Aquel tipo me aceptó la invitación a compartir unos tragos. También tuvo la honradez de confesar su poco aguante con el alcohol.
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—Pues entonces beberé yo por los dos, amigo Dean.
Y tanto que sí. Aquella noche iba a tomar como si tuviera un hijo en la cárcel. Aunque, antes, tocaba dejar que el chaval saciara su curiosidad.
Así, aguardé a que hiciera sus preguntas. Cuando hubo terminado, le aclaré que —salvo error por mi parte, y no siendo yo experto en biología marina— la mayoría de los gyojin contábamos con pulmones además de branquias. Él, por su parte, me obsequió con un dato curioso sobre la osamenta humana, del que tomé nota por si me era de utilidad en el futuro. Y le devolví la cortesía con la intuición de que un servidor y los suyos debíamos andar por cifras parecidas, sumados a unas cuantas espinas, amén de los apéndices propios del pez o cefalópodo del que cada cual descendiera. Del mismo modo, me hizo saber que había visto mucho marine por Baquella últimamente y quería saber si me sentía más seguro con ellos por allí. Como la cuestión era peliaguda, me centré en contarle que, hasta donde yo sabía, se trataba en concreto de una cuadrilla problemática de aspirantes a soldado raso y me contuve de opinar acerca de la Marina en general.
Obviamente, me reservé la pregunta estrella para el final.
Para cuando llegó el momento de responderla, hacía rato que paseábamos por las arterias del pueblo, entre el aliento cálido que el volcán derramaba sobre Baquella y el aire frío que soplaba desde el puerto. En nuestras callejuelas, ambas corrientes se encontraban, zarandeando la ropa tendida en los balcones. La brisa puso a bailar mi sobrecamisa y silbó al colárseme por las branquias; mi melena, sin embargo, resistió estoica el envite, prologándome así la respuesta a la cuestión capilar que me planteaba el peliblanco.
—¡Ajá! Así que le gusta a usted mi melena —le dije, pasándome la mano abierta por el flequillo, dejando que algunos tentáculos se me colaran entre los dedos—. Pues mire, esto que ve aquí es, además de mi orgullo y mi alegría, en buena parte, cartílago. Un rasgo peculiar incluso entre los gyojin, ¿eh? Exclusivo de los especímenes de raigambre pez-leonina como quien le habla.
¡Qué me gusta un cumplido, por los barbos de Neptuno! Además, como había mostrado curiosidad por lo que me aplicaba en el cabello, creí haber descubierto en el interés del peliblanco un nicho de mercado. Por lo que me pudo mi vena de estafador. De comerciante, quiero decir.
—Bueno, bueno, a usted no le voy a mentir, estimado Dean. Lo cierto es que tengo un secretillo para mantener frondoso este arrecife —me jacté, haciendo ondear las greñas —que, como todavía no me había bañado, olían un poco a marisco—. Luego miré a ambos lados, me aseguré de que estábamos solos y abrí discretamente uno de los faldones de la sobrecamisa, revelando unos botecitos blancos de cerámica fijados con cinta adhesiva a la tela.—. ¡Voilà! He aquí al causante de mi esplendor.
—Se trata de una pócima capilar-revitalizante de mi cosecha, una fórmula secreta concebida para transformar cabelleras corrientes en espléndidas melenas voluminosas que dispenso solo a amistades selectas —con sumo cuidado, extraje uno de los botecitos y lo descorché. Olfateé el contenido como si se tratase de los efluvios del paraíso y asentí con una sonrisa, tendiéndole la botellita a Dean—. Con tres tomas de estas ampollas, siempre en la primera noche de luna menguante de cada año bisiesto, convertirá esos cuatro pelillejos lánguidos que le penden del frontispicio en un vergel de tentáculos rojo pasión. Un vergel, créame, capaz de hacer suspirar por sus doscientos seis huesos exactos a cuanta dama respire en un radio de cincuenta metros. La mujer con la que me vio hablando antes, sin ir más lejos, la panadera, lleva semanas pidiéndome un frasco para su marido. Por tratarse de usted, amigo Dean, se lo dejo en... ¿83.400 berries?
Solo era agua; agua de mar embotellada que procuraba tener siempre a mano para despejarme la nariz en épocas de mucho polen. Pero quién sabe, uno nunca puede desaprovechar la oportunidad de intentar saldar sus deudas a base de estafar a algún incauto. Tal vez la fortuna, esa señora veleidosa que tan mal me trataba últimamente, decidía sonreírme aquel día y Dean acababa tragando el anzuelo. Se me hizo la boca agua solo de pensarlo.
En aquellas estaba, afanándome por exponerle al que con toda seguridad sería mi futuro cliente las supuestas bondades de mi brebaje milagroso cuando...
¡GUAAAUUUUU! ¡GUAAAUUUUU!
![[Imagen: cvSZwKCQ_o.png]](https://images2.imgbox.com/6a/74/cvSZwKCQ_o.png)
—¡¿Pero qué coj...?! ¡¿Escuchó eso, rapaz?!
No me ha gustado un pelo.
Sonó como un ladrido quejumbroso, angustiado. Venía de una de las bocacalles paralelas. No estaba muy lejos. Podíamos llegar en menos de dos minutos si atajábamos por la callejuela que teníamos enfrente. Aquello me colocaba en un problema. Podría tratarse de la cuadrilla de aspirantes a marine que un servidor andaba buscando, los mismos por los que había salido a patrullar Baquella esa noche. Pero, claro, no era cosa de meter al peliblanco en un follón sin saber si contaba con él o no...
¡GUAAAUUUUU! ¡GUAAAUUUUU!
Aquel lamento, otra vez. La cosa pedía presteza; no había tiempo para cavilaciones.
Qué diablos. De perdidos, al río.
—Hace un momento me preguntaba si me sentía más tranquilo con esos aspirantes a soldados rasos de la Marina recién llegados rondando por aquí, ¿no es así? —Sin apartar los ojos de Dean, cerré el puño derecho a la altura del rostro; las púas que llevaba ocultas se desplegaron desde los nudillos. Lo miré por entre ellas—. Le seré sincero, amigo Dean: un servidor no tenía formada opinión al respecto. Mucho me temo, sin embargo, que va siendo hora de formármela —ladeé apenas la cabeza con los ojos aún clavados en el peliblanco a través de las espinas—. Llegado el caso, ¿tendría usted a bien echarme una mano?
Mientras tanto, no muy lejos de allí...
![[Imagen: U0m7URBV_o.png]](https://images2.imgbox.com/be/c5/U0m7URBV_o.png)
A un par de callejas, junto al brocal de un pozo, un cachorro apaleado temblaba. Era de su pecho de donde salía aquel aullido desconsolado que minutos antes había cruzado los tejados naranja hasta llegar a donde nos encontrábamos.
—¡Toma, perro sarnoso!
El más grandote de los cuatro, un sujeto de aspecto simiesco, escupió al suelo y echó la pierna atrás, con la aparente intención de ir a impulsarla luego contra la cabeza del animalito que le lloraba delante. Reía con una risa gruesa, como si tosiera (jo, jo, jo).
—¡Písale la cabeza, Tetsuo! ¡Je, je, je! ¡La cabeza, Tetsuo, la cabeza! —le jaleaba un fulano alto, de pelo castaño tirando a rubio y facciones de hiena, agitando en el aire una bandera con el logo de la Marina.
—Ji, ji, ji. Hay que tener agallas para colarse en la posada y zamparse nuestra comida mientras nosotros nos partíamos el espinazo entrenando en el volcán… —apuntó el más espigado y esmirriado de los cuatro; a su favor cabe decir que parecía ser el único de la cuadrilla que rozaba las dos cifras de cociente intelectual.
—Qué asco. Hasta los perros son unos pobres muertos de hambre en este pueblo —dijo el cuarto, un sujeto desaliñado, con gafas y el pelo grasiento tapado bajo una gorra blanca que semejaba las oficiales de la Marina.
Ninguna de aquellas basuras merecía llevar el uniforme. Y no porque la moral que se desprendía de sus actos entrara en conflicto con los valores de la Institución, ni con cursilería semejante, sino porque ninguno se lo había ganado todavía. Aún estaban haciendo méritos. Pero ya lo vestían —sobre todo cuando salían, como aquella noche, a cometer fechorías por callejones mal alumbrados—. Muchos en Baquella lo sabían. Los conocían de sobra. Pero nadie se atrevía a decirles nada.
![[Imagen: Zzav5aCw_o.png]](https://images2.imgbox.com/4e/12/Zzav5aCw_o.png)
![[Imagen: ujXq4X8A_o.png]](https://images2.imgbox.com/16/a7/ujXq4X8A_o.png)
Karmas
