin embargo, para Alex, aquello no era tan sencillo de percibir, a menos que su oído fuera lo suficientemente agudo, todas esas voces no eran más que un murmullo confuso, un ruido lejano sin forma ni sentido claro, palabras que nacían y morían antes de poder ser comprendidas, como si la verdad estuviera ahí, flotando entre la multitud, pero fuera de su alcance.
Y entre esos gestos sinceros, entre sonrisas y miradas esperanzadas, había una sensación que se imponía con claridad, no hay nada más reconfortante que saber que uno es realmente útil. —Gracias por venir a salvar a mi Kitty —dijo una anciana, su voz cargada de alivio y ternura. El suelo temblaba levemente con cada paso de Alex mientras avanzaba hacia el árbol. No era para menos, veinticinco metros de altura no eran poca cosa, y cada pisada suya parecía recordarle a la isla entera el peso de su existencia. Aun así, sus movimientos eran cuidadosos, casi delicados, como si temiera romper algo en aquel mundo demasiado pequeño para él.
Pero entonces, no eran las únicas pisadas, un ritmo distinto, más veloz, más brusco, comenzó a abrirse paso entre el murmullo de la multitud. Eran pasos pesados, sí, pero cargados de urgencia. Si Alex giraba la mirada, podría verla, otra figura colosal irrumpiendo en escena, era una mujer de la raza de los gigantes, corría directamente hacia ellos. En cada una de sus manos empuñaba un enorme machete, y el brillo del metal no era lo más inquietante, sino el rojo que los cubría. Sangre, fresca aún, marcaba el filo de ambas armas. —¡No, no, noooo, dejen a mi dindo gatito! —gritó con desesperación, su voz quebrándose entre el pánico y la furia.
El ambiente cambió en un instante, as sonrisas desaparecieron, los agradecimientos se ahogaron en las gargantas, los presentes comenzaron a retroceder, y el aire se volvió denso, incómodo, peligroso, fue entonces cuando todos lo entendieron al mismo tiempo, el gato no había subido ahí por accidente. Los murmullos comenzaron a extenderse entre los habitantes, como una corriente invisible que recorría al grupo de un extremo a otro, voces bajas, entrecortadas, cargadas de nerviosismo y sospecha, se mezclaban en un susurro colectivo difícil de descifrar. Algunos se inclinaban hacia otros, cubriéndose la boca al hablar, otros simplemente retrocedían, con la mirada fija en la gigante que se aproximaba. El ambiente, que momentos antes había estado lleno de alivio y gratitud, ahora se tensaba con una inquietud palpable, sin embargo, para Alex, aquello no era tan sencillo de percibir, a menos que su oído fuera lo suficientemente agudo, todas esas voces no eran más que un murmullo confuso, un ruido lejano sin forma ni sentido claro, palabras que nacían y morían antes de poder ser comprendidas, como si la verdad estuviera ahí, flotando entre la multitud, pero fuera de su alcance.
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Estanque de Peces

![[Imagen: vaVSveL.jpeg]](https://i.imgur.com/vaVSveL.jpeg)