03-05-2026, 01:13 AM
No lo dudé ni un instante. Tomé sus labios con la misma voracidad que un náufrago halla la tierra. Hae-won tenía razón al suponer que se me daba mejor expresarme de este modo: entre besos, con mis manos enredadas en los albos cabellos. Me había movido de forma inconsciente hasta quedar de rodillas entre sus piernas. Era lo bastante alto como para alcanzar sus labios sin problemas desde aquella posición.
Para cuando me separé, nuestros ojos estaban casi a la misma altura. Había olvidado todo aquello que me asfixiaba, porque mi atención recaía en las curvas que se ocultaban bajo la camiseta larga. No aparté la vista de ella. Mis dedos, ávidos por el recuerdo de lo que ya habían probado noches atrás, trazaron círculos alrededor de la rodilla femenina. Los deslicé con suavidad hasta alcanzar el tobillo. Mi cuerpo se inclinó con el movimiento, mis ojos abandonaron los suyos para posarse sobre la cara interna del muslo y mis dientes tomaron posesión de aquellas tierras. Una marca florecería pronto. Tan solo ella y yo seríamos conscientes de ese secreto que quedaría oculto bajo sus ropas.
Allí, arrodillado ante ella, alcé la vista igual que el creyente frente al altar. Ni siquiera me molesté en esconder el deseo febril que asomaba en mi mirada; súplica silente por el permiso para tomarlo todo de ella. La diestra se deslizó bajo los pantaloncitos que se escondían al final de la camiseta. Jugué al borde del abismo. Estaba dispuesto a borrar de su memoria los horrores vividos en Kutsukku, las dudas y cada uno de los «y si» que habían logrado mantenerla en vela.
—Si algo te disgusta, solo dímelo y pararé.
La expectación me constreñía el pecho; se hacía evidente en otras partes de mi cuerpo. Coloqué su tobillo sobre mi hombro. Un movimiento deliberadamente pausado. Los dedos que se habían colado bajo el pantalón ahondaron mucho más allá, acariciando con cautela esa zona tan íntima. No pude evitar humedecerme los labios ni el aliento contenido.
—¿Puedo quitártelo? —pregunté, con voz ahogada por el anhelo.
Por esa necesidad animal de arrancarle mi nombre de los labios, mientras el suyo moría consumido en los míos. Había deslizado la mano libre sobre su estilizada pierna, hasta alcanzar el borde de los pantalones. Todo lo que quería era deshacerme de ellos, para que mi boca pudiera probar lo que se escondía debajo.
Para cuando me separé, nuestros ojos estaban casi a la misma altura. Había olvidado todo aquello que me asfixiaba, porque mi atención recaía en las curvas que se ocultaban bajo la camiseta larga. No aparté la vista de ella. Mis dedos, ávidos por el recuerdo de lo que ya habían probado noches atrás, trazaron círculos alrededor de la rodilla femenina. Los deslicé con suavidad hasta alcanzar el tobillo. Mi cuerpo se inclinó con el movimiento, mis ojos abandonaron los suyos para posarse sobre la cara interna del muslo y mis dientes tomaron posesión de aquellas tierras. Una marca florecería pronto. Tan solo ella y yo seríamos conscientes de ese secreto que quedaría oculto bajo sus ropas.
Allí, arrodillado ante ella, alcé la vista igual que el creyente frente al altar. Ni siquiera me molesté en esconder el deseo febril que asomaba en mi mirada; súplica silente por el permiso para tomarlo todo de ella. La diestra se deslizó bajo los pantaloncitos que se escondían al final de la camiseta. Jugué al borde del abismo. Estaba dispuesto a borrar de su memoria los horrores vividos en Kutsukku, las dudas y cada uno de los «y si» que habían logrado mantenerla en vela.
—Si algo te disgusta, solo dímelo y pararé.
La expectación me constreñía el pecho; se hacía evidente en otras partes de mi cuerpo. Coloqué su tobillo sobre mi hombro. Un movimiento deliberadamente pausado. Los dedos que se habían colado bajo el pantalón ahondaron mucho más allá, acariciando con cautela esa zona tan íntima. No pude evitar humedecerme los labios ni el aliento contenido.
—¿Puedo quitártelo? —pregunté, con voz ahogada por el anhelo.
Por esa necesidad animal de arrancarle mi nombre de los labios, mientras el suyo moría consumido en los míos. Había deslizado la mano libre sobre su estilizada pierna, hasta alcanzar el borde de los pantalones. Todo lo que quería era deshacerme de ellos, para que mi boca pudiera probar lo que se escondía debajo.
