[Presente Absoluto - Evento Local] Una visita inesperada
#1
Día 62 de Otoño, Año 17.
Mar del nuevo Nuevo Mundo.
Rumbo al Reino Mogaro, 11:11 hrs.
 


 
La mañana encontraba al Yoru's Paradox navegando sobre las aguas del Nuevo Mundo, la cubierta ajetreada con el ir y venir de las tropas preparando los cañones. El cielo llevaba horas encapotado, con nubes bajas que teñían el horizonte de gris. En medio de ese panorama, un majestuoso galeón cortaba las olas del Nuevo Mundo; su casco rojo intenso absorbía la poca luz que se filtraba entre las nubes, haciendo que los ornamentos dorados que recubrían su estructura destellaran de forma intermitente mientras que las velas blancas, completamente desplegadas en sus tres mástiles, capturaban cada ráfaga disponible haciendo que avanzara a buen ritmo con el mascarón de proa en forma de cabeza de gato dorado abriéndose paso.
 
La tripulación del Yoru’s Paradox se ve derribada en la cubierta del galeón tras el primer golpe al barco el cual llego sin aviso alguno desde el fondo marino. Una masa de agua se eleva por el costado de estribor con la fuerza de una catapulta y, antes de que los marineros apostados en cubierta puedan reaccionar, una mole de proporciones descomunales golpea el casco con un impacto sordo que hace vibrar hasta el último tablón del navío haciendo surgir de las profundidades a un Rey Marino, una criatura de más de ochenta metros de longitud cuya cabeza dentada asoma por encima de la borda. Sus escamas multicolores están cubiertas de percebes y cicatrices antiguas que obtuvo tras salir victorioso de innumerables batallas contra otros Reyes Marinos y un sin número de desafortunados navíos que habían luchado con uñas y dientes por su vida, pero sucumbido ante el imponente poder del Rey Marino cuyas proporciones son tales que el ojo que asoma sobre la cubierta tiene el tamaño de una de las velas del galeón que observa con atenta mirada.
 
Las órdenes se suceden sin pausa y los cañones escupen fuego y metralla en una descarga coordinada que llena el aire de pólvora y humo, con varios proyectiles impactando directamente contra el cuello y el flanco de la bestia, arrancando escamas y abriendo viejas heridas de las que mana una sangre oscura y espesa mientras que los soldados de cubierta descargan sus armas apuntando a los ojos de la bestia, a las comisuras de la mandíbula, y a cualquier otro punto blando que pueden acertar. El Rey Marino, sin embargo, no se inmuta. Ni siquiera parpadea ante la andanada que cae sobre él, abriendo la boca y dejando caer sobre la cubierta una cortina de baba y agua de mar que derriba a varios hombres de sus posiciones antes de que rodee parcialmente el casco por proa con su cuerpo amenazando con volcar el galeón entero y dejando al mascarón dorado a centímetros de las fauces de la bestia.
 
Los tripulantes del Yoru’s Paradox gritan desesperados y desesperanzados ante la mirada de la propia muerte que les abre las puertas de la siguiente vida, si es que existe alguna, invitándoles a unírsele en aquel reino desconocido. Es entonces cuando uno de los oficiales se gira hacia la popa, donde Alhen Geouis observa la escena apoyado en la barandilla con el abanico abierto sobre su rostro tapándole desde la nariz hasta la barbilla, con los ojos grises hundidos bajo la sombra del sombrero a rayas blancas y verdes siguiendo el movimiento del animal con una calma que resulta exasperante para el resto de la tripulación dada la situación. No obstante, Alhen no es un monstruo despiadado que busque torturar a su tripulación. Simplemente es alguien que le gusta tomarse un tiempo para evaluar la situación antes de tomar cualquier acción. Tras decidir actuar, cierra el abanico de tela el cual se quiebra ante la fuerza empleada, y desciende los peldaños que separan la zona de popa de la cubierta principal sin apresurarse, sorteando con pasos cortos seguido del inconfundible repiqueteo de sus sandalias de madera, deteniéndose en la amura de estribor a cuatro metros escasos de donde el cuello de la criatura roza la madera. Llevando su mano derecha al costado izquierdo de su cintura, la Princesa Carmesí abandona su vaina con un sonido limpio en un susurro metálico que se impone un instante sobre el estruendo del caos, con la hoja recta de acero ennegrecido sin reflejar nada y la guarda dorada captando un destello fugaz antes de que aquel hombre flexione ligeramente las rodillas.
 
“¡CANTA PRINCESA CARMESÍ!”
 
Lo que sigue ocurre en un instante que la tripulación tardará años en olvidar, si es que tan siquiera alguno lo logra, pues ninguno de ellos había visto jamás a un hombre plantarse ante un Rey Marino con la misma tranquilidad con la que se planta uno ante una hoguera a calentarse las manos. Un solo paso adelante, el brazo describiendo un arco diagonal desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha y la hoja de la Princesa Carmesí trazando ese mismo recorrido a través del cuello de la bestia con una potencia que hace temblar el aire a su alrededor. El Rey Marino, aquella criatura que había sobrevivido a innumerables batallas y que no había parpadeado ante la andanada de cañones, no emite sonido alguno ante aquel golpe que le arrebata la vida de un tajo certero haciendo que su cuerpo comience a hundirse lentamente bajo la línea de flotación arrastrando consigo una nube de sangre oscura que tiñe el agua a su alrededor durante varios minutos. Alhen envaina la Princesa Carmesí, saca un nuevo abanico de su capa y regresa hacia la popa con el mismo ritmo pausado con el que había bajado. Las horas que siguen transcurren sin incidentes sobre un mar que parece haber decidido mostrar su cara más amable tras el encontronazo de la mañana, con el cielo despejándose parcialmente y dejando caer una luz oblicua y amarillenta sobre las velas blancas mientras la tripulación repara los desperfectos del casco.
 
Cuando las siluetas de las montañas de Mogaro aparecen en el horizonte el sol lleva ya un buen rato descendiendo hacia el oeste, pintando el cielo de tonos cobrizos que contrastan con el rojo del casco del galeón mientras la isla crece a medida que el barco se aproxima revelando primero las líneas de su costa y después las luces de Kamome, que desde el mar parecen pequeñas pero numerosas. El puerto de la capital recibe al Yoru's Paradox con el movimiento habitual de cualquier muelle al caer la tarde, con marineros recogiendo redes, comerciantes cerrando sus puestos y un par de guardias de turno que levantan la vista al ver aparecer el casco rojo del galeón. Tras atracar el barco, los soldados reciben ordenes de esperar en el galeón y no desembarcar lo cual aceptan sin alboroto gracias al reciente respeto que encontraron en aquella figura que fungía de líder y navegante. Feliz con el cumplimiento de sus órdenes, Alhen desciende detrás de ellos con el abanico cerrado en la mano izquierda, las sandalias de madera anunciando cada paso sobre los tablones del muelle, hasta detenerse frente a uno de los guardias y hablarles en un tono de voz alegre – “Buenas tardes, ¿alguno de ustedes seria tan amable de llevarme con Kisuke Kageyama?” – abriendo el abanico y agitándolo sobre el costado izquierdo de su cara para luego añadir – “Ha llegado la hora de rendir cuentas a la Revolución.”
 

 
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[Presente Absoluto - Evento Local] Una visita inesperada - por Alhen Geouis - 02-05-2026, 12:39 AM

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