29-04-2026, 02:40 AM
Me tomé unos segundos para regocijarme en lo limpio que me había salido el golpe y me dispuse a reclamarle a la hiena lo que le había pedido de entrada —que devolviera hasta la última moneda mangada, que cesara en sus achantes y que desapareciera para siempre de la humilde Baquella—, pensando que, en su estado —herido y envenenado—, sería pan comido. En unos minutos, Hideo habría recuperado lo robado y la paz habría vuelto a Baquella.
Yo, huelga decirlo, me sentía pletórico. Hacer el bien me produce en la glándula pineal un gustirrinín que mi prosa, por mucho que la empine, no alcanza a explicar.
De aquella beatitud vino a sacarme la voz desesperada del mink, ya arrodillado, recordándole a gritos al marine las tres semanas que llevaba pagándole y exigiéndole, ahora, que cumpliera con su parte. Entonces até cabos. El uniformado era cómplice del extorsionador, y por eso se había limitado a hacer de figurante durante toda la trifulca.
El soldadito, en efecto, no tardó en darme la razón. Un «¡alto!» aflautado vino a herirme el oído. Dirigí la mirada hacia el origen del grito y di con el marine, que amagó con detenerme, vacilación que el hombre bestia, todavía maltrecho, aprovechó para escurrirse por uno de los callejones angostos que sangran de la plaza.
Total, que tuve que dejar escapar a la hiena y encararme con su compinche.
—Serás… —se me apagó el insulto en los labios cuando reparé en el óxido de su sable, que delataba que no acostumbraba usarlo. Y se le notaba incómodo, no en vano su socio acababa de exponerlo delante de todos los baquellanos. Asustado, también, me pareció.
Yo, huelga decirlo, me sentía pletórico. Hacer el bien me produce en la glándula pineal un gustirrinín que mi prosa, por mucho que la empine, no alcanza a explicar.
De aquella beatitud vino a sacarme la voz desesperada del mink, ya arrodillado, recordándole a gritos al marine las tres semanas que llevaba pagándole y exigiéndole, ahora, que cumpliera con su parte. Entonces até cabos. El uniformado era cómplice del extorsionador, y por eso se había limitado a hacer de figurante durante toda la trifulca.
El soldadito, en efecto, no tardó en darme la razón. Un «¡alto!» aflautado vino a herirme el oído. Dirigí la mirada hacia el origen del grito y di con el marine, que amagó con detenerme, vacilación que el hombre bestia, todavía maltrecho, aprovechó para escurrirse por uno de los callejones angostos que sangran de la plaza.
Total, que tuve que dejar escapar a la hiena y encararme con su compinche.
—Serás… —se me apagó el insulto en los labios cuando reparé en el óxido de su sable, que delataba que no acostumbraba usarlo. Y se le notaba incómodo, no en vano su socio acababa de exponerlo delante de todos los baquellanos. Asustado, también, me pareció.
![[Imagen: UbJv4gnb_o.gif]](https://images2.imgbox.com/ad/b4/UbJv4gnb_o.gif)
—Arrrg...
Qué grima daba. De un soldado uno espera, qué sé yo, una quijada apretada, una mirada firme, esas cosas y no un fulano miserable y pequeñito como aquel.
No iba a andarme con rodeos, saqué la púa retráctil del nudillo del índice a la vez que me acercaba al marine y se la coloqué en la nuez.
—Comandante. Qué digo comandante, almirante lo menos —le dije—. Si fuera yo su excelentísima persona, renunciaría al arresto. A menos, claro está, que tenga usted interés en una traqueotomía —presioné un poco más su gaznate—. Quédese quietecito como un mejillón, ¿me escucha? Si mueve un músculo, aunque sea el diafragma, va a ser lo último que haga. Vuelvo enseguida.
Así traté de resolver. No es que fuera yo criatura de amenazar, pero mi capacidad de aguantar merluzos se había desbordado con el mink y mi termómetro de la paciencia venía marcando hasta el caviar desde hacía un buen rato. Así que los dioses me perdonen la brusquedad, pero uno, de cuando en vez, tiene que ponerse serio.
Le di la espalda y enfilé hacia el pescador.
Y qué corte, por las barbas de Poseidón.
—Hi- Hideo —repasé mentalmente todas las veces que había conversado con él. No habían sido muchas. Alguna vez habíamos coincidido en la taberna, pero se pasaba poco porque trabajaba mucho. Solía estar en el muelle o faenando—. Maestro, ¿cómo se encuentra?
Acojonado, me pareció. Pero aparentemente ileso, por fortuna.
Me agaché un poco para quedar a su altura e hice lo posible por brindarle apoyo para que volviera a erguirse. Al hacerlo, noté que todavía mantenía el puño cerrado, con las monedas dentro, supuse, así que se la cubrí con la mía un instante y le sonreí.
—No se preocupe, que estas berries ya no corren peligro. Ni su barca, faltaría más. Que aquel pelagatos no se va a llevar ni una astilla, ni esta semana ni la que viene. De eso me encargo yo. Y si por algún casual se le ocurriera volver por aquí, usted me busca, que un servidor le recoloca otra vez la mandíbula.
Me dio la impresión de que aflojaba los hombros. Yo me crecí un poco al creerle más animado.
—Y oiga, una cosa más, ya que estamos; déjese caer más a menudo por la taberna, jefe, que últimamente casi no le vemos el pelo. El sábado pasado, sin ir más lejos, se perdió usted unos caldos traídos directamente de Wano de los que le hacen a uno orinar mariposas. ¡Un sake, maestro… mmm! Tiene usted que probarlo. ¿Sabe qué? Me juego las agallas a que todavía debe de quedar por allí alguna botella...
Procuré extender un poco más la conversación, lo justo para asegurarme de que el viejillo no se me iba a venir abajo en cuanto lo dejara solo, aunque por el rabillo del ojo no le quitaba atención al marine —ese botarate marrullero—, tan pronto como me dio la sensación de que Hideo había recuperado el aplomo, lo abordé por segunda vez.
—Acompáñeme, vamos a hablar un momento a solas.
Con la diestra lo agarré de las solapas y tiré de él, con el propósito de arrastrarlo hasta el rincón del muelle, justo al lado del cajón de madera oscura. La lona seguía descorrida. Le di un empujón tratando de calcular para que aterrizara sentado, con la espalda contra la madera, con la intención de acuclillarme luego para hablarle a la cara.
—Me da en la nariz que empieza a comprender la situación en la que se encuentra. Su componenda con el mink ha hecho aguas y ahora su carrera en la Marina se desangra porque le han dejado vendido enfrente de sus convecinos. ¿Me equivoco? Una lástima. Imagino que ahora tendrá que afrontar las consecuencias: el castigo público que tenga a bien ponerle la Justicia y la venganza privada, que siempre es más cruel, de los baquellanos. Además de la deshonra con la que tendrá que cargar. ¿Se imagina qué pensaría su mamá si se entera de que su chico, del que está tan orgullosa, es un mequetrefe extorsionador de viejos?
Le di una palmadita en la mejilla. Suavecita.
—Qué mala pata. En el fondo eres un buen muchacho, ¿verdad? —chasqueé la lengua—. Un desliz lo puede tener cualquiera.
—Sin embargo, todavía está usted a tiempo de remediarlo. Atienda. —Apoyé el codo en la rodilla, acercándome un poco más a su cara—. Resulta que un servidor es, además de testigo principal de los hechos, hombre discreto cuando le conviene y, modestia aparte, muy persuasivo. Mire cómo se da la cosa, caballero: si en el transcurso de esta velada nos hacemos amigos, yo me encargo, primero, de que esto que ha pasado hoy no salga de Baquella. Hablo con uno, hablo con otro, doy mi versión, y el asunto, dada la pereza natural del pueblo y la nula afición de los baquellanos a meterse en líos con la Marina, se queda aquí mismo. Se lo aseguro. Y, segundo, si por desgracia le tocase a usted dar parte a sus superiores de algo, este humilde siervo de Poseidón está dispuesto a respaldarle el cuento que decida usted contar. Las palabras del mink, pongamos, fueron pura calumnia de malandrín puesto contra las cuerdas. Usted, que es un bendito, nunca recibió soborno alguno. Y cuando vio la oportunidad, intervino, como mandan los manuales. Lo que necesite, caballero. Yo se lo firmo.
Callé un momento, a propósito. Mi oferta tenía que asentarse, echar raíces en algún rincón de su cabeza; convenía que sopesara la disyuntiva entre seguir atado al socio que lo había vendido —e irse al guano— o aceptar la mano que yo le tendía como vía para escabullirse del aprieto. Cuando calculé que había transcurrido un tiempo prudencial, retomé la perorata.
—A cambio solo le voy a pedir tres cositas. Minucias, ya verá. Primero: quiero que me cuente, con pelos y señales, todo lo que sepa del mink. Si se limitaba a la extorsión o andaba en algo más gordo, cómo se conocieron, si trabaja solo o está a las órdenes de alguien. Todo. Segundo: ese cajón tan raro que apareció en el muelle. Quiero saber si guarda relación con el asunto. Y tercero…
Bajé la voz.
—…de aquí en adelante, en Baquella, mientras un servidor respire, a nadie se le sacude el bolsillo. ¿Me entendió? Y si vuelve a ver a su amigo por estos muelles, usted me avisa. Por el conducto que estime oportuno; ya sabe que un servidor frecuenta la taberna. Pero quiero enterarme. ¿Estamos, caballero?
—¡Ah! Y un último detalle: va usted a reponerle al bueno de Hideo todo lo que el bandido le ha sacado hasta ahora. Diremos que lo persiguió y consiguió recuperarlo. Eso le dará fuerza a nuestra coartada.
Y con aquello, di por zanjado mi sermón. Tenía claro que por aquel día había sido suficiente. Cualquier cosita que aquel infeliz tuviera a bien contarme, un servidor la atendería con calma y sabría darle el uso adecuado en su momento. En otro momento.
No iba a andarme con rodeos, saqué la púa retráctil del nudillo del índice a la vez que me acercaba al marine y se la coloqué en la nuez.
—Comandante. Qué digo comandante, almirante lo menos —le dije—. Si fuera yo su excelentísima persona, renunciaría al arresto. A menos, claro está, que tenga usted interés en una traqueotomía —presioné un poco más su gaznate—. Quédese quietecito como un mejillón, ¿me escucha? Si mueve un músculo, aunque sea el diafragma, va a ser lo último que haga. Vuelvo enseguida.
Así traté de resolver. No es que fuera yo criatura de amenazar, pero mi capacidad de aguantar merluzos se había desbordado con el mink y mi termómetro de la paciencia venía marcando hasta el caviar desde hacía un buen rato. Así que los dioses me perdonen la brusquedad, pero uno, de cuando en vez, tiene que ponerse serio.
Le di la espalda y enfilé hacia el pescador.
Y qué corte, por las barbas de Poseidón.
—Hi- Hideo —repasé mentalmente todas las veces que había conversado con él. No habían sido muchas. Alguna vez habíamos coincidido en la taberna, pero se pasaba poco porque trabajaba mucho. Solía estar en el muelle o faenando—. Maestro, ¿cómo se encuentra?
Acojonado, me pareció. Pero aparentemente ileso, por fortuna.
Me agaché un poco para quedar a su altura e hice lo posible por brindarle apoyo para que volviera a erguirse. Al hacerlo, noté que todavía mantenía el puño cerrado, con las monedas dentro, supuse, así que se la cubrí con la mía un instante y le sonreí.
—No se preocupe, que estas berries ya no corren peligro. Ni su barca, faltaría más. Que aquel pelagatos no se va a llevar ni una astilla, ni esta semana ni la que viene. De eso me encargo yo. Y si por algún casual se le ocurriera volver por aquí, usted me busca, que un servidor le recoloca otra vez la mandíbula.
Me dio la impresión de que aflojaba los hombros. Yo me crecí un poco al creerle más animado.
—Y oiga, una cosa más, ya que estamos; déjese caer más a menudo por la taberna, jefe, que últimamente casi no le vemos el pelo. El sábado pasado, sin ir más lejos, se perdió usted unos caldos traídos directamente de Wano de los que le hacen a uno orinar mariposas. ¡Un sake, maestro… mmm! Tiene usted que probarlo. ¿Sabe qué? Me juego las agallas a que todavía debe de quedar por allí alguna botella...
Procuré extender un poco más la conversación, lo justo para asegurarme de que el viejillo no se me iba a venir abajo en cuanto lo dejara solo, aunque por el rabillo del ojo no le quitaba atención al marine —ese botarate marrullero—, tan pronto como me dio la sensación de que Hideo había recuperado el aplomo, lo abordé por segunda vez.
—Acompáñeme, vamos a hablar un momento a solas.
Con la diestra lo agarré de las solapas y tiré de él, con el propósito de arrastrarlo hasta el rincón del muelle, justo al lado del cajón de madera oscura. La lona seguía descorrida. Le di un empujón tratando de calcular para que aterrizara sentado, con la espalda contra la madera, con la intención de acuclillarme luego para hablarle a la cara.
—Me da en la nariz que empieza a comprender la situación en la que se encuentra. Su componenda con el mink ha hecho aguas y ahora su carrera en la Marina se desangra porque le han dejado vendido enfrente de sus convecinos. ¿Me equivoco? Una lástima. Imagino que ahora tendrá que afrontar las consecuencias: el castigo público que tenga a bien ponerle la Justicia y la venganza privada, que siempre es más cruel, de los baquellanos. Además de la deshonra con la que tendrá que cargar. ¿Se imagina qué pensaría su mamá si se entera de que su chico, del que está tan orgullosa, es un mequetrefe extorsionador de viejos?
Le di una palmadita en la mejilla. Suavecita.
—Qué mala pata. En el fondo eres un buen muchacho, ¿verdad? —chasqueé la lengua—. Un desliz lo puede tener cualquiera.
—Sin embargo, todavía está usted a tiempo de remediarlo. Atienda. —Apoyé el codo en la rodilla, acercándome un poco más a su cara—. Resulta que un servidor es, además de testigo principal de los hechos, hombre discreto cuando le conviene y, modestia aparte, muy persuasivo. Mire cómo se da la cosa, caballero: si en el transcurso de esta velada nos hacemos amigos, yo me encargo, primero, de que esto que ha pasado hoy no salga de Baquella. Hablo con uno, hablo con otro, doy mi versión, y el asunto, dada la pereza natural del pueblo y la nula afición de los baquellanos a meterse en líos con la Marina, se queda aquí mismo. Se lo aseguro. Y, segundo, si por desgracia le tocase a usted dar parte a sus superiores de algo, este humilde siervo de Poseidón está dispuesto a respaldarle el cuento que decida usted contar. Las palabras del mink, pongamos, fueron pura calumnia de malandrín puesto contra las cuerdas. Usted, que es un bendito, nunca recibió soborno alguno. Y cuando vio la oportunidad, intervino, como mandan los manuales. Lo que necesite, caballero. Yo se lo firmo.
Callé un momento, a propósito. Mi oferta tenía que asentarse, echar raíces en algún rincón de su cabeza; convenía que sopesara la disyuntiva entre seguir atado al socio que lo había vendido —e irse al guano— o aceptar la mano que yo le tendía como vía para escabullirse del aprieto. Cuando calculé que había transcurrido un tiempo prudencial, retomé la perorata.
—A cambio solo le voy a pedir tres cositas. Minucias, ya verá. Primero: quiero que me cuente, con pelos y señales, todo lo que sepa del mink. Si se limitaba a la extorsión o andaba en algo más gordo, cómo se conocieron, si trabaja solo o está a las órdenes de alguien. Todo. Segundo: ese cajón tan raro que apareció en el muelle. Quiero saber si guarda relación con el asunto. Y tercero…
Bajé la voz.
—…de aquí en adelante, en Baquella, mientras un servidor respire, a nadie se le sacude el bolsillo. ¿Me entendió? Y si vuelve a ver a su amigo por estos muelles, usted me avisa. Por el conducto que estime oportuno; ya sabe que un servidor frecuenta la taberna. Pero quiero enterarme. ¿Estamos, caballero?
—¡Ah! Y un último detalle: va usted a reponerle al bueno de Hideo todo lo que el bandido le ha sacado hasta ahora. Diremos que lo persiguió y consiguió recuperarlo. Eso le dará fuerza a nuestra coartada.
Y con aquello, di por zanjado mi sermón. Tenía claro que por aquel día había sido suficiente. Cualquier cosita que aquel infeliz tuviera a bien contarme, un servidor la atendería con calma y sabría darle el uso adecuado en su momento. En otro momento.
RESUMEN
KARMAS
