26-04-2026, 01:25 AM
La nieve crujía bajo las pisadas de las botas de Stroud a medida que avanzaba por la calle principal del Reino de Sakura, en una mañana absolutamente gélida y, por ende, absolutamente normal. Caminaba junto a dos de sus compañeros de División, Bertram y Kibai. Sus manos se entrelazaban tras su espalda, su espalda ejemplar y marcialmente recta, sus ojos grises atentos a todo, como siempre. Era un día de patrulla sin más, lo que debería ser poco más que un paseo por el centro del lugar como una muestra de que la Marina mantenía los ojos bien abiertos, lo que Stroud llamaba una "demostración de presencia" de la institución. Su caminar, aun relajado, era firme, al igual que el resto de su postura, con zancadas medidas y uniformes, que harían pensar a uno que hacía un esfuerzo activo por hacer iguales.
Sabía bien que Drum no era un lugar considerado como problemático, que ofrecía a la mayoría de sus habitantes una vida relativamente tranquila, más allá del frío abrasador que amenazaba con matarlos a todos de hipotermia a todas horas del día. Sin embargo, su preocupación, o, mejor dicho, su inquietud respecto a la constante presencia de elementos criminales en la sociedad empezaba a cobrarse un precio en su mente; nunca había separado demasiado el trabajo de lo personal, pero, desde sus tiempos en Little Garden, ambos habían convertido prácticamente en uno. En rara ocasión, si acaso alguna vez, se permitía a sí mismo un instante de sosiego, de dejar de ser el Marine que había nacido para ser, en aquello que se quería convertir. Para Stroud Redgrave, cada esquina era una potencial emboscada, y cada transeúnte, un potencial malhechor.
"No sé vosotros," dijo, en su voz característicamente monótona, mientras observaba a su alrededor, y dándose por hecho que se dirigía a Kibai y Bertram, "pero me imaginaba las islas del Grand Line como lugares más problemáticos, ¿sabéis? Al menos, las islas como esta," inquirió, jugueteando con sus nudillos tras su espalda. Era el caso. Por mucho que algunos incluso pudiesen calificar a Stroud de paranoico, hubiera sido erróneo pensar que hubiese perdido el contacto con la realidad. Solo era, como le gustaba pensar a él, "más consciente" de lo que los rodeaba, o intentaba serlo. Pero no le faltaba razón; a excepción del pequeño negocio que había descubierto recientemente en lo más profundo y salvaje de la isla, los núcleos urbanos parecían funcionar con plena normalidad. El tiempo tampoco le molestaba en absoluto, cabría mencionar, y en más de una ocasión se le pasó por la cabeza que habría sido agradable tener un cuartel allí. No era habitual ver piratas o criminales, y los pocos que llegaban hasta allí solían tener buen cuidado de pasar desapercibidos, o, al menos, no llamar demasiado la atención. Los efectivos del reino, pese a sus pocos números, parecían hacer trabajo más que satisfactorio a la hora de mantener el crimen a raya. La ocasional presencia de la Marina, claro, cada vez que alguna división pasaba por allí, era más que bienvenida como un pequeño alivio en sus propios esfuerzos, como en tantos otros lugares. Esto, sin embargo, no le había hecho relajarse de ninguna manera visible; sus ojos seguían tan atentos como de costumbre, lo cual no era en absoluto decir poco. De su cinturón colgaban sus guantes tachonados, sus fieles compañeros en todo lo respectivo a destruir las mandíbulas de la injusticia.
Olisqueó el aire; había aromas flotando en aquel gélido aire que le recordaban a su Spider Miles natal, como ese inconfundible olor a pan de centeno, tan aparentemente popular en las islas más frías, que parecía emanar de cualquier establecimiento, fuese o no de comida y restauración. Su mirada fría y entornada viajó de un lado a otro de la calle, deteniéndose momentáneamente en el hombre que había empezado a tañir una campana por no se sabía muy bien qué motivo, para luego ir hasta lo que fuera aquel hospital, a no mucha distancia de los tres Marines, deteniéndose finalmente en el grupito de hombres cuchicheando a la entrada de la taberna. Impertérrito, hizo un sutil gesto a sus dos compañeros, indicándoles discretamente que había algo que quería comprobar de cerca. Aquel gesto implicaba que no necesitaba refuerzos (si bien sus compañeros podían elegir ir con él, si así lo consideraban conveniente), pero que esperaba que mantuviesen un ojo puesto en lo que pudiese suceder, por si acaso. Normalmente, no intervendría en una simple conversación privada entre civiles, pero empezaba a conocer ya aquellos grupitos. En silencio, caminó hasta el grupo como quien no quería la cosa, ciñéndose los guantes y pasando junto a los mismos, su mentón ligeramente alzado, como de costumbre. "¿Todo en orden, caballeros? ¿Qué se cuece últimamente por la ciudad?," preguntó en su habitual tono, sosegado pero firme, situándose frente al grupo. Si querían no actuar de forma sospechosa, era su oportunidad.
Sabía bien que Drum no era un lugar considerado como problemático, que ofrecía a la mayoría de sus habitantes una vida relativamente tranquila, más allá del frío abrasador que amenazaba con matarlos a todos de hipotermia a todas horas del día. Sin embargo, su preocupación, o, mejor dicho, su inquietud respecto a la constante presencia de elementos criminales en la sociedad empezaba a cobrarse un precio en su mente; nunca había separado demasiado el trabajo de lo personal, pero, desde sus tiempos en Little Garden, ambos habían convertido prácticamente en uno. En rara ocasión, si acaso alguna vez, se permitía a sí mismo un instante de sosiego, de dejar de ser el Marine que había nacido para ser, en aquello que se quería convertir. Para Stroud Redgrave, cada esquina era una potencial emboscada, y cada transeúnte, un potencial malhechor.
"No sé vosotros," dijo, en su voz característicamente monótona, mientras observaba a su alrededor, y dándose por hecho que se dirigía a Kibai y Bertram, "pero me imaginaba las islas del Grand Line como lugares más problemáticos, ¿sabéis? Al menos, las islas como esta," inquirió, jugueteando con sus nudillos tras su espalda. Era el caso. Por mucho que algunos incluso pudiesen calificar a Stroud de paranoico, hubiera sido erróneo pensar que hubiese perdido el contacto con la realidad. Solo era, como le gustaba pensar a él, "más consciente" de lo que los rodeaba, o intentaba serlo. Pero no le faltaba razón; a excepción del pequeño negocio que había descubierto recientemente en lo más profundo y salvaje de la isla, los núcleos urbanos parecían funcionar con plena normalidad. El tiempo tampoco le molestaba en absoluto, cabría mencionar, y en más de una ocasión se le pasó por la cabeza que habría sido agradable tener un cuartel allí. No era habitual ver piratas o criminales, y los pocos que llegaban hasta allí solían tener buen cuidado de pasar desapercibidos, o, al menos, no llamar demasiado la atención. Los efectivos del reino, pese a sus pocos números, parecían hacer trabajo más que satisfactorio a la hora de mantener el crimen a raya. La ocasional presencia de la Marina, claro, cada vez que alguna división pasaba por allí, era más que bienvenida como un pequeño alivio en sus propios esfuerzos, como en tantos otros lugares. Esto, sin embargo, no le había hecho relajarse de ninguna manera visible; sus ojos seguían tan atentos como de costumbre, lo cual no era en absoluto decir poco. De su cinturón colgaban sus guantes tachonados, sus fieles compañeros en todo lo respectivo a destruir las mandíbulas de la injusticia.
Olisqueó el aire; había aromas flotando en aquel gélido aire que le recordaban a su Spider Miles natal, como ese inconfundible olor a pan de centeno, tan aparentemente popular en las islas más frías, que parecía emanar de cualquier establecimiento, fuese o no de comida y restauración. Su mirada fría y entornada viajó de un lado a otro de la calle, deteniéndose momentáneamente en el hombre que había empezado a tañir una campana por no se sabía muy bien qué motivo, para luego ir hasta lo que fuera aquel hospital, a no mucha distancia de los tres Marines, deteniéndose finalmente en el grupito de hombres cuchicheando a la entrada de la taberna. Impertérrito, hizo un sutil gesto a sus dos compañeros, indicándoles discretamente que había algo que quería comprobar de cerca. Aquel gesto implicaba que no necesitaba refuerzos (si bien sus compañeros podían elegir ir con él, si así lo consideraban conveniente), pero que esperaba que mantuviesen un ojo puesto en lo que pudiese suceder, por si acaso. Normalmente, no intervendría en una simple conversación privada entre civiles, pero empezaba a conocer ya aquellos grupitos. En silencio, caminó hasta el grupo como quien no quería la cosa, ciñéndose los guantes y pasando junto a los mismos, su mentón ligeramente alzado, como de costumbre. "¿Todo en orden, caballeros? ¿Qué se cuece últimamente por la ciudad?," preguntó en su habitual tono, sosegado pero firme, situándose frente al grupo. Si querían no actuar de forma sospechosa, era su oportunidad.
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