Día 60 de Otoño del año 17
Ciudad de Lègance, Isla Neur — Barrio del Mercado Bajo, 4:47 p.m.
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Ciudad
El otoño en la Isla Neur no llegaba de golpe. Lo hacía discreción propia de quien conoce el valor del tiempo, primero el olor, esa mezcla de tierra húmeda y hoja caída que precedía al frío varios días antes de que este se hiciera presente, luego el color, los dorados y cobres tiñendo los jardines escalonados de Lègance con la misma parsimonia con que un pintor carga el pincel. Y finalmente la luz, que a estas horas de la tarde ya no caía perpendicular sobre las calles de piedra, sino que se tendía larga y oblicua entre los edificios, proyectando sombras alargadas que lo hacían todo parecer más dramático de lo que era. O quizás no. Quizás Lègance siempre había sido dramática. La ciudad se extendía en terrazas sobre la colina, cada nivel conectado con el anterior por escalinatas anchas de piedra caliza desgastada por el paso de generaciones. Los edificios, bajos, robustos, construidos con esa piedra tallada de tono gris azulado que abundaba en las canteras del norte de Neur, se apiñaban a ambos lados de calles empedradas que olían a especias, a pan horneado y, más lejos, al cuero y el aceite de la herrería de la calle Artesanal. En la plaza del mercado bajo, los últimos puestos del día comenzaban a recoger. Los vendedores, con ese cansancio honesto que solo da el trabajo físico, enrollaban toldos y apilaban cajas mientras los gatos callejeros hacían su primera ronda vespertina entre los restos de la jornada.
Desde cualquier punto de la ciudad, si uno levantaba la vista, podía ver el Castillo de Gagner coronando la colina como un señor que observa sus tierras con indiferencia soberana. Y justo antes de él, ascendiendo en la terraza media, las enormes cristaleras de la Catedral de San George ardían con los últimos rayos del sol poniente, convirtiendo a los dragones ilustrados en sus vitrales en criaturas de fuego efímero, siempre a punto de ser derrotadas por los soldados de vidrio que los flanqueaban. Era un espectáculo cotidiano al que los lègantinos ya no prestaban atención. Los visitantes, en cambio, solían detenerse.
Morgana
En la esquina donde la calle del Mercado confluía con el Pasaje de las Linternas, sin embargo, había algo que no era un visitante deteniéndose a admirar las cristaleras. Era una mujer. O más bien, algo que tenía la forma de una mujer y las proporciones de una catástrofe. Cuatro metros de altura, y no de los que se disculpan. Una complexión que hacía que el marco de piedra del arco bajo el que se apoyaba pareciera pequeño por primera vez en sus años de existencia. Su piel era morena y marcada, la clase de cuerpo que no llega al mundo así sino que se forja en él a base de años de violencia calculada y ejercida con voluntad propia. El cabello, largo hasta la cintura, era de un blanco plateado en su mayor parte, aunque mechones rosados, curiosamente similares a otro color de cabello que circulaba por aquellas calles, lo surcaban como venas de mineral en una roca. Sus orejas terminaban en punta. Sus ojos, entornados bajo la luz dorada de la tarde, no se movían del horizonte del mercado con la clase de fijeza que no es nerviosismo sino lo contrario: el reposo total del depredador que sabe exactamente dónde está su presa y no tiene ninguna prisa. Vestía de negro. Cuero grueso sobre el torso y las piernas, correas y hebillas de metal pulido que no eran decoración sino herramienta, guantes de tela oscura con dedos armados en garra que se curvaban con una naturalidad que sugería que llevaban así mucho tiempo. Sobre las rodillas, apoyada con una informalidad estudiada, había una carpeta de cuero gastado. Dentro de esa carpeta, entre otras cosas, había una reimpresión de un cartel de recompensa. Cuarenta y cinco millones de berries. Una pirata alada. Una cicatriz que cruzaba medio rostro de derecha a izquierda. Cabello rosa.
Carta
La mujer, Morgana, la llamaban en los puertos que la conocían, aunque ella rara vez se molestaba en presentarse, cerró la carpeta con un golpe suave y la dejó caer sobre la piedra junto a sus botas. No la necesitaba ya. El rastro había terminado aquí, en esta ciudad afiliada al Gobierno Mundial, con su cuartel de la Marina a tres calles de distancia y sus cuatrocientos soldados reales disponibles para cualquier situación de orden público. Interesante elección de puerto para una pirata con ese cartel, pensó. O muy estúpida, o muy confiada.
Por lo que había leído del expediente, probablemente lo segundo. Sacó de entre las correas del peto algo que no era un arma, un documento doblado en tres, cerrado con lacre. Lo examinó un momento con esos ojos que no expresaban prisa ni emoción apreciable, y lo guardó de nuevo. Aún no. El momento no era ese. El mercado seguía vaciándose. Las linternas del pasaje comenzaban a encenderse una a una, como si alguien las fuera visitando por orden. En la catedral, los dragones de los vitrales estaban ya casi apagados. En algún lugar de esta ciudad, una pirata con alas blancas y cabello rosa llevaba su vida con la convicción de que el peligro tenía la forma de un uniforme blanco.
Morgana esperó. Era buena esperando.
INFO
