30-04-2026, 05:11 PM
Stroud no tardó en percatarse, tal y como se había hecho patente, de que la División había actuado en reseñable descoordinación; en cuestión de unos pocos segundos, mientras él aún se dirigía hacia el sórdido tugurio para interrogar a aquellos parroquianos en evidente estado de ebriedad, tanto como Kibai como Bertram habían optado por disperarse, yendo cada uno a hacer quién sabía qué. No era el tipo de situación de riesgo que requiriese de vigilancia constante, pero sí era el tipo de encaramiento que podía ponerse tenso en cuestión de un instante. Una mala palabra, un mal gesto, y sería necesario intervenir. Por eso les había hecho aquel gesto, sutil pero explícito; no podía permitirse tal error en la cohesión del grupo, que en un contexto distinto podría haber supuesto un precio mayor.
Le costó no torcer el gesto cuando olió el aroma agrio de quien lleva horas y horas prácticamente empapado en licor barato. No era un olor nuevo, pero era tan repugnante como de costumbre. No sonrió cuando los hombres se echaron a reír. No era el sociable o la cara amable de la División, ni pretendía serlo. Hacía mucho que había descartado aquella opción. Los borrachos entraron de nuevo en la taberna, algo que el Marine se tomó más como una retirada encubierta que otra cosa. Se planteó qué hacer; no sería difícil entrar en aquel lugar y hacerlos hablar por las malas, ya que tenían ganas de jugar. Si optaba por seguirles el juego, aquello no terminaría bien para uno de los dos. Normalmente, no hubiese tolerado que un despojo como aquel, civil o no, se dirigiese de aquella manera a él, ni a ningún otro agente de la Marina. Sin embargo, había cosas más acuciantes, como reunirse con los miembros de su división. Dio media vuelta, prefiriendo dejar aquello para otra ocasión en la que se sintiese con más paciencia. Tal vez mereciese la pena volver luego.
Observó a su alrededor, buscando con la mirada al mink y al pelirrojo. Uno parecía estar escuchando las proclamas de un hombre con una campana, y el otro parecía estar ocupado charlando con el tipo del trineo. Abandonó, por el momento, la zona exterior de la taberna, pasando del suelo de madera al empedrado cubierto por la nieve. Caminó hasta el Mink, a medida que el resto de la muchedumbre parecía alejarse de él (no era difícil adivinar el motivo), y escuchó las últimas palabras del hombre. Hizo un gesto a Bertram, desde lejos, para que se acercase también, si no estaba ya de camino, a menos que prefiriese quedarse a disfrutar de la compañía del tipo del trineo. "Cálmese, no le van a hacer daño. Son avispas oficiales. ¿Qué suministros necesita llevar hasta el castillo? ¿Quién es usted?," inquirió, situándose junto a Kibai y frente al hombre, y escuchando lo que tuviese que decir. Su tono hacía evidente que esperaba recibir respuestas, y a no mucho tardar.
Esperó a que el hombre se explicase, manos tras la espalda, espalda inquebrantablemente recta, sus ojos grises clavados en el tipo de la campana. Quería hablar tranquilamente con Kibai y Bertram, pero no era el tipo de cuestión que debiese tratarse frente a civiles. Si el hombre necesitaba ayuda, y la guardia real del Reino no estaba disponible, aquel podría ser el tipo de cuestión con la que los Marines estuviesen dispuestos a echar un cable durante su estancia en la isla. La Justicia encarnada en la Marina no solo debía estar presente en cada isla, sino que debía aparentarlo. Los ciudadanos debían ser conscientes de que la Marina velaba por ellos, estuviesen donde estuviesen.
Le costó no torcer el gesto cuando olió el aroma agrio de quien lleva horas y horas prácticamente empapado en licor barato. No era un olor nuevo, pero era tan repugnante como de costumbre. No sonrió cuando los hombres se echaron a reír. No era el sociable o la cara amable de la División, ni pretendía serlo. Hacía mucho que había descartado aquella opción. Los borrachos entraron de nuevo en la taberna, algo que el Marine se tomó más como una retirada encubierta que otra cosa. Se planteó qué hacer; no sería difícil entrar en aquel lugar y hacerlos hablar por las malas, ya que tenían ganas de jugar. Si optaba por seguirles el juego, aquello no terminaría bien para uno de los dos. Normalmente, no hubiese tolerado que un despojo como aquel, civil o no, se dirigiese de aquella manera a él, ni a ningún otro agente de la Marina. Sin embargo, había cosas más acuciantes, como reunirse con los miembros de su división. Dio media vuelta, prefiriendo dejar aquello para otra ocasión en la que se sintiese con más paciencia. Tal vez mereciese la pena volver luego.
Observó a su alrededor, buscando con la mirada al mink y al pelirrojo. Uno parecía estar escuchando las proclamas de un hombre con una campana, y el otro parecía estar ocupado charlando con el tipo del trineo. Abandonó, por el momento, la zona exterior de la taberna, pasando del suelo de madera al empedrado cubierto por la nieve. Caminó hasta el Mink, a medida que el resto de la muchedumbre parecía alejarse de él (no era difícil adivinar el motivo), y escuchó las últimas palabras del hombre. Hizo un gesto a Bertram, desde lejos, para que se acercase también, si no estaba ya de camino, a menos que prefiriese quedarse a disfrutar de la compañía del tipo del trineo. "Cálmese, no le van a hacer daño. Son avispas oficiales. ¿Qué suministros necesita llevar hasta el castillo? ¿Quién es usted?," inquirió, situándose junto a Kibai y frente al hombre, y escuchando lo que tuviese que decir. Su tono hacía evidente que esperaba recibir respuestas, y a no mucho tardar.
Esperó a que el hombre se explicase, manos tras la espalda, espalda inquebrantablemente recta, sus ojos grises clavados en el tipo de la campana. Quería hablar tranquilamente con Kibai y Bertram, pero no era el tipo de cuestión que debiese tratarse frente a civiles. Si el hombre necesitaba ayuda, y la guardia real del Reino no estaba disponible, aquel podría ser el tipo de cuestión con la que los Marines estuviesen dispuestos a echar un cable durante su estancia en la isla. La Justicia encarnada en la Marina no solo debía estar presente en cada isla, sino que debía aparentarlo. Los ciudadanos debían ser conscientes de que la Marina velaba por ellos, estuviesen donde estuviesen.
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