La diligencia continuaba por el bosque sin detenerse con un traqueteo lento pero seguro. A cada costado iban los guardias, unos que no parecían, pero se intuían pues se olía su mente la crueldad con la cual actuarían en caso de algún problema. Su interior estaba oscuro en penumbras dentro uñas colmillos y metal brillante resplandecía ante cualquier luz que pudiese colarse por las ventanas. Ventanas pequeñas y reforzadas con barrotes, ciertamente no eran ventanas comunes, no era una diligencia común no era un camino habitual, el carromato iba arrastrado por dos corceles de pura sangre. Patas peludas y altos de 2 metros de alto, imponentes en apariencia. Era solo una carreta y analizándolo era algo, se notaba que transportaba algo de gran valor.
Se encontraba esperando sentada en un árbol podrido, un tocón donde otrora había un gigantesco cedro. Ahí estaba sin ningún arma visible solo su capa negra oscura como la noche y sus cuerdas rasgando y cantando una melodía. Una melodía alusiva al día a día, nada especial sin sentimientos, sin forma y sin color. Solo tonadas y una que otra voz gutural tratando de competir con la guitarra
Cuando pasan le hacen una seña en forma de saludo y apenas un silbido de saludo. Ella responde despreocupada con lentes oscuros, como si fuese una ciega a su costado un bastón largo con una forma extraña encapotada pero sus ojos dorados eran brillantes y llenos de sentimiento distinto a su ropa habitual que parecía la de una señora elegante, como si fuera una noble caída en desgracia.
El barro y las piedras imposibilitaban que diera marcha muy rápidamente y se dirigían a un pueblo cercano. Ese pueblo ni siquiera tenía nombre cuatro casas en medio de la nada, y sin embargo a pocos kilómetros existía la civilización, solo una pequeño pueblo, Baquella. Pero cerca había una posada conocida por la cantidad de gente que se alojaba, no por su gran estructura. Parecía un castillo abandonado de esos que tienen calabozos y pasadizos secretos, si iban por el camino, iban hacia allá. La cantante amateur al ver pasar la carreta se levantó y empezó a caminar como si estuviese cojeando. Parecía una desvalida coja y ciega, agarró su palo y empezó a caminar lentamente detrás de la carreta. Uno de los guardias se quedó atrás sospechando algo extraño, pero ella pasó de él sin alzar la vista. El guardia frunció el ceño y determinó que era una don nadie. Fue entonces que aceleró el paso a alcanzar la carreta y ella iba unos seis o siete metros más atrás lentamente caminando aún más que la diligencia.
No pasó mucho tiempo, aproximadamente 15 minutos en que todos llegaron a una posada esta posada tenía por nombre La Iguana Neon, una atendida por dos seres extraños una era una mink y otro un gyojin. la particularidad de esta posada es que la parte de atrás existía un gran lago donde el gyojin atendía a otros de su raza hospedándolos cómodamente en una especie de hotel submarino mientras que la mink hospedaba a los huéspedes regulares como normalmente se hacen. Había otra estructura cercana donde la gente podía mantener sus monturas generalmente arrendadas en el pueblo anterior a este punto y aquí era donde los dejaban para retomar otra y así sucesivamente viajar más cómodamente con caballos descansados. La mujer coja, ciega y musical. Finalmente se sienta en las afueras de la posada a comenzar a elevar sus canciones. Ahí, sentada en una piedra espera recibir unas monedas. Cabello vede. Trenza larga. Y ojos dorados.
Se encontraba esperando sentada en un árbol podrido, un tocón donde otrora había un gigantesco cedro. Ahí estaba sin ningún arma visible solo su capa negra oscura como la noche y sus cuerdas rasgando y cantando una melodía. Una melodía alusiva al día a día, nada especial sin sentimientos, sin forma y sin color. Solo tonadas y una que otra voz gutural tratando de competir con la guitarra
Cuando pasan le hacen una seña en forma de saludo y apenas un silbido de saludo. Ella responde despreocupada con lentes oscuros, como si fuese una ciega a su costado un bastón largo con una forma extraña encapotada pero sus ojos dorados eran brillantes y llenos de sentimiento distinto a su ropa habitual que parecía la de una señora elegante, como si fuera una noble caída en desgracia.
El barro y las piedras imposibilitaban que diera marcha muy rápidamente y se dirigían a un pueblo cercano. Ese pueblo ni siquiera tenía nombre cuatro casas en medio de la nada, y sin embargo a pocos kilómetros existía la civilización, solo una pequeño pueblo, Baquella. Pero cerca había una posada conocida por la cantidad de gente que se alojaba, no por su gran estructura. Parecía un castillo abandonado de esos que tienen calabozos y pasadizos secretos, si iban por el camino, iban hacia allá. La cantante amateur al ver pasar la carreta se levantó y empezó a caminar como si estuviese cojeando. Parecía una desvalida coja y ciega, agarró su palo y empezó a caminar lentamente detrás de la carreta. Uno de los guardias se quedó atrás sospechando algo extraño, pero ella pasó de él sin alzar la vista. El guardia frunció el ceño y determinó que era una don nadie. Fue entonces que aceleró el paso a alcanzar la carreta y ella iba unos seis o siete metros más atrás lentamente caminando aún más que la diligencia.
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