30-04-2026, 04:48 PM
Mis nervios pasaban desapercibidos. Al menos, así lo veía yo. Siempre había sido una persona honesta, pero haber pasado tanto tiempo en las sombras de seguro me había ayudado a aprender a ocultarme. Tal vez, eso pasaba también con mis emociones sin haberme dado ni cuenta. No ocurría así con las de aquella mujer de pelo verde. Su agresividad era algo que no se podía pasar por alto. Menos aún cuando su bastón no paraba de amenazarnos, volando de un lado a otro a gran velocidad para posarse apenas rozando mi mentón. Sin duda, aquellos serían los tragos más difíciles de mi vida. Aunque, a decir verdad, las veces que había bebido se podían contar con los dedos de una mano. En concreto, la de un trabajador de un aserradero con poca concentración.
Kiyoshi parecía no querer rebajar el tono en su discurso, como si por relajarse nos fuese a hacer parecer débiles. Yo podía sentir nuestra fuerza, más aún después de beberme aquellos dos vasos de lo que fuera que contenía la botella. Sin embargo, él no dejaba de parecer irritante ante la mujer con su costumbre de llamar tonto a todo. Aunque creo que eso era parte de su encanto. Sobre todo cuando no lo dirigía hacía mi.
La conversación se fue tranquilizando. Aquella chica, Zaki, cogió otro de los vasos y lo bebió de un trago. Así como si pretendiera demostrar algo. ¿Acaso pensaba que podría ganar a los sepultura en algo? No si yo estaba por allí. Tomé otro vaso lleno y apuré su contenido de un trago, sin respirar, pues no quería que ese horrendo sabor impregnase mi lengua. Este mundo de piratas parece no dar descanso a nadie. Nunca. Ni siquiera cuando bebes. Siempre tienes que demostrar ser más fuerte que los demás. Siempre estar atento. No perder de vista a tus enemigos.
Cuando me quise dar cuenta, Zaki estaba colgada de mi cuello. No se qué extraña técnica utilizó conmigo. Quizá era poseedora de alguna akuma no mi de la cuál no había leído. Lo único que se a ciencia cierta es que, tan pronto comenzó a frotar su mejilla con la mía, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Introduje mis manos por dentro de su presa, empujando con fuerza para intentar apartarla de mi, pero su ataque era demasiado poderoso. No solo era el contacto de cara contra la mía, sino también las palabras que decía. Todo ello me hacía sentir enfermo, asqueado, como si la imagen que intentaba proyectar en mi mente me hiciera sentir nauseabundo. El sentir de su aliento en mi oído hizo estremecerse todos los músculos de mi espalda. ¿Cómo iba a desear tener descendencia con aquella bruta?
—¡Noooo! —grité como pude.
En ocasiones, el alcohol da un punto de lucidez, un pensamiento fugaz pero brillante. O al menos, la embriaguez te hace pensar que así lo sea. Dejé de intentar separar sus brazos ceñidos sobre mi como las paredes de una cueva a punto de derrumbarse. Y entonces lo entendí. Yo era una alimaña hecha para escabullirse por estrechos pasadizos, por pequeñas cavidades en la pared. En definitiva, hecho para escapar. Empujé con mis manos sus brazos, de tal forma que mi cuerpo se lanzase hacia el suelo. Mi cabeza pasó, no sin dificultades, entre sus musculosos brazos y, tan pronto como mis pies tocaron el suelo rodé hacia atrás. Fue aquí cuando me percaté de que mi mente tal vez se había visto nublada por el alcohol y que aquella idea no había sido tan brillante. Mi cuerpo pasó por encima de los trozos a medio romper de algunas sillas, lo cual me dejó magullada la espalda. Pero eso no fue lo peor, no. Mi giro acabó con mi cabeza golpeando el tablero de una mesa a la que le faltaban un par de patas. La falta de amortiguación del golpe me hizo darme cuenta de lo peor; en mi movimiento había perdido el sombrero. Era lo único que conservaba de mi aquella bruta.
—No, no y no. Nada de estar juntos —dije palpando mi cabeza como si la sintiera desnuda—. Y ni hablar de familia. No, nada de eso —me levanté despacio, una mano frotando mis riñones—. Y menos aún nada de cachorritos. No podría. Ni siquiera se como... Quiero decir, sí lo se. Es solo que...
Me detuve, avergonzado. Sentía el rubor crecer en mis mejillas y solo deseé que mi pelaje fuera lo bastante espeso como para que los demás no pudieran percatarse. Hice el gesto como si quisiera coger el sombrero de mi cabeza y comenzar a abanicarme, sin éxito, pues aún no había recuperado mi preciado complemento.
—Disculpa, Zaki. ¿Podrías devolverme mi sombrero? —dije de la manera más gentil que pude hacia aquella mujer, mientras giraba mi rostro hacia mi compañero—. Kiyoshi, ¿no crees que si es la novia de Uker y se comporta así conmigo, sería un poco incómodo?
Terminé de enderezarme con un tambaleo. El golpe en la cabeza me hacía sentir aturdido. ¿O tal vez sería el alcohol? Como sea, solo podía preguntarme quién querría tener alguien así de pareja.
Kiyoshi parecía no querer rebajar el tono en su discurso, como si por relajarse nos fuese a hacer parecer débiles. Yo podía sentir nuestra fuerza, más aún después de beberme aquellos dos vasos de lo que fuera que contenía la botella. Sin embargo, él no dejaba de parecer irritante ante la mujer con su costumbre de llamar tonto a todo. Aunque creo que eso era parte de su encanto. Sobre todo cuando no lo dirigía hacía mi.
La conversación se fue tranquilizando. Aquella chica, Zaki, cogió otro de los vasos y lo bebió de un trago. Así como si pretendiera demostrar algo. ¿Acaso pensaba que podría ganar a los sepultura en algo? No si yo estaba por allí. Tomé otro vaso lleno y apuré su contenido de un trago, sin respirar, pues no quería que ese horrendo sabor impregnase mi lengua. Este mundo de piratas parece no dar descanso a nadie. Nunca. Ni siquiera cuando bebes. Siempre tienes que demostrar ser más fuerte que los demás. Siempre estar atento. No perder de vista a tus enemigos.
Cuando me quise dar cuenta, Zaki estaba colgada de mi cuello. No se qué extraña técnica utilizó conmigo. Quizá era poseedora de alguna akuma no mi de la cuál no había leído. Lo único que se a ciencia cierta es que, tan pronto comenzó a frotar su mejilla con la mía, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Introduje mis manos por dentro de su presa, empujando con fuerza para intentar apartarla de mi, pero su ataque era demasiado poderoso. No solo era el contacto de cara contra la mía, sino también las palabras que decía. Todo ello me hacía sentir enfermo, asqueado, como si la imagen que intentaba proyectar en mi mente me hiciera sentir nauseabundo. El sentir de su aliento en mi oído hizo estremecerse todos los músculos de mi espalda. ¿Cómo iba a desear tener descendencia con aquella bruta?
—¡Noooo! —grité como pude.
En ocasiones, el alcohol da un punto de lucidez, un pensamiento fugaz pero brillante. O al menos, la embriaguez te hace pensar que así lo sea. Dejé de intentar separar sus brazos ceñidos sobre mi como las paredes de una cueva a punto de derrumbarse. Y entonces lo entendí. Yo era una alimaña hecha para escabullirse por estrechos pasadizos, por pequeñas cavidades en la pared. En definitiva, hecho para escapar. Empujé con mis manos sus brazos, de tal forma que mi cuerpo se lanzase hacia el suelo. Mi cabeza pasó, no sin dificultades, entre sus musculosos brazos y, tan pronto como mis pies tocaron el suelo rodé hacia atrás. Fue aquí cuando me percaté de que mi mente tal vez se había visto nublada por el alcohol y que aquella idea no había sido tan brillante. Mi cuerpo pasó por encima de los trozos a medio romper de algunas sillas, lo cual me dejó magullada la espalda. Pero eso no fue lo peor, no. Mi giro acabó con mi cabeza golpeando el tablero de una mesa a la que le faltaban un par de patas. La falta de amortiguación del golpe me hizo darme cuenta de lo peor; en mi movimiento había perdido el sombrero. Era lo único que conservaba de mi aquella bruta.
—No, no y no. Nada de estar juntos —dije palpando mi cabeza como si la sintiera desnuda—. Y ni hablar de familia. No, nada de eso —me levanté despacio, una mano frotando mis riñones—. Y menos aún nada de cachorritos. No podría. Ni siquiera se como... Quiero decir, sí lo se. Es solo que...
Me detuve, avergonzado. Sentía el rubor crecer en mis mejillas y solo deseé que mi pelaje fuera lo bastante espeso como para que los demás no pudieran percatarse. Hice el gesto como si quisiera coger el sombrero de mi cabeza y comenzar a abanicarme, sin éxito, pues aún no había recuperado mi preciado complemento.
—Disculpa, Zaki. ¿Podrías devolverme mi sombrero? —dije de la manera más gentil que pude hacia aquella mujer, mientras giraba mi rostro hacia mi compañero—. Kiyoshi, ¿no crees que si es la novia de Uker y se comporta así conmigo, sería un poco incómodo?
Terminé de enderezarme con un tambaleo. El golpe en la cabeza me hacía sentir aturdido. ¿O tal vez sería el alcohol? Como sea, solo podía preguntarme quién querría tener alguien así de pareja.
