01-05-2026, 02:52 PM
Afilaba mis dagas dentro de aquella cabaña improvisada que el capitán Dharma y yo habíamos construido con más esfuerzo del que me gustaría admitir. No era precisamente un hogar acogedor, pero al menos nos mantenía lejos del viento, la arena y de cualquier cosa enorme con ganas de convertirnos en cena. La isla a la que habíamos llegado definitivamente no era el mejor destino turístico del Grand Line. Todo aquí parecía exagerado, como si alguien hubiera decidido tomar criaturas normales y hacerlas tres veces más grandes solo para fastidiarme personalmente. Insectos enormes, bestias con demasiados dientes y aves lo suficientemente grandes como para llevarse a alguien distraído.
Y sí, más de una vez tuve que pelearme con algunas de esas cosas, no porque quisiera, claro, bueeeeeno, quizá un poquito si, a veces es satisfactorio clavar una daga en algo que claramente se cree demasiado importante. Mis manos se movían con precisión sobre el filo, pasando la piedra con paciencia mientras observaba cómo el metal recuperaba ese brillo limpio que tanto me gusta. Hay algo relajante en ello, casi terapéutico, como si mientras afilo mis dagas también ordenara un poco mi cabeza.
Aunque aquí eso dura poco. —Este lugar es horrible, capitán —murmuré, examinando el filo contra la luz. Aun así, no todo había sido terrible, cada criatura que lograba cortar terminaba sirviendo para algo. Carne, pieles, materiales comida para varios días, era irónico, casi parecía que esta maldita isla intentaba matarnos y alimentarnos al mismo tiempo. Guardé una de las dagas y sonreí apenas, tomando la otra y limpiándola con el pañuelo azul que mi mejor amiga Mayra me había dado en la isla rara.
—El periódico es peligroso, capitán, valgo veintitrés millones de berries, glup. —Lo dije con una mezcla extraña de orgullo y preocupación, como si todavía no supiera cuál de las dos emociones debía ganar. El capitán parecía completamente decidido a ir a entregar un dinero que debía al banco de Goldreich o algo así. No entendía muy bien los detalles, ni me interesaban demasiado si soy sincera. Lo único que entendí fue lo importante, necesitábamos un barco nuevo y, más importante aún, necesitábamos largarnos de esta isla cuanto antes.
Solté un pequeño suspiro y me apresuré a buscar entre mis cosas, dejando a un lado la daga que todavía me faltaba afilar. Revolví mi bolso con rapidez, apartando objetos cuestionables, pequeñas reliquias robadas, monedas sueltas y cosas que honestamente ya ni recordaba haber tomado, hasta encontrarlo, mi pequeño tesoro o al menos una parte de él. Volví hacia el capitán y extendí la mano, depositando varios fajos de berries frente a él. —Capitán, si esto sirve para el nuevo barco, úselo. — era un millón de berries, por eso me dolió físicamente. Lo sentí en el alma, en el pecho, en cada fibra de mi cuerpo cleptómano, mis dedos tardaron un segundo extra en soltar el dinero, como si quisieran arrepentirse por su cuenta. —Es todo lo que tengo —añadí con total naturalidad.
Mentira, obviamente era mentira. Me quedaba más, un poco mas, de hecho, pero no podía evitarlo. Mentir me sale tan fácil como respirar, incluso cuando no tiene sentido, incluso cuando es con él, especialmente cuando se trata de dinero. Desvié un poco la mirada, cruzándome de brazos como si nada raro hubiera pasado.—Además, no quiero quedarme atrapada aquí hasta convertirme en una pasa marina o la comida de una gallina gigante. — Hice una pequeña mueca. —Así que considere esto una inversión en mi brillante futuro, capitán bonito, después me lo devuelve, Glup—
Y sí, más de una vez tuve que pelearme con algunas de esas cosas, no porque quisiera, claro, bueeeeeno, quizá un poquito si, a veces es satisfactorio clavar una daga en algo que claramente se cree demasiado importante. Mis manos se movían con precisión sobre el filo, pasando la piedra con paciencia mientras observaba cómo el metal recuperaba ese brillo limpio que tanto me gusta. Hay algo relajante en ello, casi terapéutico, como si mientras afilo mis dagas también ordenara un poco mi cabeza.
Aunque aquí eso dura poco. —Este lugar es horrible, capitán —murmuré, examinando el filo contra la luz. Aun así, no todo había sido terrible, cada criatura que lograba cortar terminaba sirviendo para algo. Carne, pieles, materiales comida para varios días, era irónico, casi parecía que esta maldita isla intentaba matarnos y alimentarnos al mismo tiempo. Guardé una de las dagas y sonreí apenas, tomando la otra y limpiándola con el pañuelo azul que mi mejor amiga Mayra me había dado en la isla rara.
—El periódico es peligroso, capitán, valgo veintitrés millones de berries, glup. —Lo dije con una mezcla extraña de orgullo y preocupación, como si todavía no supiera cuál de las dos emociones debía ganar. El capitán parecía completamente decidido a ir a entregar un dinero que debía al banco de Goldreich o algo así. No entendía muy bien los detalles, ni me interesaban demasiado si soy sincera. Lo único que entendí fue lo importante, necesitábamos un barco nuevo y, más importante aún, necesitábamos largarnos de esta isla cuanto antes.
Solté un pequeño suspiro y me apresuré a buscar entre mis cosas, dejando a un lado la daga que todavía me faltaba afilar. Revolví mi bolso con rapidez, apartando objetos cuestionables, pequeñas reliquias robadas, monedas sueltas y cosas que honestamente ya ni recordaba haber tomado, hasta encontrarlo, mi pequeño tesoro o al menos una parte de él. Volví hacia el capitán y extendí la mano, depositando varios fajos de berries frente a él. —Capitán, si esto sirve para el nuevo barco, úselo. — era un millón de berries, por eso me dolió físicamente. Lo sentí en el alma, en el pecho, en cada fibra de mi cuerpo cleptómano, mis dedos tardaron un segundo extra en soltar el dinero, como si quisieran arrepentirse por su cuenta. —Es todo lo que tengo —añadí con total naturalidad.
Mentira, obviamente era mentira. Me quedaba más, un poco mas, de hecho, pero no podía evitarlo. Mentir me sale tan fácil como respirar, incluso cuando no tiene sentido, incluso cuando es con él, especialmente cuando se trata de dinero. Desvié un poco la mirada, cruzándome de brazos como si nada raro hubiera pasado.—Además, no quiero quedarme atrapada aquí hasta convertirme en una pasa marina o la comida de una gallina gigante. — Hice una pequeña mueca. —Así que considere esto una inversión en mi brillante futuro, capitán bonito, después me lo devuelve, Glup—
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