27-04-2026, 10:10 PM
La tormenta escupió sus últimos bufidos, desgastada por el tiempo y las fuertes corrientes de viento que acosaban Baterilla. El agua caía a raudales pero los truenos, apiadándose de la íntima conversación, bajaron la intensidad de su rugido, cada vez más lejanos y esporádicos. El grueso del temporal estaba pasando.
—Oh, no, todo comienza con un chico —señaló Enji y se acomodó mejor de perfil, apoyó el hombro en la reja y se cruzó de brazos sobre el estómago—. Desembucha, a ver.
Estaba preparado para escuchar cualquier tipo de historia, desde estafas hasta romances, pasando por tragedias y batallas, después de ese inicio. Todo tipo de aventuras podían empezar por un “Conocí a un chico”. O a una chica. Podría decirse, genuinamente, que una nueva etapa de su vida había empezado así. “Conocí a una chica en las playas de Baterilla…”, y ahí estaba, mucho tiempo más tarde, con una historia completamente diferente. En una página distinta, de un libro distinto, después de que un simple abrazo lo instó a volver a respirar.
Lo que escuchó no estaba demasiado lejos de su propia experiencia. Otra forma, otros papeles, pero un encuadre similar. Caminos que se encontraban y daban a luz nuevos senderos, nuevas direcciones. Distintas, dispares, incluso enfrentadas. La dulce y amable Miyori subida en un barco pirata… ¿Quién lo diría? La miró a los ojos, sus manos se unieron y el tiempo pareció regresar a la noche del incendio.
—(...)he trazado mi propio camino, y no pienso apartarme de seguirlo.
Enji sonrió. No una sonrisa triste, melancólica o conflictuada por la situación y la posición en la que se encontraba ahora, sentado frente a una pirata declarada. Una sonrisa de genuina diversión.
—Entonces, esa es tu gran resolución, eh… —Un rayo cayó a lo lejos y la sombra de su luz se reflejó en las insondables pupilas del marine, que soltó la mano de Miyori y se levantó. Dio unos pasos hacia la lluvia y se paró en el límite del área protegida por el toldo, a un paso de volver a ser engullido por el diluvio—. Muy bien, señorita pirata. Esa es una gran forma de decirlo. ¡Es la manera correcta de decirlo!
La sonrisa de Enji se ensanchó, enseñando los dientes a la tormenta. Se volteó para mirar a Miyori por encima del hombro mientras el temporal se apaciguaba; la lluvia se volvía más fina; los rayos, más lejanos. Poco a poco el cataclismo se convirtió en otra noche lluviosa en la tropical Baterilla.
—Exploralo todo, vete lejos y luego ve todavía más allá. —Se regresó, la mirada llena de determinación y la ancha sonrisa llena de desafío—. Pero no creas que será fácil. Si tu amigo pirata se cruza en mi camino, si arman una tripulación y mi división se topa con ustedes… ¡No habrá distinciones! —Extendió su mano derecha hacia Miyori, abierta, ofreciendo su ayuda para que se levantara del suelo—. ¡Será divertido! Como gatos y ratones. ¡Consigue todo lo que puedas hasta el día en que te capture! ¡O el día en que ustedes me maten! —La emoción era permanente en su voz, en su mirada, en su gesto—. De eso se trata este juego de “héroes y villanos”, ¿no crees, Miyorcita?
—Oh, no, todo comienza con un chico —señaló Enji y se acomodó mejor de perfil, apoyó el hombro en la reja y se cruzó de brazos sobre el estómago—. Desembucha, a ver.
Estaba preparado para escuchar cualquier tipo de historia, desde estafas hasta romances, pasando por tragedias y batallas, después de ese inicio. Todo tipo de aventuras podían empezar por un “Conocí a un chico”. O a una chica. Podría decirse, genuinamente, que una nueva etapa de su vida había empezado así. “Conocí a una chica en las playas de Baterilla…”, y ahí estaba, mucho tiempo más tarde, con una historia completamente diferente. En una página distinta, de un libro distinto, después de que un simple abrazo lo instó a volver a respirar.
Lo que escuchó no estaba demasiado lejos de su propia experiencia. Otra forma, otros papeles, pero un encuadre similar. Caminos que se encontraban y daban a luz nuevos senderos, nuevas direcciones. Distintas, dispares, incluso enfrentadas. La dulce y amable Miyori subida en un barco pirata… ¿Quién lo diría? La miró a los ojos, sus manos se unieron y el tiempo pareció regresar a la noche del incendio.
—(...)he trazado mi propio camino, y no pienso apartarme de seguirlo.
Enji sonrió. No una sonrisa triste, melancólica o conflictuada por la situación y la posición en la que se encontraba ahora, sentado frente a una pirata declarada. Una sonrisa de genuina diversión.
—Entonces, esa es tu gran resolución, eh… —Un rayo cayó a lo lejos y la sombra de su luz se reflejó en las insondables pupilas del marine, que soltó la mano de Miyori y se levantó. Dio unos pasos hacia la lluvia y se paró en el límite del área protegida por el toldo, a un paso de volver a ser engullido por el diluvio—. Muy bien, señorita pirata. Esa es una gran forma de decirlo. ¡Es la manera correcta de decirlo!
La sonrisa de Enji se ensanchó, enseñando los dientes a la tormenta. Se volteó para mirar a Miyori por encima del hombro mientras el temporal se apaciguaba; la lluvia se volvía más fina; los rayos, más lejanos. Poco a poco el cataclismo se convirtió en otra noche lluviosa en la tropical Baterilla.
—Exploralo todo, vete lejos y luego ve todavía más allá. —Se regresó, la mirada llena de determinación y la ancha sonrisa llena de desafío—. Pero no creas que será fácil. Si tu amigo pirata se cruza en mi camino, si arman una tripulación y mi división se topa con ustedes… ¡No habrá distinciones! —Extendió su mano derecha hacia Miyori, abierta, ofreciendo su ayuda para que se levantara del suelo—. ¡Será divertido! Como gatos y ratones. ¡Consigue todo lo que puedas hasta el día en que te capture! ¡O el día en que ustedes me maten! —La emoción era permanente en su voz, en su mirada, en su gesto—. De eso se trata este juego de “héroes y villanos”, ¿no crees, Miyorcita?

