03-05-2026, 01:02 AM
—Las tienes en tus manos, si las deseas…
Las deseaba. Por supuesto que lo hacía. El anhelo era tal que estremecía mi cuerpo con intensidad febril, porque todo lo que Hae-won representaba era un futuro. Y eso, para alguien que solo se permitía vivir el presente, resultaba más tentador que el bocado a una fruta del diablo. Ella era esperanza; una promesa.
Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Creí que la habitación se había llenado de fantasmas y, por primera vez, espantarlos no me resultó sencillo. Las manos sobre mis mejillas me devolvieron el aliento. El tiempo me ha enseñado que tenía un mecanismo de defensa muy definido para cuando todo amenazaba con desbordarse y ese día quise activarlo, acallar la quemazón entre besos y mordiscos. Ahogarme en ella. Olvidar todo. Sin embargo, todo lo que hice fue apretar la mandíbula.
—En vez de pensar en perderme, piensa en disfrutar lo que tenemos, y en hacerlo crecer.
Porque sabía que Hae-won tenía razón. Yo, que tanto me había jactado de despreciar a las personas que vivían ancladas a su pasado, me encontraba de pronto acosado por el mío. Aborrecí aquella certeza. El deseo de hablar y la incapacidad de hallar las palabras.
—Pero no puedo quererlo yo sola, y no quiero que te sientas presionado a aceptarlo por lo que te digo.
Sentí que un abismo crecía entre nosotros en cuanto sus manos abandonaron mi cuerpo. Las piernas me temblaron, se movieron solas. La envolví en un abrazo contra mi pecho sin importar que siguiera de brazos cruzados. Quizás así podría escuchar todo lo que era incapaz de pronunciar, no por falta de ganas sino por aquella fuerza invisible que todavía pesaba más de lo que me atrevía a admitir.
—Quiero que seas mi futuro. —Hundí la nariz en la cabellera plateada—. Eres todo lo que me he permitido querer.
Apreté los ojos con tanta fuerza como la estreché entre mis brazos, temeroso de que soltarla hiciese que se esfumara. Una amplia bocanada de aire me instó a reunir el valor suficiente para retroceder un único paso, con mis dedos sobre su mentón para que nuestras miradas pudieran reunirse. La mano izquierda había bajado hasta su cintura y descansaba en ella. La necesitaba cerca. Su cuerpo era el ancla que mi mente necesitaba.
—Está bien. Si vamos a hacer esto, quiero que te sientas libre de preguntar absolutamente todo lo que quieras, porque soy consciente de que hay muchas cosas que no conocemos el uno del otro y a mí, en particular, hay muchas cosas que me cuesta expresar. Pero si voy a apostar por nosotros, no quiero tener reservas contigo.
Las deseaba. Por supuesto que lo hacía. El anhelo era tal que estremecía mi cuerpo con intensidad febril, porque todo lo que Hae-won representaba era un futuro. Y eso, para alguien que solo se permitía vivir el presente, resultaba más tentador que el bocado a una fruta del diablo. Ella era esperanza; una promesa.
Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Creí que la habitación se había llenado de fantasmas y, por primera vez, espantarlos no me resultó sencillo. Las manos sobre mis mejillas me devolvieron el aliento. El tiempo me ha enseñado que tenía un mecanismo de defensa muy definido para cuando todo amenazaba con desbordarse y ese día quise activarlo, acallar la quemazón entre besos y mordiscos. Ahogarme en ella. Olvidar todo. Sin embargo, todo lo que hice fue apretar la mandíbula.
—En vez de pensar en perderme, piensa en disfrutar lo que tenemos, y en hacerlo crecer.
Porque sabía que Hae-won tenía razón. Yo, que tanto me había jactado de despreciar a las personas que vivían ancladas a su pasado, me encontraba de pronto acosado por el mío. Aborrecí aquella certeza. El deseo de hablar y la incapacidad de hallar las palabras.
—Pero no puedo quererlo yo sola, y no quiero que te sientas presionado a aceptarlo por lo que te digo.
Sentí que un abismo crecía entre nosotros en cuanto sus manos abandonaron mi cuerpo. Las piernas me temblaron, se movieron solas. La envolví en un abrazo contra mi pecho sin importar que siguiera de brazos cruzados. Quizás así podría escuchar todo lo que era incapaz de pronunciar, no por falta de ganas sino por aquella fuerza invisible que todavía pesaba más de lo que me atrevía a admitir.
—Quiero que seas mi futuro. —Hundí la nariz en la cabellera plateada—. Eres todo lo que me he permitido querer.
Apreté los ojos con tanta fuerza como la estreché entre mis brazos, temeroso de que soltarla hiciese que se esfumara. Una amplia bocanada de aire me instó a reunir el valor suficiente para retroceder un único paso, con mis dedos sobre su mentón para que nuestras miradas pudieran reunirse. La mano izquierda había bajado hasta su cintura y descansaba en ella. La necesitaba cerca. Su cuerpo era el ancla que mi mente necesitaba.
—Está bien. Si vamos a hacer esto, quiero que te sientas libre de preguntar absolutamente todo lo que quieras, porque soy consciente de que hay muchas cosas que no conocemos el uno del otro y a mí, en particular, hay muchas cosas que me cuesta expresar. Pero si voy a apostar por nosotros, no quiero tener reservas contigo.
