30-04-2026, 04:58 AM
El cantinero suspiró, asintiendo con la cabeza. Parece que el pirata no está ahi para una charla cordial, ni para perder el tiempo. No viene a festejar, ni a sumarse al libertinaje de los piratas. Cómo tal el corpulento bagre juguetea con uno de sus bigotes observando el bar, antes de devolver la mirada hacia el médico.
› Solo te diré que es de gatillo fácil, mi negocio va. La idea es que siga así
Y cómo tal no era mucho más lo que podía decir, se notaba el nerviosismo a la hora de dirigirse a quienes prácticamente habían tomado control de la taberna todas las noches. Eran clientes, aunque molestos y ruidosos ¿Pero que iba a hacer? ¿Denunciarlos con la marina? Rascó su nuca antes de girarse para seguir acomodando botellas en la parte interna de la barra, entonces fue que el médico se levantó.
En ese momento, la mirada de la beoda lo siguió con atención hasta que finalmente éste se acercó a los guardias que custodiaban las escaleras.
Las palabras del médico eran lo suficientemente directas y claras para entender que no era alguien ahí para perder el tiempo, y pese a todo los dos hombres no parecieron preocuparse mucho siquiera por catearlo.
› ¿Negocios con Dr. Fígaro? Tú y todos… Esperate que está con un cliente
Aclaró uno de los dos masculinos. De cerca Kiyoshi podía notar que se veían similares, sus facciones eran parecidas, el color de su cabello, sus peinados y su ropa. Podían parecer gemelos, humanos de pelo y ojos negros con corte de taza vestidos completamente de negro. Más no lo eran, solo eran parecidos.
Desde el segundo piso, otros dos hombres de apariencias similares comenzaron a descender. Cargaban consigo unas cortinas de tela envueltas. Parecían estar llevando un pesado rollo de tela… Que chorreaba sangre. Los guardias les dieron paso, y ellos bajaron con el cadáver envuelto pasando por el lado de Kiyoshi para dirigirse hacia la puerta del costado de la barra. La misma parecía comunicar con el exterior tras un pasillo, llevando a la parte trasera de la taberna, pues una vez habían pasado se pudo sentir el viento de la noche por unos segundos hasta que cerraron la puerta tras de sí.
› Pues parece que ya se liberó… Sube, y no intentes nada chistoso. Dr. Fïgaro sabe que llegaste desde que pasaste por la puerta
Le aclaró uno de los secuaces del doctor, ambos abriendole paso al médico de los Sepultura.
En el segundo piso, Kiyoshi encontraría a un hombre sentado en un largo sillón de 5 metros de lado a lado, precisamente en el centro. El entrepiso que corresponde al segundo piso mide unos veinte metros cuadrados, frente al sillón de Figaro a unos diez metros hay otra sillon modestamente más pequeño pero aun así de dos cuerpos.
Fígaro es un humano de 60 años aproximadamente, canoso y desgarbado con una barba desprolija. Viste un guardapolvos de trabajo blanco por encima de un traje ya gastado, sus brazos se encuentran a los lados tras el respaldo del sillón. A su alrededor hay un grupo de mujeres que parecen, a simple vista, bajo los efectos de estupefacientes, pérdidas en tiempo y espacio. Frente a él una mesa con diversas sustancias. En la sala hay de pie varios de los secuaces del doctor, todos vestidos igual y con el mismo corte de pelo en forma de hongo. El aroma del licor, la pólvora, el tabaco y sustancias antisépticas se mezclan en éste segundo piso.
› Doctor Maeda, asumo. Que bueno es tener un colega de visita en mi pedacito de cielo, siéntese no sea tímido. Escuché que viene a negociar
Detrás del hombre a unos cinco metros en la pared oeste de la habitación hay un reloj de pared. Tic. Tic. Tic. Tic. Se puede escuchar. El reloj, no obstante, está fuera de hora.
› Solo te diré que es de gatillo fácil, mi negocio va. La idea es que siga así
Y cómo tal no era mucho más lo que podía decir, se notaba el nerviosismo a la hora de dirigirse a quienes prácticamente habían tomado control de la taberna todas las noches. Eran clientes, aunque molestos y ruidosos ¿Pero que iba a hacer? ¿Denunciarlos con la marina? Rascó su nuca antes de girarse para seguir acomodando botellas en la parte interna de la barra, entonces fue que el médico se levantó.
En ese momento, la mirada de la beoda lo siguió con atención hasta que finalmente éste se acercó a los guardias que custodiaban las escaleras.
Las palabras del médico eran lo suficientemente directas y claras para entender que no era alguien ahí para perder el tiempo, y pese a todo los dos hombres no parecieron preocuparse mucho siquiera por catearlo.
› ¿Negocios con Dr. Fígaro? Tú y todos… Esperate que está con un cliente
Aclaró uno de los dos masculinos. De cerca Kiyoshi podía notar que se veían similares, sus facciones eran parecidas, el color de su cabello, sus peinados y su ropa. Podían parecer gemelos, humanos de pelo y ojos negros con corte de taza vestidos completamente de negro. Más no lo eran, solo eran parecidos.
Desde el segundo piso, otros dos hombres de apariencias similares comenzaron a descender. Cargaban consigo unas cortinas de tela envueltas. Parecían estar llevando un pesado rollo de tela… Que chorreaba sangre. Los guardias les dieron paso, y ellos bajaron con el cadáver envuelto pasando por el lado de Kiyoshi para dirigirse hacia la puerta del costado de la barra. La misma parecía comunicar con el exterior tras un pasillo, llevando a la parte trasera de la taberna, pues una vez habían pasado se pudo sentir el viento de la noche por unos segundos hasta que cerraron la puerta tras de sí.
› Pues parece que ya se liberó… Sube, y no intentes nada chistoso. Dr. Fïgaro sabe que llegaste desde que pasaste por la puerta
Le aclaró uno de los secuaces del doctor, ambos abriendole paso al médico de los Sepultura.
En el segundo piso, Kiyoshi encontraría a un hombre sentado en un largo sillón de 5 metros de lado a lado, precisamente en el centro. El entrepiso que corresponde al segundo piso mide unos veinte metros cuadrados, frente al sillón de Figaro a unos diez metros hay otra sillon modestamente más pequeño pero aun así de dos cuerpos.
Fígaro es un humano de 60 años aproximadamente, canoso y desgarbado con una barba desprolija. Viste un guardapolvos de trabajo blanco por encima de un traje ya gastado, sus brazos se encuentran a los lados tras el respaldo del sillón. A su alrededor hay un grupo de mujeres que parecen, a simple vista, bajo los efectos de estupefacientes, pérdidas en tiempo y espacio. Frente a él una mesa con diversas sustancias. En la sala hay de pie varios de los secuaces del doctor, todos vestidos igual y con el mismo corte de pelo en forma de hongo. El aroma del licor, la pólvora, el tabaco y sustancias antisépticas se mezclan en éste segundo piso.
› Doctor Maeda, asumo. Que bueno es tener un colega de visita en mi pedacito de cielo, siéntese no sea tímido. Escuché que viene a negociar
Detrás del hombre a unos cinco metros en la pared oeste de la habitación hay un reloj de pared. Tic. Tic. Tic. Tic. Se puede escuchar. El reloj, no obstante, está fuera de hora.
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Datos
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