29-04-2026, 08:06 PM
«Joder, joder, joder».
No era una persona de palabrotas. Además de ser poco elegantes ―lo cual no casaba para nada con la imagen de St. George―, me recordaban demasiado al pestilente de Pulmones Negros. Sin embargo, creo que hay algo primitivo en recurrir a ellas cuando tu vida está a punto de extinguirse.
«¡¡Joooodeeer!!».
El palo mayor arrastró consigo al de mesana. Un estruendo colosal sepultado por el restallido de la tormenta. Ya ni siquiera tenía sentido intentar dirigir el timón, porque la toldilla y el castillo del Tempestad habían quedado destruidos, dejando a nuestro navío convertido en poco más que un amasijo de madera. Sin control. El estómago se me subió a la garganta mientras caíamos.
Puede sonar un poco suicida, pero ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo. Debe ser un mecanismo de protección que la mente activa cuando sabe que no hay nada que puedas hacer para evitar el destino.
―¡¡JODER!! ―grité conforme el Tempestad aterrizaba con un golpe seco en el agua.
El impactó me reverberó por todo el cuerpo. Fue un bonito latigazo para mis maravillosas migrañas, que amenazaron con dejarme tumbado sobre el timón sin capacidad de recobrar la consciencia. No me habían matado doscientos soldados, una cámara infernal, un pirata suicida, ni la mayor tempestad de nuestras vidas… e iba a hacerlo un maldito dolor de cabeza.
―¿Estáis… bien? ―pregunté a mis compañeros.
Kael seguía justo tras mi espalda y yo agradecí que su cuerpo me hubiera servido de soporte. Aunque ya empezaba a agobiarme. Me safé de las cuerdas tan pronto como tuve ocasión para escabullirme entre tambaleos por la cubierta. O, bueno, lo que quedaba de ella. Íbamos a la deriva.
―Omuyaga, ¿puedes informar a la Marina sobre todo lo ocurrido? ―mascullé entre dientes, aquejado por el dichoso dolor de cabeza.
Nyra, mientras tanto, informaba a la División ochenta.
Me habría encantado tumbarme allí mismo a descansar, pero habría sido comida de peces. El ser humano es cabezota. Nos aferramos a la vida incluso cuando todo parece perdido. De ese mismo modo, la División setenta y cinco nos aferramos a la posibilidad de llegar a tierra sin abandonar nuestro difunto barco.
No sé cuántas horas estuvimos luchando por achicar el agua, corriendo de un lado a otro. Apenas lo recuerdo. Lo que sí sé es que me desplomé en cuanto llegamos a tierra, consciente y exhausto.
Extendí los brazos en cruz.
Cerré los ojos.
―Necesito un baño caliente.
Y una cama.
No era una persona de palabrotas. Además de ser poco elegantes ―lo cual no casaba para nada con la imagen de St. George―, me recordaban demasiado al pestilente de Pulmones Negros. Sin embargo, creo que hay algo primitivo en recurrir a ellas cuando tu vida está a punto de extinguirse.
«¡¡Joooodeeer!!».
El palo mayor arrastró consigo al de mesana. Un estruendo colosal sepultado por el restallido de la tormenta. Ya ni siquiera tenía sentido intentar dirigir el timón, porque la toldilla y el castillo del Tempestad habían quedado destruidos, dejando a nuestro navío convertido en poco más que un amasijo de madera. Sin control. El estómago se me subió a la garganta mientras caíamos.
Puede sonar un poco suicida, pero ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo. Debe ser un mecanismo de protección que la mente activa cuando sabe que no hay nada que puedas hacer para evitar el destino.
―¡¡JODER!! ―grité conforme el Tempestad aterrizaba con un golpe seco en el agua.
El impactó me reverberó por todo el cuerpo. Fue un bonito latigazo para mis maravillosas migrañas, que amenazaron con dejarme tumbado sobre el timón sin capacidad de recobrar la consciencia. No me habían matado doscientos soldados, una cámara infernal, un pirata suicida, ni la mayor tempestad de nuestras vidas… e iba a hacerlo un maldito dolor de cabeza.
―¿Estáis… bien? ―pregunté a mis compañeros.
Kael seguía justo tras mi espalda y yo agradecí que su cuerpo me hubiera servido de soporte. Aunque ya empezaba a agobiarme. Me safé de las cuerdas tan pronto como tuve ocasión para escabullirme entre tambaleos por la cubierta. O, bueno, lo que quedaba de ella. Íbamos a la deriva.
―Omuyaga, ¿puedes informar a la Marina sobre todo lo ocurrido? ―mascullé entre dientes, aquejado por el dichoso dolor de cabeza.
Nyra, mientras tanto, informaba a la División ochenta.
Me habría encantado tumbarme allí mismo a descansar, pero habría sido comida de peces. El ser humano es cabezota. Nos aferramos a la vida incluso cuando todo parece perdido. De ese mismo modo, la División setenta y cinco nos aferramos a la posibilidad de llegar a tierra sin abandonar nuestro difunto barco.
No sé cuántas horas estuvimos luchando por achicar el agua, corriendo de un lado a otro. Apenas lo recuerdo. Lo que sí sé es que me desplomé en cuanto llegamos a tierra, consciente y exhausto.
Extendí los brazos en cruz.
Cerré los ojos.
―Necesito un baño caliente.
Y una cama.
